Johan Chávez, trabajador de limpieza del Colegio Alemán Santa Cruz, conoce de cerca los hábitos de los estudiantes y las dificultades que enfrenta cada día para mantener limpios los espacios escolares. Después de dos años en esta labor, tiene un mensaje para los alumnos: el orden y la limpieza también demuestran cuánto hemos aprendido.
Todos los días, mientras muchos estudiantes todavía se preparan para comenzar su jornada, Johan Chávez ya está en movimiento. Su trabajo empieza a las 6:30 de la mañana y termina a las 16:00, de lunes a sábado. Para cumplir con este horario, debe levantarse poco después de las cinco de la mañana. Es una rutina exigente que requiere esfuerzo, constancia y responsabilidad.
Johan lleva dos años trabajando en el área de limpieza del Colegio Alemán Santa Cruz. Antes de llegar a esta institución, trabajó en una panadería y en una ferretería. Aunque cada actividad tiene sus propias exigencias, con el tiempo se ha acostumbrado a su actual labor y afirma que disfruta de lo que hace. Su trabajo, sin embargo, no consiste solamente en limpiar pisos, recoger residuos o mantener los ambientes ordenados: también implica enfrentar situaciones que podrían evitarse con mejores hábitos de los estudiantes.
Uno de los lugares que más dificultades presenta es el baño de primaria. Como los niños todavía están aprendiendo a desenvolverse de manera autónoma y responsable, en ocasiones dejan los espacios sucios o no utilizan correctamente las instalaciones. Para Johan, estas situaciones forman parte de los desafíos cotidianos de su trabajo, pero también muestran que es necesario enseñar desde pequeños la importancia de cuidar los espacios compartidos.
En secundaria, los problemas son diferentes. Según cuenta, algunos estudiantes convierten los baños en lugares de juego, trancan los sanitarios con papel higiénico, juegan con agua o se la arrojan entre ellos. Estas conductas complican la limpieza y pueden provocar daños o desperdicios innecesarios. Lo que para algunos alumnos parece una broma puede significar más trabajo para otra persona y perjudicar a quienes utilizan esos ambientes después.
El desperdicio de papel higiénico y de agua es otra de las situaciones que le preocupan. Ambos recursos son necesarios y deben utilizarse con responsabilidad. Cuando alguien desperdicia agua o deja un baño en malas condiciones, no solamente afecta al trabajador encargado de limpiarlo: también demuestra poco respeto por los demás miembros de la comunidad escolar. Mantener limpio un espacio común es una responsabilidad compartida.
¿Qué relación existe entre la limpieza y la educación? Para Johan, que además es estudiante de enfermería, existe una relación fundamental. Estudiar, aprender idiomas y obtener buenas calificaciones son aspectos importantes de la formación, pero la educación también se refleja en las acciones cotidianas. Una persona demuestra sus buenos hábitos cuando cuida lo que utiliza, respeta los espacios ajenos y evita dejar a otros el trabajo que podría haber hecho correctamente desde el principio.
Estos hábitos, además, comienzan en la familia. Johan considera que los valores que los niños y jóvenes reciben en sus hogares deben reflejarse también en el colegio. El respeto, el orden y la responsabilidad no deberían practicarse únicamente cuando un profesor está presente o cuando alguien vigila. Son principios que se demuestran en las pequeñas decisiones de cada día: arrojar los residuos en el basurero, cerrar bien el grifo, utilizar el papel necesario y dejar el baño limpio para la siguiente persona.
Su mensaje invita a reflexionar sobre algo que a menudo pasa inadvertido: detrás de cada aula ordenada, cada pasillo limpio y cada baño en buenas condiciones hay personas que dedican tiempo y esfuerzo a mantenerlos así. Reconocer ese trabajo significa tratar con respeto a quienes lo realizan, pero también evitar conductas que aumenten innecesariamente sus tareas. La convivencia escolar mejora cuando todos comprenden que cuidar los ambientes no es una obligación exclusiva del personal de limpieza.
La limpieza también es una forma de respeto. No basta con exigir que el colegio esté limpio si, al mismo tiempo, contribuimos a ensuciarlo. Cada estudiante puede ayudar con acciones sencillas, sin necesidad de grandes esfuerzos: recoger sus residuos, cuidar los materiales, utilizar responsablemente los baños y avisar cuando encuentra algún problema. Son gestos pequeños que, repetidos por cientos de alumnos, pueden marcar una gran diferencia en la vida diaria de la institución.
Al final, el trabajo de Johan Chávez nos recuerda que la educación va mucho más allá de los libros y las calificaciones. También se aprende a convivir, a respetar el esfuerzo ajeno y a cuidar aquello que pertenece a todos. La limpieza no es solamente una tarea que alguien debe realizar: es un hábito que cada estudiante puede practicar. Porque una comunidad verdaderamente educada no es solo la que aprende mucho, sino también la que demuestra, con sus acciones, los valores que ha aprendido.

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