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jueves, 30 de mayo de 2013

Viva mi Patria Bolivia

Los pobladores del Estrecho de Tiquina, en el Lago Titicaca, mantuvieron bloqueada la ruta de acceso al Santuario de Copacabana durante más de tres semanas exigiendo la construcción de tres puentes que unan las principales islas de la zona, de gran afluencia turística. Con el bloqueo los pobladores impidieron que los peregrinos y visitantes puedan llegar al lugar durante los días de Semana Santa y con ello arruinaron la mejor época del año para todos los lugareños que viven de la “industria sin chimeneas”. El pedido de los comunarios era de lo más irracional que se haya visto en este país, donde ya nada causa sorpresa. Estaban pidiendo obras valuadas en más de mil millones de dólares y aun así el Gobierno accedió a la construcción de uno solo de los puentes que conecte a las islas de San Pedro y San Pablo de Tiquina, habitadas por apenas unos cientos de familias. Después de tanto perjuicio, de la represión, de las detenciones, del diálogo, de los tires y los aflojes, de cientos de horas de reuniones, después de negociar, firmar papel y llegar a los acuerdos, ahora resulta que ha surgido una agrupación de barqueros y balseros que se opone a la construcción del puente, porque según ellos, les va a quitar el trabajo. ¿Y adivinen qué? Pues ahora están bloqueando y seguramente en Copacabana no habrá ni un alma para la fiesta de Corpus Christi que se celebra hoy. Solo en Bolivia

jueves, 23 de mayo de 2013

Diccionario boliviano

Competitividad, innovación y tecnología son tres valores que persiguen las sociedades modernas, pero que en Bolivia son observados de soslayo. En nuestro medio no solo tenemos nuestros propios valores sino que hemos llegado a redefinir otros, en una constante tarea de refundar y revolucionar que nos consume tanto las energías. Por ejemplo, en Bolivia se llama “éxito”, cuando un movimiento social o sindicato logra paralizar una actividad por completo. “Exitoso” es un paro de salud que consiguió que nadie sea atendido en los hospitales públicos. “Contundente” se llama a una medida de presión que causa el mayor daño posible a la población. Un paro contundente es el que no dejó trabajar a nadie y un bloqueo contundente es el que no dejó pasar ni un solo gramo de productos de exportación. Se denomina “Conquista” al logro de algún sindicato que se obtiene a costa del resto de los bolivianos. Los militares, por ejemplo “han conquistado” el derecho a cobrar una jubilación del 100 por ciento del salario activo, mientras que más del 70 por ciento de la ciudadanía no tiene derecho a jubilarse. Con todas estas definiciones, no cabe duda que Bolivia consolida una expresión que no es propia, pero que aquí cobra cada vez más vigencia: “jodidos estamos”.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

El caos como norma


Los medios de comunicación no sabían si eran cinco, seis o siete los departamentos aislados como consecuencia de los bloqueos de los cooperativistas mineros que exigen que el Estado les entregue la mina Colquiri, como si se tratara de un mercado, donde los comerciantes hacen de las suyas y apenas pagan unas moneditas de “sentaje” o “sitiaje”, esas formas que inventamos los bolivianos para ponerle parches a la miseria con el objetivo de que nada cambie.

El Gobierno no quiere dar el brazo a torcer pese a que pone en riesgo el voto de decenas de miles de cooperativistas, rabiosos y despiadados capitalistas que han sido sus aliados durante los últimos siete años. Las autoridades ya saben que la alternativa es hacer en Colquiri lo mismo que se hizo en Huanuni, la mina más grande de Bolivia, la que podría ser la más rentable, pero que gracias a las “soluciones salomónicas”, ahora tiene más de cuatro mil supernumerarios que la ponen en números rojos cada vez que baja unos puntos el precio del estaño.

Cuando el presidente les dijo a los indígenas del oriente que se oponían a la explotación petrolera “¿De qué vamos a vivir?”, obviamente no se estaba refiriendo al conjunto de los bolivianos, sino al Estado, más concretamente a quienes lo manejan, amenazados como nunca por las peleas entre mineros, el sector que ha protagonizado los más grandes cambios políticos en los últimos 100 años de historia boliviana. Por primera vez –y precisamente cuando los precios de minerales alcanzan niveles históricos-, los obreros de las minas están viendo la posibilidad de quedarse con la soga y con la cabra. El Gobierno sabe que al ceder en este caso, se vendrán más tomas de minas y en esas condiciones será difícil que el Estado siga funcionando.

Algunos opositores criticaron que, en medio de semejante crisis, el país haya quedado sin sus dos principales cabezas. Habría que responderles que los bloqueos son casi una señal de normalidad en el país y que ya no asustan a nadie y menos a quienes han sido los principales promotores de esa manera de hacer política. No estar en el momento preciso, dejar que los sectores sociales arreglen solos sus problemas aunque sea a dinamitazos, lavarse las manos y decir “yo no fui” cada vez que surja algo grave, parece ser la manera más práctica de administrar un país tan complicado, pero  nadie debe negar que este sea el mejor camino hacia la destrucción y el menos indicado para cambiar.

Ayer se leía un comentario sobre la “maldición de los recursos naturales” un fenómeno que no es exclusivo de Bolivia y que ha ocurrido en  países del primer mundo como Holanda, donde aprendieron la lección cuando la clase política hizo los cambios internos. Ese no parece ser el caso nuestro, donde el sistema clientelar tiende a perpetuarse y con él, también el rentismo y el extractivismo, el tercer componente de esta triada maldita. Desde este punto de vista queda aún más justificada la ausencia de los conductores, pues mientras más zafarrancho se arme, más profundas serán las huellas de esta condenación que cuadra perfectamente con casi todos los Gobiernos que ha tenido Bolivia.

jueves, 21 de abril de 2011

La perversa lógica de los conflictos

Los egipcios construyeron pirámides con sus excedentes económicos, los romanos, el coliseo y los norteamericanos destinan millonadas para divertirse con Disneyworld. Los bolivianos bloquean caminos, gastan en dinamita y petardos e invierten su tiempo de reuniones de 36 horas que no llegan a nada.

Una suerte de auditoría de los conflictos de los últimos 40 años realizado por el Observatorio de Análisis de Conflictos Sociales (CERES) revela que en Bolivia ha habido por lo menos un bloqueo, una manifestación, un paro o una movilización cada día en estas cuatro décadas, lo que arroja la friolera de 14.600 “eventos” en total.

Alguien debería calcular cuántas horas-hombre consumieron todos estos actos de protesta, cuánta gente se perjudicó, cuántos negocios se perdieron, cuántas inversiones se esfumaron, cuántos turistas le echaron cruces al país, cuántas toneladas de valiosa carga no llegaron a su destino. ¿Y si monetizamos la incidencia de esta negra historia conflictiva? ¿Alguien se atrevería a calcular cuántas carreteras, hospitales y escuelas se hubieran podido construir con el dinero que se tiró a las calles?

Acaba de decretarse un cuarto intermedio en un conflicto que paralizó la sede de Gobierno durante casi dos semanas, con bloqueos y paros que se multiplicaron en todo el país. Los dirigentes han decidido interrumpir las protestas para no arruinar los feriados de Semana Santa y prometen retomar las manifestaciones en los próximos meses, porque consideran insatisfactoria la respuesta del Gobierno. Será apenas una pausa aparente en el conflicto eterno en el que vive Bolivia, cuyo presidente es, precisamente, el hombre que ha causado mayor inestabilidad social en los últimos 20 años, labor que no ha ayudado a superar ninguno de los problemas estructurales del país, salvo claro, la de permitir el ascenso social de una nueva élite que alimenta la economía ilegal y que goza de una “soberana impunidad”. En otras palabras, 40 años de conflictos apenas han servido para beneficiar a un sector (el que comanda el bloqueo), mientras que la población, por la que supuestamente se marcha y se bloquea, se mantiene en las mismas condiciones de pobreza, desnutrición, mortalidad, bajos ingresos, falta de salud y educación.

Para hablar más claro todavía, los conflictos supuestamente sirven para luchar a favor de los más pobres, pero el resultado es totalmente inverso. Eso genera un círculo vicioso que lógicamente no se acabará con un Gobierno presuntamente popular como el de Evo Morales, sino que tiende a acentuarse, sobre todo por la gran inflación de expectativas que no tienen miras de ser satisfechas. La renta proveniente de los recursos naturales tiende a achicarse después de un periodo de bonanza que fue desperdiciado y los comensales, especialmente los que promueven las protestas, son cada vez más numerosos.

Los más desilusionados con el Gobierno de Evo Morales no son los que bloquean, pues ellos están conformes con un régimen que les permite seguir cultivando su experiencia sindical y mantener una vigencia política que resulta vital en esta falsa “democracia participativa”, de “tensiones creativas”, como la denomina el Vicepresidente para disimular la ineptitud del Estado. Los más decepcionados son los que pensaron que dándole su apoyo al mayor líder de los bloqueos del país, al menos se produciría cierta holgura para trabajar, invertir y producir con tranquilidad.