miércoles, 23 de abril de 2014

La mentira del aumento salarial


A partir del incremento salarial dispuesto por el Gobierno, nadie en Bolivia debería ganar menos de 1.440 bolivianos, algo que en sí mismo parece una gran victoria para los trabajadores, pero lamentablemente esconde más defectos que virtudes.

1.440 bolivianos puede ser una cifra pequeña, pero no lo es para un trabajador novato, un joven que recién empieza un oficio, que está aprendiendo y que necesita que su empleador le brinde el derecho a equivocarse mientras termina de formarse. Si Bolivia tuviera buenas escuelas e institutos técnicos, eso no hará falta, pero desgraciadamente, son las empresas las que tienen que pagar los costos más altos de la capacitación.

En la lógica de un empresario al que obligan a pagar un salario mínimo cada vez más alto, resulta contraproducente contratar novatos y obviamente se inclinará por los experimentados, que rinden más y sus salarios no se inflan en la misma medida. Naturalmente, la peor parte se la llevan los trabajadores jóvenes, que terminarán en algún empleo informal, sin beneficios, sin seguro, sin jubilación y con un salario menor a los 1.440 bolivianos. Lo tomas o lo dejas.

Las autoridades que conducen la economía en complicidad con los dirigentes de la Central Obrera Boliviana, quieren hacer creer que el aumento salarial  superior al porcentaje de la inflación oficial es algo digno y positivo, pero no es más que demagogia barata. No solo porque el incremento apenas llega al 30 por ciento de los trabajadores del país, sino porque está basado en un cálculo mentiroso del Índice de Precios al Consumidor, que de acuerdo a cómputos más serios, ha bordeado el 12 por ciento en el 2013.

Obviamente, el incremento es alto para el sector formal de la economía, que no fue consultado y menos incorporado en las negociaciones. Las empresas que pagan impuestos y que sostienen al Estado vienen sufriendo un fuerte acoso impositivo y una carga cada vez mayor de compromisos y responsabilidades, que a la larga terminan por perjudicar a los mismos asalariados, pues de achica la oferta laboral y se deteriora la calidad del trabajo. En otras palabras, estas políticas constituyen una presión para que los emprendedores migren hacia la informalidad, se vuelvan contrabandistas o, lo que es peor, se inclinen por alguna de las actividades ilegales que están en boga en el país  y que generan la sensación de bonanza que tanto proclaman las autoridades.

El incremento es la parte más fácil para el Gobierno, es una salida electoralista y demagógica, pues el esfuerzo que se debería hacer pasa por incrementar la producción que frena la inflación, generar más empleos dignos y aportar para que se genere una cualificación del trabajo.

El aumento a secas es un arma de doble filo, pues si bien mejora el poder adquisitivo de una parte de la población, genera una presión inflacionaria sobre los productos básicos que consumen la porción más grande del salario de los pobres. Este “impuesto” lo pagan en su mayoría quienes no reciben ningún aumento.

En otras palabras, de qué puede servir un buen aumento, si la escasez convierte ese incremento en nada; si el mayor perjudicado es el empresario que opta por despedir parte de sus trabajadores; si la calidad del trabajo no aumenta y lo que crece es la informalidad, sinónimo de precariedad.

Llenos de goteras


Los más memoriosos y asustadizos pensaron ayer que se repetía el tristemente célebre 18 de marzo de 1983, cuando un inmenso turbión arrasó con buena parte de la ciudad de Santa Cruz y sus alrededores, sobre todo las comunidades ribereñas del Piraí. Hasta las obras estrella de la Alcaldía de Santa Cruz tambalearon con la lluvia que azotó nuestra capital desde las 9:30 de la mañana y que se prolongó hasta el final de la tarde. No vamos a mencionar los canales de drenaje que se desbordaron y que pusieron a flotar a los automóviles en varias avenidas. Esto ha sucedido en numerosas ocasiones últimamente. Había que ver lo que ocurrió en el túnel que atraviesa la pista de aterrizaje de El Trompillo, descrita por algunos como una verdadera catarata que inundó la faja de circulación. No hubo obra que quede libre de las oleadas de agua, mercados, escuelas, viviendas, universidades, todo bajo el azote inclemente del temporal. Quejarse de la precariedad de las obras, del aparente maquillaje que se observa en algunos casos, parece una vieja cantaleta. Hace mucho se cometieron errores en el diseño de la ciudad que lamentablemente costará mucho corregir. El problema más grave es que las lluvias son cada vez más intensas y seguimos en las mismas con tendencia a empeorar.

martes, 22 de abril de 2014

No sólo de inglés vive el hombre


Los indígenas bolivianos han recibido la cordial e inteligente invitación a aprender inglés para poder ganarse becas de estudio en el exterior. Es una de las ideas más sensatas que se les ha dado en los últimos años a nuestros originarios, acostumbrados a que se los incite de manera no muy cuerda. El problema no será irse y ganarse las becas, sino volver, pues está claro que, según las más recientes estadísticas, los bolivianos siguen con unas ganas locas de emigrar. ¿Serán los genes? ¿Será la ideología? Parece que no, pues este impulso suele repetirse en países con índices económicos muy parecidos al boliviano, aunque los discursos insistan que la cosa es de maravillas. Antes de prepararlos para el viaje de ida, habría que pintarles el panorama que encontrarán al retorno. Es muy probable que además de perfeccionar el inglés, esos jóvenes aprenderán muchas cosas, sobre todo a ser emprendedores e innovadores, los dos grandes retos de cualquier profesional moderno. Ellos serán entrenados a tener iniciativa propia, a inventar algo útil que seguramente los hará famosos y millonarios, como ocurre con bolivianos ilustres como Marcelo Claure, el rey de los celulares o el adolescente Michael Sayman, inventor de aplicaciones para la gigante Apple. Cuando vuelvan ellos no estarán preparados para trabajar para un Estado que les impide ganar más que el presidente, que les prohíbe exportar y que en cualquier momento los amenazará con nacionalizarlos. Tampoco estarán listos para enfrentar a un gobierno que dice odiar a los capitalistas, que les hace la guerra, los hace huir, para luego quedarse con sus negocios.

lunes, 21 de abril de 2014

Tarija y el desarrollo nacional


Pasados los ruidos de la fiesta de Tarija conviene hablar del modelo de desarrollo de Bolivia, del “proyecto país” que subyace detrás de nuestro medio de vida más importante -el gas-, cuya porción más grande sale precisamente del subsuelo tarijeño. Se han dicho muchas cosas en estos días y principalmente, que Tarija no tiene un proyecto de desarrollo, que habría que dotarle de uno para que sirva de modelo a nivel nacional y lo más importante: que así como se acabó el petróleo en Camiri, disminuyó el gas en Santa Cruz y Cochabamba, de la misma manera llegará el día en que los tarijeños se topen con sus campos secos.

¿Qué pasará entonces? En los años 50, cuando Santa Cruz era el centro petrolero nacional y se ganó con sangre el derecho a las regalías, consiguió con esos ingresos construir un proyecto de desarrollo que a la postre se convirtió en la salvación de un país minero fracasado, que hasta ahora no encuentra su norte. Solo hay que ver las migajas que dejan los minerales para darse cuenta de lo que ocurre. 

La hecatombe de las minas que explosionó en 1985 les dejó a los habitantes de las tierras altas la alternativa de convertirse en cocaleros o trasladarse a Santa Cruz, a transformarse en propietarios y a producir ya sea como agricultores, comerciantes, industriales, artesanos y toda una diversidad de actividades que surgieron gracias a que la autogestión y la iniciativa privada permitieron volcar la renta petrolera en un modelo sostenible, desligado del rentismo, heterogéneo y globalizado. 

Si hacemos cuentas, lo que recibió Santa Cruz en términos de regalías en más de treinta años es cinco veces menor a lo que ha recibido en menos de una década desde que existe el sistema de distribución del Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH) y por supuesto, es una minucia comparado con lo que está recibiendo Tarija en este momento, convertido en el centro de producción de hidrocarburos, lo que le permite tener un mayor crecimiento, recibir una fuerte ola inmigratoria y mostrar ante todos obras faraónicas, puentes, pavimentación, etc. ¿Pero es ese un modelo de desarrollo? 

Unas cuántas preguntas nos hacen ver que Tarija simplemente está derrochando lo que no ha sembrado, tal como lo ordena el contexto nacional de despilfarro, de ostentación y gastos superfluos en que el incurre el régimen que nos gobierna. Las obras son buenas, pero ¿cuánto del dinero que le ingresa a los tarijeños se reinvierte en producir? ¿Cuánto de ese dinero se inyecta en obras como la dotación de energía, un motor que le sirvió al norte cruceño para transformarse en el polo productivo más grande de Bolivia? 

¿Acaso usan los recursos para modernizar la producción vitivinícola por ejemplo? ¿Se ha creado algún comité que ayude a priorizar las obras? ¿Se están construyendo escuelas e institutos de formación técnica? ¿Se está pensando de qué van a vivir los tarijeños cuando se acabe el gas y se está trabajando en ello? ¿Están peleando los tarijeños para que parte del gas que producen se quede en el departamento y que sirva para hacer industria, para crear empresas o cuando menos para que la gente no siga cocinando a leña como sucede hoy en día? 

Si a Santa Cruz le quitaran los recursos del gas el impacto sería menor, pues tiene de qué vivir y si lo dejan, puede producir más, exportar y seguir sirviendo de colchón para soportar los sucesivos experimentos políticos y económicos del andinocentrismo. Pero si a Tarija se le acabara el gas, sucederá lo mismo que a Potosí, cuya única alternativa es llorar por los socavones vacíos de su emblemático cerro.

Humor negro


En la época del Apartheid, circulaban piezas de humor negro que ilustraban el oprobio, la vergüenza, pero también la desfachatez de los abusivos. Decían que en Sudáfrica, cuando un blanco atropellaba a un negro, este último era acusado por destrucción a la propiedad privada. Esto sonaría increíble si no estuviéramos en la Bolivia del cambio, donde ocurren casos insospechados y sobre todo, explicaciones nunca antes vistas. A propósito de la golpiza que recibieron algunos detenidos en Palmasola, nada menos que el presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados, Rodolfo Calle, dijo que los supuestos agredidos deben presentar un certificado forense para determinar los días de impedimento porque –dice el legislador- “no es lo mismo ser agredido que lesionado”. O sea que moretón más, moretón menos, no interesa el hecho grave consistente el escarmiento que le da un Gobierno sospechoso a unos individuos que tienen mucho para revelar. Pero aún hay más, pues el parlamentario no deja de poner en duda la agresión de la que fueron víctimas los detenidos supuestamente de parte de policías encapuchados que actuaron por orden de un viceministro. “Los privados de libertad están exagerando, a lo mejor han sido empujados nomás y ellos dicen que ha sido agresión”. Qué dirá Mandela.

Siguen las amenazas


El aparato de comunicación del Gobierno no se midió en gastos al cumplirse el quinto año de la masacre del hotel Las Américas, el pasado 16 de abril. Tal vez sospechaba que los medios de comunicación independientes iban a realizar un despliegue especial, destacando en cada caso la falta de credibilidad del proceso judicial que impulsa el Gobierno, sin importar pruebas inventadas y la violación de todos los procedimientos establecidos por ley. El más llamativo fue un anuncio con tintes de amenaza que se publicó en algunos diarios. En el aviso se indicaba que la célula terrorista que supuestamente intentó dividir al país sigue activa y en la parte superior aparecían las fotografías de parlamentarios opositores y masistas librepensantes que han estado denunciando la patraña gubernamental. Recordemos que el régimen impulsó el proceso contra 39 personas y luego abrió el caso Terrorismo II para dar con los presuntos financiadores del grupo de Eduardo Rózsa. Tal vez ahora quiere procesar a los que no creen, a los que desconfían y a los que tratan de que se conozca la verdad, por supuesto, la que el Gobierno quiere esconder. El Ministro de Gobierno ha dicho que va ir por todos ellos. Habrá que preparar espacio en todas las cárceles del país porque seguramente son muchos. De hecho, una reciente encuesta afirma que son la mayoría de los bolivianos los que están convencidos de que todo fue un montaje.

Los idiotas y sus libros

El escritor uruguayo, Eduardo Galeano, reconoció la semana pasada en Brasil que no volvería a leer jamás su obra más conocida “Las venas abiertas de América Latina” debido a que es “pesadísima”, ya que fue escrita sin conocer debidamente sobre economía y política. El libro de Galeano, escrito en 1971, ha envenenado varias generaciones de idealistas y teóricos con su tesis de que todos, absolutamente todos los problemas de nuestro continente se originan en una suerte de conspiración malévola de los imperios, que durante siglos han trabajado insistentemente para someternos y condenarnos a la miseria. Las teorías de Galeano tienen su origen en leyendas como las que suele repetir nuestro presidente y que dicen que a los indígenas les cortaban las manos y les sacaban los ojos para que no lean ni escriban. Todo lo publicado por el uruguayo en aquel libro, fue calificado como una completa idiotez por tres autores que hicieron una suerte de inventario del veneno abrevado por nuestros jóvenes. El libro, denominado “El Manual del perfecto idiota latinoamericano” fue rechazado por Galeano y otros que se han dedicado a repetir sus historias, muchos de ellos, ilustres bolivianos que reciben títulos de doctor y escriben libros. ¿Los leerán?