miércoles, 16 de septiembre de 2026

Quien encuentra un amigo...

 


La amistad verdadera va mucho más allá de compartir risas y momentos divertidos. Se construye con confianza, respeto, sinceridad y solidaridad, pero también exige aprender a resolver conflictos, poner límites y cuidarse mutuamente dentro y fuera de las redes sociales.

Equipo de periodismo escolar del Colegio Alemán

¿Alguna vez te has preguntado cuántos amigos tienes realmente? Quizás tienes cientos de seguidores en Instagram, varios grupos de WhatsApp y compañeros con los que hablas todos los días. Pero, cuando tienes un problema, ¿a cuántas de esas personas realmente acudirías? Esta pregunta ayuda a entender que la amistad no se mide por la cantidad de personas que conocemos, sino por la calidad de los vínculos que construimos.

La amistad es una relación afectiva que nace cuando dos o más personas comparten confianza, respeto, cariño e intereses. Desde siempre, las personas han necesitado compañía y apoyo. Tener alguien con quien conversar, reír, compartir preocupaciones o simplemente pasar un buen momento puede hacer una gran diferencia, especialmente durante la adolescencia, una etapa llena de cambios.


¿Cómo reconocer a un verdadero amigo?

No existe una fórmula perfecta para saber quién será nuestro amigo para toda la vida. Sin embargo, hay algunas señales que pueden ayudarnos.

Una amistad saludable suele tener:

  • Confianza: podemos contar algo personal sin vivir con miedo a que se convierta en un chisme.
  • Respeto: nuestro amigo acepta que podemos pensar, vestir o actuar de manera diferente.
  • Lealtad: permanece cerca también cuando las cosas no salen bien.
  • Sinceridad: nos dice la verdad, incluso cuando no es exactamente lo que queremos escuchar.
  • Solidaridad: nos apoya cuando atravesamos una dificultad.
  • Reciprocidad: la relación no depende solamente de que una persona dé y la otra reciba.

Un verdadero amigo tampoco tiene que estar de acuerdo con nosotros en todo. A veces, precisamente porque nos aprecia, puede decirnos que estamos cometiendo un error. La diferencia está en cómo lo hace: desde el respeto y buscando nuestro bienestar, no para humillarnos.


Amistad verdadera o amistad por interés

También existen personas que se acercan a nosotros porque quieren obtener algo. Puede ser dinero, popularidad, contactos, ayuda con una tarea, acceso a determinado grupo o simplemente algún beneficio personal.

Una señal de alerta aparece cuando alguien solamente está presente cuando necesita algo y desaparece cuando somos nosotros quienes necesitamos ayuda.

Pregúntate:

  • ¿Esta persona me busca también cuando no necesita nada?
  • ¿Puedo ser yo mismo cuando estoy con ella?
  • ¿Respeta mis decisiones y mis límites?
  • ¿Se alegra sinceramente cuando me ocurre algo bueno?
  • ¿Puedo decir “no” sin miedo a que se enoje conmigo?

Las respuestas pueden ayudarnos a reflexionar sobre nuestras relaciones.

Una amistad debe ayudarnos a crecer

Los amigos influyen mucho en nuestras decisiones. Por eso es importante rodearnos de personas que nos impulsen a mejorar y no que nos presionen para hacer cosas que no queremos.

Una amistad puede volverse perjudicial cuando aparecen las burlas constantes, los celos excesivos, el control, las amenazas, la manipulación o la presión para realizar alguna conducta que consideramos incorrecta.

Una frase importante para recordar:

Un amigo puede acompañarte en tus decisiones, pero no debe decidir por ti.

Nadie debería obligarnos a demostrar nuestra amistad haciendo algo que nos incomoda. Decir “no quiero” también es una forma de cuidar nuestra libertad.

Cuando los amigos se pelean

Las discusiones forman parte de cualquier relación. Incluso los mejores amigos pueden tener problemas por celos, malentendidos, rumores, secretos, diferencias de opinión o publicaciones en redes sociales.

Lo importante no es evitar todos los conflictos, sino aprender a resolverlos.

Cuando exista una pelea, podemos:

  1. Calmarnos antes de responder.
  2. Escuchar la versión de la otra persona.
  3. Explicar cómo nos sentimos sin insultar.
  4. Reconocer nuestros errores.
  5. Pedir disculpas cuando corresponda.
  6. Buscar una solución y no solamente ganar la discusión.

Pedir perdón no significa ser débil. A veces significa tener suficiente madurez para reconocer que nos equivocamos.

¿Y qué pasa con las amistades por internet?

Las redes sociales, los videojuegos y las aplicaciones de mensajería cambiaron completamente nuestra manera de relacionarnos. Hoy podemos conocer a alguien que vive en otro país, conversar todos los días y compartir los mismos gustos.

Una amistad que comienza en internet puede ser significativa, pero debemos ser cuidadosos. No siempre sabemos quién está detrás de una pantalla.

Para protegerte en internet:

  • No compartas tu dirección ni información personal.
  • No envíes fotografías íntimas.
  • No compartas contraseñas.
  • Desconfía de personas que intentan mantener secretos contigo.
  • Si alguien te hace sentir incómodo, habla con un adulto de confianza.
  • Recuerda que tener muchos seguidores no significa tener muchos amigos.

La amistad también se aprende

Después de investigar este tema, comprendí que tener amigos no significa simplemente estar acompañado. La verdadera amistad requiere tiempo, paciencia, sinceridad y cuidado. Es parecido a una planta: si nunca la regamos, termina secándose.

También aprendí que no necesitamos tener un grupo enorme. A veces una o dos personas que realmente nos conocen, nos respetan y nos acompañan pueden significar mucho más que decenas de contactos.

Para mí, un verdadero amigo es alguien con quien puedo reírme, hablar de mis problemas, reconocer mis errores y ser yo misma sin miedo a ser juzgada. Pero también es alguien que me ayuda a crecer y que respeta mi libertad.

La amistad no tiene que ser perfecta. Puede tener discusiones, diferencias y momentos difíciles. Lo importante es que exista respeto suficiente para solucionar los problemas y seguir adelante cuando ambos quieran hacerlo.

Al final, quizá la pregunta más importante no sea “¿cuántos amigos tengo?”, sino “¿qué clase de amigo soy yo para los demás?”. Porque una buena amistad no solamente consiste en encontrar personas que nos acompañen. También consiste en aprender a acompañarlas.

viernes, 17 de abril de 2026

Ex director recuerda los años de grandes cambios en el colegio


Del rigor alemán a la vitalidad cruceña, la historia de Karl Ludwig Reinderes que entendió que educar también es adaptarse

A sus 50 años, con una carrera consolidada en el sistema educativo alemán y experiencia en el Ministerio de Educación, Karl Ludwig Reinders tomó una decisión poco común: dejar Europa y asumir la dirección del Colegio Alemán en Santa Cruz de la Sierra sin conocer el idioma ni el contexto local. No tenía certezas, pero tampoco dudas. Había recorrido el mundo y entendía que los verdaderos desafíos estaban fuera de la zona de confort.

Su llegada, en el año 2000, coincidió con un periodo de transformaciones profundas. No solo en Bolivia, marcada por cambios políticos como la llegada de Evo Morales al poder y una intensa migración interna desde el altiplano hacia Santa Cruz, sino también dentro de la propia institución educativa. “Fueron ocho años de ruptura entre la ‘vieja buena escuela’ y la modernidad”, recuerda. Durante su gestión, el colegio fue reconstruido en el mismo predio, se introdujo el Bachillerato Internacional (IB) y se incorporaron herramientas que hoy parecen básicas, como el correo electrónico y el uso sistemático de computadoras.

Pero más allá de la infraestructura o la tecnología, el mayor reto fue cultural. Reinders llegó con la idea de replicar un modelo alemán en tierras bolivianas. Sin embargo, con el paso del tiempo comprendió que ese enfoque era insuficiente. “Uno quiere construir una escuela alemana en Santa Cruz, pero aprende que solo puede ser un proyecto germano-cruceño”, afirma. Esa adaptación implicó reconocer diferencias profundas en la forma de entender la educación.

En Europa, explica, la escuela se centra más en la estructura y los resultados. En Santa Cruz, en cambio, el componente humano tiene un peso decisivo. “Después de la familia, la escuela es el lugar donde uno pertenece. Esa conexión emocional es mucho más fuerte que en Alemania”, sostiene. Esa característica convirtió al colegio en algo más que una institución académica: una comunidad.

Esa vida comunitaria no estaba exenta de dificultades. Las condiciones materiales del antiguo edificio reflejaban las limitaciones de la época. Cuando llovía intensamente —algo frecuente—, las aulas se inundaban y las clases debían suspenderse. En una ocasión, la temperatura descendió a 9 grados y fue necesario declarar jornada libre por el frío, en una ciudad sin infraestructura preparada para ello. “No había aire acondicionado ni protocolos para el calor o el frío. Era otra realidad”, recuerda.

A esto se sumaban presiones externas poco habituales en el contexto europeo. La escuela podía ser cuestionada incluso por la conducta de los estudiantes fuera del horario escolar, bajo la idea de que debía garantizar su formación moral. Reinders cuestiona esa expectativa: “Siempre habrá errores humanos que ninguna institución puede controlar”.

En el plano pedagógico, su enfoque fue claro: equilibrar disciplina y creatividad, autoridad y autonomía, razón y emoción. Más que imponer valores abstractos, buscó transformar las rutinas de enseñanza para mejorar el aprendizaje real. Su meta era formar estudiantes curiosos, abiertos al mundo, capaces de pensar más allá de su entorno inmediato.

Al mirar atrás, describe su paso por Santa Cruz como una etapa intensa y profundamente humana. “Éramos una gran familia”, resume. Hoy, desde la distancia, observa con satisfacción el crecimiento del colegio, al que considera uno de los más destacados dentro de la red de escuelas alemanas en el extranjero.

Su historia no es solo la de un director extranjero en Bolivia. Es la de alguien que entendió que educar no consiste en trasladar modelos, sino en construir puentes entre culturas.