jueves, 3 de septiembre de 2015

Hasta que el pueblo lo decida

Algunos ven cómo se tambalea el gobierno de Dilma Rousseff en Brasil; cómo sufre la presidente Bachelet en Chile y cómo se cae el régimen de Otto Pérez en Guatemala y se preguntan qué está pasando en Bolivia, donde ocurren hechos de corrupción similares o tal vez peores y, en vez de hablar de justicia, de investigación y de sanción a los culpables, aquí estamos debatiendo acerca de la posible reelección indefinida del presidente Morales.
Es más, quienes están llevando adelante la propuesta formal de reforma constitucional que podría abrir las puertas a una suerte de monarquía presidencial, son justamente quienes han promovido el saqueo del Fondo Indígena, entidad que ha sido sepultada para garantizar la impunidad de los responsables.
Los observadores y analistas dirán que se trata de un liderazgo fuerte capaz de enfrentar cualquier tipo de vicisitud o que se trata de una estructura política sólida que ha castrado al resto de las opciones dirigenciales; también se menciona el aspecto económico y la impresionante red clientelar que se ha tejido para garantizar lealtades; y se habla por último, de la ausencia de líderes, ya sea dentro o fuera del MAS, que sean capaces de crear una alternativa que permita fortalecer la democracia. Tal vez son esos y muchos otros aspectos, pero quién va a dudar de que Bachelet, Pérez o Rousseff no hayan hecho lo mismo para asegurar la estabilidad y mucho más cuando tienen por detrás aparatos partidarios de gran envergadura que llevan décadas en acción.
Hay un aspecto, sin embargo, que puede estar gravitando significativamente en los países mencionados y que en Bolivia juega a favor de la consolidación de las autocracias, de la inmadurez política, del estancamiento de la democracia, de la falta de solidez institucional, de la ausencia de justicia y muchos otros males de nuestra vida como estado y como país: la ausencia de ciudadanía.
La acción ciudadana es prácticamente nula en Bolivia. Es verdad que hay protestas, conflictos y bloqueos y que la política suele decidirse en las calles, pero eso no deja de ser parte del clásico corporativismo que termina por apuntalar los regímenes populistas que siempre han intentado eternizarse en el poder y cuando menos, volver una y otra vez al mando como lo hicieron “ilustres demócratas” que echaron a perder el proceso democrático boliviano y que hoy reniegan por la búsqueda de la eternización del presidente Morales.
El ciudadano que se indigna en Venezuela, que sale a las calles en Brasil, que bate sus cacerolas en Argentina y que se autoconvoca a través de las redes sociales no existe en nuestro país, no tiene fuerza, carece de conciencia y no es capaz de hacer escuchar su voz para llevar adelante un verdadero cambio, sobre todo una transformación moral que necesita con urgencia nuestro sistema.
El ciudadano boliviano se encoge de hombros, aguanta la justicia malandra que tenemos, se resigna al caudillismo y trata de buscarle alguna virtud a las cosas “porque no hay otra”. Mientras pensemos de esa manera, no queda más salida que darle la razón a los oficialistas que llevan adelante la nueva reelección y concluir que la gente lo quiere así.

El llanto de los agropecuarios

Algunos dirigentes del sector agropecuario de Santa Cruz estaban por derramar lágrimas por la renuncia de la ministra de Desarrollo Rural, Nemesia Achacollo, quien ocupó el cargo durante cinco años. Parece increíble que los productores llamen a esta señora “amiga de los ganaderos y agricultores”, después de tantos padecimientos, las tomas de tierras, las torturas del INRA, las prohibiciones a las exportaciones, los cupos, el acoso de las autoridades forestales y el Ministerio de Trabajo, las amenazas de reversión, los saneamientos y la demora en la entrega de títulos de propiedad, entre muchas otras vicisitudes que tuvieron que enfrentar los hombres y mujeres del campo, tratados por este régimen como si fueran delincuentes. Algunos creen que si no hubiera sido por Doña Nemesia, las cosas hubieran sido peores, ya que se trata de una funcionaria que conoce la región y además sabe lo que cuesta sembrar y cosechar. El llanto de los productores se hizo copioso cuando se enteraron del sucesor de Achacollo, a quien tendrán que convencer primero que en Santa Cruz se produce alimentos y esa comida no es para los chanchos, sino para los bolivianos.

martes, 1 de septiembre de 2015

Todo al petróleo: apuesta desquiciada

Las apuestas son siempre irracionales, aunque los jugadores compulsivos frecuentemente buscan alguna señal esotérica de qué agarrarse para arriesgarlo todo: un sueño, alguna cábala o un amuleto. Pero cuando el gobierno boliviano decide apostarlo todo al petróleo no solo podemos creer que se han vuelto locos, sino que están condenando al país al despeñadero.
El Gobierno habla de darles incentivos a las petroleras para que inviertan (recientemente confirmó mil millones de dólares en premios) y también menciona cifras astronómicas que podrían comprometer las reservas internacionales y por último busca cómo dirigir recursos que les corresponden a los municipios y gobernaciones para que sean invertidos en la exploración y la explotación de hidrocarburos.
Demás está mencionar que la apuesta por el petróleo incluye rifar las reservas naturales y los parques nacionales, expulsar a los indígenas de sus territorios “para que no interfieran en el desarrollo del país” y condenarnos para siempre al rentismo, en niveles parecidos a Venezuela, donde la adicción al petróleo ha terminado por paralizar al país, volverlo improductivo, condenado a soportar graves situaciones de escasez de los artículos más elementales.
Las autoridades nacionales, cuya angurria en realidad está dirigida en mantener grueso el chorro de dinero para eternizarse en el poder, podrían conducir al país a extremos de fragilidad y de dependencia nunca experimentados. Bolivia nunca ha estado boyante en términos económicos (los gobiernos sí), pero al menos hemos sido capaces de asegurar mínimamente el abastecimiento interno y eso ha sido posible porque además de apostar por las industrias extractivas (que ha sido una constante en todos los regímenes) se ha buscado cómo diversificar la economía de tal forma de fomentar el empleo y la productividad de los bolivianos, a los que hay que darles los medios de sustento y no dádivas que podrían acabarse en cualquier momento.
En la última década el país ha estado en inmejorables condiciones para destinar gran parte de su renta petrolera a las diferentes cadenas productivas como la madera, la castaña, la industria vitivinícola, la quinua, la soya, cueros, lácteos, frutas, etc., pero lamentablemente el gobierno prácticamente las ha ignorado y en algunos casos les ha hecho la guerra hasta conseguir su destrucción como sucedió con la actividad forestal, de inmenso potencial como generador de riqueza. De acuerdo a los datos de la fundación Jubileo, menos del dos por ciento de los recursos nacionales son destinados a la diversificación económica y eso implica menos oportunidades para la gente para tener un empleo digno o emprender su propia actividad de forma de descargarle el Estado el peso del paternalismo que se ha estado promoviendo.
Obviamente todo eso se podría lograr –y estamos a tiempo-, si nos fijamos metas a largo plazo, si hubiera planificación, visión de conjunto, políticas públicas y gente pensando en el futuro del país y no en las conveniencias electorales dirigidas a la hoy denominada “Repostulación”, que es la misma mona con otro vestido, atuendo que corre el peligro de terminar en harapos si no se toman medidas urgentes.

Que viva el Carnaval

Cuando llega una crisis en Bolivia solo hay una sola cosa que puede asegurarse: todo puede suspenderse,  recortarse,  postergarse, menos el carnaval. No importa la falta de plata, los desastres ni las muertes o los conflictos, el carnaval es sagrado. A diferencia de lo que suele repetir una y mil veces el ministro de Economía, Luis Arce, por primera vez uno de sus colegas,  el titular de Defensa, Reymi Ferreira, admitió que se están haciendo recortes en el gobierno debido a la caída de los ingresos y se están reajustando prioridades. Por ejemplo y pese a lo grave que se ha puesto el problema de las narcoavionetas en la frontera con Perú, las autoridades han decidido posponer la compra de radares y cumplir la ley que ordena derribar las naves que transportan cocaína. Como decíamos,  en crisis hay otras urgencias y en los tiempos actuales al carnaval hay que sumarle el rally Dakar y el doble aguinaldo.

La propaganda y la realidad

Los que se asombran por el gasto excesivo en propaganda tendrían que esperar para ver lo que ocurrirá si las cosas se ponen feas como se anticipa. Es probable que se intensifique aún más el bombardeo mediático para tratar de fijar en las cabezas de los bolivianos que “todo marcha bien” como lo repite una y otra vez el ministro de Economía y como lo acaba de decir el presidente Morales, quien ha dicho que, como todo anda sobre ruedas él tiene que continuar en el gobierno, usando esta vez el truco lingüístico de la “repostulación”, otra de las “estrategias envolventes” que ha venido usando el régimen en estos años.
Eso de las “estrategias envolventes” fue una técnica muy usada por el estalinismo soviético y el abuso de la propaganda es una herencia que nos ha dejado el nazismo. Ambos regímenes autocráticos deberían estar vigentes en la actualidad si fuera cierto –como lo creían ellos-, que el poder de la comunicación es tal que hasta pueden llegar a transformar la realidad y que la máxima “miente, miente que algo queda” que tanto repetía el estratega de Hitler, Joseph Goebbels se puede usar indefinidamente.
Algunos de los teóricos marxistas de la comunicación social que suelen inspirar todavía a muchos de los actuales propagandistas, especialmente a los del gobierno boliviano, creían que los anuncios hegemónicos funcionan como agujas hipodérmicas que inyectan la ideología en las venas de las masas y que en el caso actual, serían capaces de hacernos sentir bien a todos, convencernos de que estamos blindados frente a la caída de los precios internacionales y que como todo es tan formidable, nos alcanza para pagar doble aguinaldo, organizar el Dakar y en agradecimiento semejantes beneficios, reelegir por tercera vez al presidente.
Esto no tiene ni una pizca de exageración y ha sucedido una y otra vez. Cuando los cañonazos de los rusos ya estallaban en las cercanías de Berlín y los ejércitos aliados terminaban con lo poco que quedaba del ejército alemán en Normandía, en la capital germana los medios seguían difundiendo la propaganda triunfalista elaborada con tanto ahínco por Goebbels como si eso hubiera podido cambiar el destino fatídico que les esperaba.
La propaganda es muy útil, no hay cómo dudarlo, pero solo sirve como refuerzo de las condiciones materiales que la ciudadanía pueda palpar en su vida cotidiana. En el caso de Alemania, no hubiera funcionado de no haber sido porque Hitler pudo consolidar la fuerza militar y de inteligencia más poderosa del mundo que estuvo a punto de cambiar el rumbo de la historia para siempre. En Bolivia ha sido primordial en reforzar la idea del “cambio” en la etapa de auge económico más importante del país, que ha permitido una distribución extraordinaria de la renta nacional a través de distintos canales y que se ha sentido como nunca en los bolsillos de la gente.
Los que tienen una fe ciega en la propaganda suelen menospreciar la inteligencia de la población, especialmente la de quienes disponen de menor capacidad para analizar y reflexionar sobre la realidad y su relación con los mensajes. Justamente esos sectores suelen ser los más sensibles ante el menor cambio en aquellas condiciones reales que hoy están en riesgo.

lunes, 24 de agosto de 2015

"No queremos ser guardabosques"

Nuestros líderes tratan de comparar a Bolivia con la realidad de los países industrializados de finales del Siglo XVIII y principios del Siglo XIX, cuando entró en auge la Revolución Industrial. En ese tiempo, la lógica normal era aprovechar “a todo vapor” los recursos naturales para alimentar la máquina del progreso y el bienestar. Todos los ríos de Europa fueron contaminados, los bosques destruidos y tuvieron que invertir millonadas para recuperar, reforestar y restaurar, porque se dieron cuenta que de haber seguido por el mismo camino hubiera significado el suicidio.
Hoy la lógica es otra. Todos conocemos el beneficio de la sustentabilidad, del aprovechamiento racional y de las grandes riquezas que puede aportar a un país el mantenimiento de los bosques. Eso no solo lo saben los europeos; en Costa Rica lo han comprobado: se puede vivir bien bajo este nuevo paradigma e incluso han llegado a suplir casi todas sus necesidades energéticas con fuentes alternativas y renovables.
Falta mucho por hacer, es verdad, pero se trata de un camino irreversible. La industria, el mercado, las grandes tendencias productivas están girando hacia la sostenibilidad y de a poco las viejas prácticas van a ir quedando obsoletas. Incluso la gente va a cambiar de mentalidad, porque no queda otra salida. El planeta no aguanta más.
Es obvio que hay quienes marchan a contrapelo de esta tendencia y no nos referimos a Bolivia, que es menos que un lunar en esta inmensa galaxia de la industria, la economía, el consumo y la producción. China, India, Rusia, Brasil, por citar solo algunos ejemplos, son países que, al igual que nuestros líderes, se niegan a “ser los guardabosques del mundo” y quieren arrasar con todo, irrespetando las normas internacionales, aquellas que las grandes potencias han comenzado a acatar. Estados Unidos acaba de aprobar un nuevo compromiso para reducir los gases del efecto invernadero, aunque los clásicos antiimperialistas y anticapitalistas seguirán apuntando sus dardos hacia los norteamericanos, pese a que no hay mejor aliado del viejo capitalismo depredador que quienes se especializan en producir materias primas para alimentar las industrias pesadas.
Todavía no vemos los resultados, pero llegará el día en que el litio será el combustible predominante en los automóviles; la población de las grandes ciudades habrá cambiado sus hábitos; habrá menos desperdicios y las fuentes de energía tradicionales habrán ingresado en retroceso. Para ese día, cuando los rusos, los norteamericanos, los chinos y todos aquellos que saben planificar a largo plazo y son capaces de reinvertir sus riquezas en reciclarse y renovarse, nosotros estaremos contemplando desiertos donde antes había montes y pedregales donde hoy corren ríos que nos posibilitan la vida y los alimentos. Y mientras que otros estarán montados en el tren de la innovación y las tecnologías amistosas con el medio ambiente, nosotros no tendremos cómo reparar los daños. Ocurre hoy con el Cerro de Potosí, que no sabemos qué hacer con él y pasa con el río Magariño en el Chapare, donde acaba de ocurrir un derrame de petróleo y que desnuda la precariedad y la chapucería de la petrolera estatal que tanto orgullo nos produce.

El Estado y las ONG

Pudiera parecer exceso de soberbia decir que Bolivia ya no necesita a las Organizaciones No Gubernamentales (ONGs), pero se han dicho cosas peores e incluso se ha llegado al extremo de afirmar que en nuestro país ya no es necesario pensar y que los únicos que tienen derecho a hacer política son unos cuantos iluminados que gozan de este y muchos otros privilegios. Forma parte de la lógica que impuso el estalinismo en la Unión Soviética y el nazismo en Alemania, donde se prohibieron los libros, la poesía, la ciencia y todo lo que pudiera contradecir la verdad absoluta del régimen de hierro. En esa época ya sonaba absurdo este oscurantismo medieval, imagínese ahora.   
Es verdad que el Estado boliviano se ha fortalecido, pero eso no implica necesariamente asegurar que las acciones estatales, las políticas públicas están dando buenos resultados y menos todavía, que estén apuntando a los verdaderos problemas del país. En el pasado, nuestra estructura gubernamental era tan débil que algunas ONGs debían mantener algunos viceministerios, diseñarles sus proyectos y hasta pagar los sueldos de los funcionarios. Y eso es nada, ciertas embajadas les hacían las compras a instituciones importantes como la Policía y el Ejército, pilares importantes de la represión estatal, hecho que no ha cambiado en lo absoluto.   
En este momento hay plata de sobra para pagar sueldos, contratar supernumerarios, abrir oficinas, crear ministerios, inventar reparticiones y ramificar hasta el hartazgo el aparato burocrático, pero eso no significa que se estén haciendo mejor las cosas. Solo para poner un ejemplo muy actual. Es la ONG del padre Mateo Bautista, que no es otra cosa que un grupo de voluntarios, los que se encargan de los pacientes con cáncer, los que han ayudado a construir un pabellón de terapia intensiva en un importante hospital público y los que cada año llevan adelante campañas para fortalecer la donación de sangre. Se trata de acciones que el Estado no hace y no le da la gana de hacer.
Y así como esta ONG hay muchas, atendiendo la salud, la educación, la producción, los desastres naturales, la violencia doméstica, la drogadicción, los ancianos, los huérfanos, etc. etc. Salvo cuando el Padre Mateo desnudó la realidad, cuando mostró que el Estado no existe para muchos bolivianos y que sigue siendo aparente en las realidades más lacerantes del país, el Gobierno alzó su voz para condenar al curita. Jamás se ha escuchado a los gobernantes reclamar jurisdicción y pelear por hacerse cargo de esos grupos y esos problemas y en todo caso la tendencia es a lavarse las manos y excusarse.
 Pero yendo al fondo de las cosas ¿cuál es el mejor modelo a seguir? Obviamente el de las ONGs, porque se trata de entidades que ayudan a fortalecer la acción ciudadana, la autogestión y que buscan soluciones genuinas. Esta es una fórmula que tiene que ver con la autonomía, la descentralización y la subsidiaridad, incluso con los movimientos populares a los que el papa Francisco alentó a movilizarse, a agruparse y a trabajar por la comunidad, por el barrio y las familias. En realidad, estas formas de trabajar que están en boga en todo el mundo, son los peores enemigos del viejo Estado totalitario que se busca imponer en Bolivia, pero que está en decadencia en nuestra civilización, que está progresando, aunque muchos no lo noten.