viernes, 3 de agosto de 2012

¿Para qué tantas leyes?

El “proceso de cambio” tiene una ley para todo y cree que las soluciones llegarán automáticamente con la firma de un papel que termina en los anaqueles del Parlamento como casi todas las leyes que se han promulgado en este país, adormecido por la hiperlegislación.

Se roban los chicos, una ley sobre el tráfico de personas; aumenta la criminalidad, una ley para incrementar las sanciones; surgen más casos de violación y alguien sale con una norma que propone la castración de los culpables. ¿Adónde vamos a ir con tantas leyes, si nunca se han cumplido las que ya existían y eran tan buenas como las actuales, porque precisamente son copiadas de otros países, bajadas de Internet y en algunos casos, el resultado del trabajo de ONG’s que necesitan justificar las donaciones que reciben? ¿Cuántas leyes, normas, decretos y resoluciones ha dictado este Gobierno en relación al contrabando? Ya hemos perdido la cuenta, pero cada día se comprueba la falta de voluntad de las propias autoridades para hacerlas cumplir y, por el contrario, la actitud es de absoluta complacencia frente a los contrabandistas, so pretexto de evitar consecuencias sociales indeseables.

Una reciente ley promulgada establece procedimientos para el traslado de menores de edad de un punto a otro del país y obviamente, cuando tienen que pasar las fronteras. ¿Quién va a hacer cumplir estas normas? ¿Los mismos policías corruptos que se dejan coimear por los choferes ebrios que jamás han cumplido las durísimas leyes relacionadas al transporte público? Y hablando de alcohol ¿dónde quedaron las leyes recientemente aprobadas sobre el consumo desmedido en los espacios públicos? Acabamos de ver espectáculos lamentables con entradas universitarias y otros eventos folclóricos que terminaron con decenas de jóvenes intoxicados en plena vía pública.

Con las leyes que hay y que existen desde hace años ¿no se puede combatir a los taxistas violadores, a los “cogoteros” y a todos los que contribuyen a incrementar la inseguridad en las ciudades? Lo que ocurre es que la “fotocopiadora de leyes” trata de ocultar la patológica ineficiencia de este y de todos los gobiernos por atacar problemas que demandan creatividad y muy pocos recursos en lugar de leyes, grandes proyectos y costosas inversiones que sólo buscan hacer saltar los dólares y que ponen a “trabajar” a los funcionarios.

El problema de los delincuentes que se disfrazan de taxistas es tan viejo como los taxis. Cada vez se inventan nuevos sistemas de empadronamiento, que la Alcaldía, que Tránsito, que pague aquí, vaya allá, la calcomanía, el permiso y la tercera placa. Todo termina en el cobro, en la extorsión disfrazada de trámite en el Estado ratero que sólo busca meterle la mano al bolsillo a la ciudadanía a cambio de nada, porque los problemas se mantienen o empeoran.

Los barrios están llenos de costosas edificaciones a las que llaman “módulos” y que deberían ocuparse de la salud y la educación en cada caso. No funcionan, no tienen agua y luz y por supuesto, nadie que atienda las necesidades urgentes. Alguien se embolsicó un buen contrato, el funcionario hizo el amague de trabajar por la gente y los políticos aparecieron sólo para el corte de cinta. Esta misma conducta persiste con el paso del tiempo y es lo que termina de minar la credibilidad de la función pública.

jueves, 2 de agosto de 2012

Saber que se puede

No se preocupen no voy cantar, eso lo hace mejor Diego Torres. Voy a
hablar de los Juegos Olímpicos, como no podía ser de otra manera,
contagiado por el espíritu deportivo que irradia desde Londres.

Los Juegos Olímpicos tuvieron su origen en el Siglo VIII antes de
Cristo y en 1896 se instauraron las olimpiadas modernas que se
celebran hasta la actualidad, casi sin interrupciones. Si tuviéramos
que calcular la cantidad de atletas, el inmenso número de récords que
se han batido y los litros de “sangre, sudor y lágrimas” que se han
dejado en los campos deportivos, no acabaríamos jamás.

Por poner un ejemplo, la prueba de los 100 metros planos, la más
antigua de todas, la más famosa, una de las más exigentes y más
rápidas, ha tenido una tremenda evolución desde que se corrió por
primera vez en “Atenas 1896”. En esa ocasión, el campeón olímpico Tom
Burke (EEUU), obtuvo la medalla de oro con un tiempo de 12 segundos,
es decir 2,31 segundos más que el actual recordista jamaiquino, Usain
Bolt, con un tiempo de 9,61. Esa diferencia es una enormidad si
tomamos en cuenta los números absolutos, pues significa un 20 por
ciento de mejoría y en velocidad constante, es subir de 29,9 a 37,1
km/h.

En la parte física, es obvio que tanto Burke como Bolt tenían la misma
cantidad de huesos y músculos y debemos pensar también que ambos
entrenaron duro y dieron lo mejor de sí. Hay algunos aspectos como la
tecnología, las zapatillas y “tuticuantis” que también influyen pero
no son determinantes. ¿Qué ha sido entonces lo que ha provocado tanta
evolución en tan poco tiempo? La actitud mental de los deportistas y
el hecho de “saber que se puede”. Si no fuera por esto, se acabarían
los juegos olímpicos, porque no habría más récords qué batir.

Mercosur: es poniendo

Ha quedado muy claro por qué tanta insistencia en que Venezuela ingrese al Mercosur, hecho consumado después de la expulsión de Paraguay a raíz de la destitución del expresidente Fernando Lugo. El ricachón del barrio ha pagado su membresía en el organismo de integración con la compra de seis aviones brasileños valuados en casi 300 millones de dólares, negocio que puede extenderse con la adquisición de 14 aeronaves más. Como se sabe, Venezuela es el séptimo productor de petróleo del mundo y casi no produce más que hidrocarburos, porque hasta la lechuga y la leche la importan. Argentina, el otro gigante del Mercosur, se ha convertido en uno de sus principales aliados, desde que Hugo Chávez redujo las relaciones comerciales con Colombia, su principal proveedor de casi todo lo indispensable. Los petrodólares suelen ser muy buenos para comprar no sólo alimentos y aviones, sino también armamento, ítem en el que el líder chavista ha gastado millonadas y que le ha facilitado las relaciones con China, Rusia y por supuesto, con Brasil. En este sentido, Bolivia tiene mucho futuro, pues está cobrando fama de comprador compulsivo de aviones, helicópteros, satélites y teleféricos. Todos a muy buen precio, para el vendedor, obviamente.

La guerra contra el capitalismo

El capitalismo no es un santo, pero tampoco es un diablo. Pese a que muchos buscan cómo echarle la culpa de todos los problemas que ocurren en la humanidad –así ha sido siempre-, los responsables de la mayor cantidad de calamidades mundiales, han sido los del otro bando, los socialistas, los comunistas, los estatistas, los controladores, los que siempre han vendido la idea de que los políticos y los funcionarios van a producir soluciones, cuando en realidad les conviene que los problemas perduren para siempre, porque de eso viven. 

Por ejemplo, los funcionarios que manejan hoy el país, despotrican contra el capitalismo, lo vilipendian todos los días y quieren aniquilarlo, pero no van más allá de amenazar con la expulsión de una marca de gaseosa, porque en realidad, todos los días rezan, imploran y encienden velas para que al capitalismo chino, al capitalismo hindú y al capitalismo brasileño les vaya estupendo, para que nos sigan comprando los minerales y el gas a buen precio y en cantidades abundantes, para que ellos, los socialistas e impulsores del estatismo, sigan haciendo sus experimentos y repartiendo la platita que les permite mantenerse en el poder.

El capitalismo destruye el medio ambiente, es verdad, pero no más que los otros sistemas económicos que ocasionaron desastres como el de Chernobyl. Pero pese a todas las críticas, hay algo de lo que todos tienen que estar seguros: será el capitalismo el que va a salvar el planeta, porque es el único método capaz de generar la competencia necesaria para producir de otra manera, inventar nuevas tecnologías capaces de ahorrar energía, modificar los patrones de consumo y ayudar a recuperar los espacios que han sido dañados por la mano del hombre.

Mientras tanto, los socialistas y estatistas de Venezuela, Bolivia, Nigeria y otros confines de la tierra, seguirán buscando la manera de sacarle provecho “a la antigua” a los recursos naturales, destruyendo, derribando bosques, contaminando ríos y expulsando a los indígenas de sus territorios, cuando el capitalismo ha convertido a las tribus de Canadá, de Estados Unidos o Ecuador en accionistas de grandes empresas.

Otra de las acusaciones es la pobreza. Se sindica al capitalismo de empobrecer a la humanidad, cuando no ha habido otro sistema en la historia que haya ayudado a tanta gente a mejorar su nivel de vida. La única ventaja del socialismo ha sido establecer igualdades, pero igualdades hacia abajo, es decir, empobrecer a todos por igual, algo que no deja de ser un consuelo, pero de tontos.

El Gobierno boliviano se ufana de haber ayudado a superar ciertos niveles de pobreza (muy ínfimos por cierto), pero eso es mérito del capitalismo mundial que nos compra cada vez más minerales, gas y cocaína. Pero cuando se trata de repartir ese dinero, el estatismo y el socialismo bolivianos fallan de manera abrumadora. Tanto que se habla de los bonos, éstos no representan ni siquiera el dos por ciento del presupuesto y la plata que se destina a la educación, la salud y otros sectores sociales es irrisoria en comparación a lo que se llevan las élites políticas que se enriquecen con gastos reservados, contratos, compra de helicópteros, satélites y fábricas fantasmas.

Lamentablemente Bolivia nunca ha tenido un sistema capitalista serio, pero sí una gran cantidad de charlatanes de plaza que jamás han cumplido el rol de árbitro que el liberalismo le asigna al Estado, justamente para evitar los excesos de los capitalistas. Los gobernantes han sido capitalistas a la hora de conseguir los beneficios, pero estatistas cuando se trata de quedarse con los cambios.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Los indígenas y sus marchas

La diputada Teresa Nominé agarró a golpes a la dirigente indígena Justa Cabrera el pasado fin de semana durante la toma de la sede de la CIDOB. Nominé es miembro del pueblo ayoreo y fue una de las que más defendió el TIPNIS en la Asamblea Legislativa. Su arremetida contra sus “hermanos”  de las tierras bajas se ha producido después de que el oficialismo la convenció de entregarle el parque Isiboro-Sécure a los cocaleros y sus aliados. Nadie sabe qué ha recibido a cambio. Justa Cabrera también ha experimentado cambios en su carrera dirigencial. Cuando era una ferviente defensora del Gobierno, ocupaba las tarimas, las plazas y los pueblos atacando los estatutos autonómicos de Santa Cruz y las otras regiones que consiguieron impulsar este proceso. Pese a todo, Cabrera ha recibido el apoyo de todos los sectores de la oposición nacional, incluidos los autonomistas. Otro que también incurrió en marchas y contramarchas ha sido Adolfo Chávez. Él fue quien lloró frente al Congreso cuando el oficialismo se burló de los indígenas con el cuento de las circunscripciones indígenas. Pese a ello siguió fiel al MAS hasta que surgió lo del TIPNIS, un asunto que amenaza con la propia existencia de los pueblos originarios.

Medalla blanca para Bolivia

En esto de la coca y el narcotráfico, el Estado Plurinacional lleva ya mucho tiempo y esfuerzo tratando de tapar el sol con un dedo y en ese afán, Bolivia no sólo tiene abarrotados los mercados de cocaína de los países vecinos, especialmente Brasil, sino que acaba de sobrepasar a Colombia como principal productor del alcaloide a nivel mundial.

La producción de drogas en Bolivia comenzó a desbordarse con la llegada del MAS al poder, porque simplemente se inició una estimulación irracional de las plantaciones ilegales de coca que generaron automáticamente una sobreabundancia de cocaína, cuyo potencial es actualmente de 265 toneladas métricas, mientras que en Colombia la capacidad de producción ha caído en un 72 por ciento en los últimos diez años hasta alcanzar las 195 toneladas, lo que deja establecido que una lucha decidida contra este flagelo puede dar buenos resultados. En este momento, de acuerdo a un informe divulgado por el gobierno de Estados Unidos, Perú es el principal productor de cocaína, con un potencial 325 toneladas anuales, un número que incide directamente en nuestro país, que además de gran productor y exportador de mercancía propia, también actúa como territorio de tránsito de la droga peruana.

Lamentablemente, las autoridades nacionales no quieren ver este fenómeno. Seis años atrás, cuando comenzaron las primeras alertas y se observó que el tráfico de cocaína estaba cobrando  fuerza, los responsables de controlar esta actividad desviaron la atención hacia la marihuana. Luego vendrían las hermanas Terán, los narco-alcaldes, el narco-amauta, que demostraron que el asunto estaba llegando muy lejos y en lugar de actuar con determinación, el Gobierno decidió expulsar a la DEA, lo que en definitiva le abrió las tranqueras a las mafias internacionales, especialmente de México y de Colombia, cuya presencia también es negada sistemáticamente en círculos gubernamentales. Apenas se admite que la droga que se encuentra en el país es de origen peruano o que las grandes incautaciones de droga no son producto del desborde, sino del incremento de la interdicción.  Nadie quiere notar el rebalse y la “pringazón” que estamos viviendo y que ha tocado los más altos círculos del poder.

La reciente publicación de la revista Veja, de Brasil no sólo se complementa muy bien con el informe del zar antidrogas norteamericano, sino también con un extenso reportaje de primera plana del diario The New York Times, que muestra cómo Venezuela es hoy uno de los principales centros de tráfico de cocaína hacia Estados Unidos y otros destinos. Desde hace mucho tiempo se sabe que el narcotráfico tiene protección oficial del régimen chavista, cuyos nexos con las narco-guerrillas de las FARC han sido debidamente probados. Muy pronto se conocerán también los tentáculos del narcotráfico venezolano con nuestro territorio, que ha sido convertido en base de operaciones de los mafiosos colombianos corridos de ese país. La que no se entiende es la actitud contemplativa de Brasil, que viene desde hace años recibiendo toneladas de cocaína boliviana que inunda las grandes ciudades. Se sabe que recién están comprendiendo a cabalidad la gravedad del problema. Y tal vez sea demasiado tarde para actuar con el ímpetu que debió actuarse al principio. Desatar una guerra frontal sólo podría convertir a la zona fronteriza entre Bolivia y Brasil en algo parecido a lo que sucede en el norte mexicano. A ese extremo hemos llegado.