jueves, 23 de octubre de 2014

Dos tercios

Qué hubiera pasado si en lugar de Evo Morales estuviera Goni, Jaime Paz, Banzer, Tuto, Víctor Paz, Siles o Carlos Mesa? Con toda seguridad estuvieran buscando exactamente lo mismo: perpetuarse en el poder, tratando de copar todos los espacios con su avalancha hegemónica; haciendo todos los cambios posibles para adecuarlos a sus intereses políticos; estarían ejerciendo su mandato con un evidente autoritarismo y por supuesto, estarían saltándose los procedimientos legales. El refrán que dice: “la ley solo se aplica a los enemigos” tiene varios siglos de existencia.
Ejemplos hay de sobra para demostrar la aseveración anterior. En 1993, el expresidente Sánchez de Lozada ganó las elecciones con el 38 por ciento, la cifra más alta lograda desde 1982 y ese número le alcanzó para hacer reformas tan profundas como las que ha llevado adelante Evo Morales, en el mismo marco de cuestionamientos. Demás está mencionar la constante voluntad reeleccionista de los otros líderes mencionados, uno de los cuales no tuvo empacho en ejercer la primera magistratura pese a que había salido tercero en votación.
De cualquier forma, pese a esos defectos anotados, ni Goni se pasó de ciertos límites y Jaime Paz tampoco pudo ir más allá de su real potencial político, porque aunque a muchos les pese, antes habían ciertos criterios de equilibrio, de contrapesos que hoy han desaparecido.
Bolivia tiene muy poco tiempo viviendo en democracia y lo que ayer se vio como un defecto, es decir, el pacto, el acuerdo y la coalición, hoy puede verse con cierta añoranza, pues siempre es más saludable que las decisiones dependan de dos o tres en lugar de uno.
Los que llevan siglos viviendo en democracia saben mejor que nadie que este no es un sistema perfecto, pero es el menos malo de todos y han trabajado arduamente para conseguir algunos progresos. Uno de ellos fue dar con la fórmula exacta para impedir que hayan dictadores elegidos o autócratas disfrazados de demócratas. La estrategia consiste en establecer ciertas reglas matemáticas, de manera que al traducir la votación en número de escaños parlamentarios, haya un cierto criterio de ventaja para las minorías. Eso es saludable no solo porque se impide el abuso de las mayorías, sino porque se asegura el control del gobierno, base de la ética política y de la legitimidad en el ejercicio de la autoridad.
Los dictadores tradicionales no entendían estas sutilezas y directamente eliminaban el Congreso cada vez que tomaban el poder, pero hoy las cosas han cambiado. Los regímenes populistas de América Latina, por ejemplo, hicieron reformas específicas y exactas en el punto indicado arriba con el objetivo de lograr que el voto de las mayorías se lleve todo y que el sufragio de las minorías no consiga nada o al menos quede muy distante en cuanto al peso parlamentario, clave para “hacer y deshacer” en democracia.
En esos términos, conseguir los famosos “Dos tercios” del Congreso es mucho más fácil ahora y por eso es que nuestros líderes se esfuerzan por conseguirlo, porque les asegura un mandato libre de leyes, de supervisión, de control, de auditoría y todo lo que la democracia ha creado para asegurar el progreso de las políticas públicas, base de la prosperidad de los pueblos.

Bolivia: mitos y realidad

Los acomodados en el poder y los que seguramente están convencidos de que las cosas duran para siempre, celebran con mucho júbilo el derribamiento de algunos mitos de la política boliviana, cuando en realidad estamos hablando de ciertos récords, muy correctos ciertamente, pero que no son más que anécdotas que sirven para anotarlos en esos clásicos almanaques de entretenimiento.
Además es bueno celebrarlos, aunque sean mitos nomás. Se dice que la izquierda había sabido administrar bien; que los indígenas están viviendo como reyes en este nuevo orden; que el proceso de cambio no está haciendo nuevos ricos, sino que está democratizando la distribución de la riqueza entre nativos, campesinos y obreros; que el Estado resultó ser un buen conductor de las empresas públicas; que no hacen falta las recetas del FMI y el Banco Mundial y que ya no necesitaremos más a Estados Unidos ni a ningún otro imperio.
Todas son medias verdades sujetas a muchas dudas que se suman a otros datos muy concretos que son dignos de celebrar, como la estabilidad política que surge del gobierno más longevo de nuestra historia, que mantiene su liderazgo después de nueve años y que ha logrado obtener un tercer mandato gracias a la confianza de las urnas. Es más, si se lo propusiera, tal vez Evo Morales logre superar al cruceño José Miguel de Velasco, que fue presidente de Bolivia en cuatro ocasiones.
Como se puede ver, marcas y estadísticas son los que sobran en nuestra historia y no por eso deja de ser dramática y preocupante, pues todavía estamos muy lejos de romper con las tristes realidades bolivianas.
El primero de ellos está relacionado justamente a la razón que hizo presidente durante tanto tiempo a Velasco. Aquel célebre militar tenía su ejército propio surgido en el periodo de las republiquetas y fue el que puso la cuota indispensable para que Bolivia pueda existir como país desde 1841, cuando se produjo la victoria de Ingavi y se disiparon los riesgos de desintegración del sueño de construir una república.
Desde aquel entonces, no ha habido un solo gobierno boliviano que no esté sostenido por la muleta de las armas y estamos muy lejos de que la estabilidad, la paz social y la convivencia entre bolivianos estén ancladas en el bienestar de la ciudadanía. Sólo hay que mirar el presupuesto que se va en defensa y seguridad del Estado para darse cuenta de que el verdadero enemigo no ha sido derrotado ni mucho menos.
Nueve años de estabilidad y 14 años de continuidad partidaria tampoco es una gran hazaña en esta Bolivia de innumerables procesos truncados, que no han sobrepasado los 20 años. Por lo general, las revoluciones, los procesos de cambio y otros movimientos se han terminado con la muerte o la jubilación del caudillo, pues hasta ahora ningún partido ha sido capaz de fomentar los nuevos liderazgos y el recambio generacional para librar al país del patológico mesianismo que nos saca de un pozo para meternos a otro.
La realidad más importante de Bolivia es su fragilidad y su dependencia de factores externos, originada en su condición de país primario exportador. Hemos atravesado el periodo de bonanza más importante de nuestra historia y la amenaza de volver a la condición de mendigo sigue latente y mucho más ahora que el periodo de “vacas gordas” parece acabarse.
Al margen de cualquier consideración ideológica, no se puede dejar de celebrar los avances logrados, pero estamos todavía lejos de cantar victoria y de afirmar que en Bolivia existe un Estado capaz de asegurarnos la estabilidad, no en base a las botas y los fusiles, sino anclado en la sostenibilidad, pues ahora que baja el petróleo y los minerales, la fragilidad vuelve a aparecer como un gran fantasma.

Yo, masista

Que tire la primera piedra el que esté libre de levantar el puño izquierdo. Y como son muchos los que siguen la corriente, comenzaré a hacer el ejercicio para cuando me toque. Ojalá no me obliguen. 

Si me hago masista espero no hacerlo por una pega y si me dan una pega, espero mantener mis principios, al menos un par de ellos: trabajo y honestidad. Creo que no hace falta más. Ojalá no me obliguen a "meterle nomás". 

Si me hago masista, buscaré que mi partido se consolide por mucho tiempo, tal vez para siempre, como lo hizo el Peronismo en Argentina, como el Partido Colorado de Paraguay, como el PRI de México, como los republicanos o los demócratas que todos los años sacan adelante un nuevo líder, que tienen figuras para dar y prestar. Espero que no suceda lo mismo de siempre: el MNR murió con Víctor Paz, ADN se fue con Bánzer a la tumba y el MIR se jubiló junto con Jaime Paz. Para qué les cuento del Movimiento Sin Miedo, la UCS y Condepa. Ojalá no me veten por hablar mal del patológico caudillismo boliviano. 

Si me hago masista lo haré por convicción y aceptaré todos los errores y contradicciones del partido. Nunca estaré de acuerdo con que los mandamases hagan componendas con sujetos de dudosa moral, amplios prontuarios y una larga trayectoria camaleónica. Eso arruina los partidos, les acorta la vida y convierte a los gobiernos en bandas de saqueadores. Ojalá no me declaren un "librepensante" y por lo tanto enemigo del "proceso de cambio".

miércoles, 15 de octubre de 2014

El voto cruceño

Un analista paceño observaba en tono de reproche el domingo, que la abultada victoria del MAS es “culpa” de los cruceños y afirmaba que “como siempre”, Santa Cruz marcha a contrapelo de Bolivia, tratando de hacer “lo suyo”.
Tal vez lo dice por el impresionante crecimiento que ha tenido el oficialismo en el departamento, donde ha pasado a ser la primera fuerza política, hecho inédito luego de numerosos eventos electorales y otras maniobras que puso en práctica para incorporar a Santa Cruz a su lista de bastiones.
Posiblemente se expresa así porque mientras que en Santa Cruz el MAS ha crecido, en varios puntos del occidente ha disminuido su votación, aunque en proporción, el 70 por ciento de La Paz, el 66 por ciento de Cochabamba, el 65 por ciento de Oruro y el 66 por ciento de Potosí están muy por encima del 49 por ciento de Santa Cruz, la votación departamental más baja del MAS después de Beni, donde el oficialismo resultó segundo.
Habría que analizar también qué motivaciones tuvo el cruceño para cambiar de opinión en los últimos años y seguramente no son ni la cumbre G-77 o la cumbia villera de Aldo Peña las razones fundamentales.
Es verdad que las lisonjas ayudan, también el tono concertador y la búsqueda del diálogo en lugar de la confrontación. Pero lo más importante han sido los hechos concretos, especialmente los mensajes hacia el sector productivo, las obras, algunos cambios en las políticas de control hacia los agricultores y otras medidas como el freno a los avasallamientos de tierra, la aceleración de la entrega de títulos de tierra y las promesas de respetar a los productores, fomentar las exportaciones, expandir la frontera agropecuaria y promover la competitividad.
Que nadie se equivoque, los cruceños no han votado por la izquierda y menos por el socialismo. No se han vuelto marxistas y tampoco apoyan el autoritarismo. Si han cambiado de opinión es porque Evo Morales ha hablado de respetar el trabajo, la empresa, a los productores y sus pertenencias. Todos en Santa Cruz están confiados en que los “tomatierras” seguirán en la cárcel y no volverán a hacer de las suyas en las haciendas; también creen que ya no habrá más persecución y que se respetará los espacios y las posturas en un ambiente de diálogo y de tolerancia.
Por eso es que suena disonante cuando minutos después de conocida la victoria, el presidente Morales vuelve a agitar los balcones con un discurso altamente ideologizado que confronta y que propone acabar con el capitalismo, lo que puede sonar bien como arenga, pero que en los hechos no hace más que ahuyentar las inversiones y reducir la actividad económica, algo que en Santa Cruz no cae nada bien. Los políticos tienen derecho a ser todo lo incoherentes que quieran, pero lamentablemente el dinero no sabe de dobleces y se dirige hacia el lugar donde los hechos y las palabras hablan en el mismo idioma.
El voto cruceño tendrá la oportunidad de expresarse nuevamente en las elecciones regionales de marzo de 2015 y es muy probable que los resultados, al igual que en muchos otros lugares (entre ellos nada menos que la ciudad de La Paz) sean diametralmente distintos a los que se dieron este 12 de octubre. Esta es otra realidad que el MAS tendrá que tomar en cuenta, porque otra de las voluntades que también aparece cuando se mide la política en nuestro país es la del equilibrio y los contrapesos. A nadie le agrada el absolutismo, menos a los cruceños.

domingo, 12 de octubre de 2014

Educación ¿de calidad?


A simple vista y a juzgar por los discursos y algunos hechos concretos, se puede afirmar que la educación está mejorando en Bolivia. Desde que el Gobierno creó el Bono Juancito Pinto y puso en marcha un plan nacional de alfabetización, se pudo observar su gran preocupación por el tema educativo, lo que no necesariamente significa que esté interesado en mejorar la calidad.

Nadie puede dudar que darles computadoras a los maestros y a los estudiantes, mejorar los colegios, organizar un curso de formación para los docentes que ahora tienen el título de licenciados y elevar el presupuesto en la educación, son hechos relevantes que podrían llevarnos a concluir que Bolivia está dando pasos certeros en este campo. Pero insistimos: No todo lo que brilla es oro.
La educación es para un régimen político como el que nos gobierna desde el 2006, un componente esencial de la consolidación hegemónica, de la reproducción del poder y del traspaso de la visión dominante a las nuevas generaciones. La escuela es, tal como lo hicieron los cubanos, asesores de primera línea del “proceso de cambio”, el mejor ejército del que se pueda destinar para conseguir la perpetuidad que tanto se menciona y que se denomina muy elegantemente como “revolución cultural”.
Existe la sospecha de que la repartija de computadoras es un mero acto proselitista, una manera de “echarse al bolsillo” a los padres, a los maestros para alinearlos al régimen. La prueba es que paralelo al regalito no existe un plan concreto para modernizar la educación boliviana; no se dispone ni siquiera de la conexión a internet en las escuelas, tampoco hay planes ni contenidos de estudio digitales y el famoso satélite que fue vendido como el gran salto en el campo de la educación, la ciencia y la tecnología, apenas servirá como una repetidora muy cara del canal oficial para que los chicos, la gente del campo y las provincias no se pierdan el discurso diario del presidente Morales.
Los maestros bolivianos, a los que mucha falta les hace la preparación para transmitir lo mejor de la cultura universal a los niños, ahora tienen el título de licenciados gracias al programa estatal de capacitación Profocom, definido por los mismos docentes, como el más grotesco acto de adoctrinamiento, en el que se mezcla una ideología recalcitrante con un desdén por el conocimiento científico y un endiosamiento de supuestos saberes ancestrales de dudosa procedencia.
Un detalle que indica muy bien que el Gobierno no quiere buena educación sino jóvenes eficazmente adoctrinados son las nuevas normas que fomentan la permisividad, la mediocridad y el mínimo esfuerzo en las aulas. En Bolivia ya no existen los aplazados, se fomenta la trampa con una mal impuesta “autoevaluación” y se estimula la confrontación entre padres y maestros, quienes deberían ser aliados en el objetivo de formar niños mejor preparados para resolver problemas, para transformar la situación de pobreza del país y aportar al desarrollo de la nación y no ser el tonto útil de un gobierno en particular.
En este momento, en el mundo hay una preocupación generalizada por lograr educación de calidad, por la innovación, por elevar los niveles de evaluación, de medición, por la ciencia, la tecnología y por conseguir que las aulas se conviertan en factores de desarrollo, no de reproducción política. En el mundo globalizado se entiende por cultura a la capacidad transformadora de la sociedad, por la fuerza capaz de crear mejores condiciones de vida y por el estímulo a la creación, el emprendimiento y la libertad de pensamiento. Y eso no es precisamente lo que ocurre en Bolivia, a pesar de las apariencias.

La coca o el gas

A medida que se acerca el 26 de octubre, día marcado para la segunda vuelta electoral en Brasil, crecen las expectativas sobre lo que podría pasar y sobre todo, en relación a un posible triunfo del centro derechista Aécio Neves, quien podría marcar definitivamente el retorno del péndulo político en América Latina, que durante la última década ha estado oscilando hacia la izquierda, más concretamente, hacia el populismo autoritario.
En Bolivia las interrogantes son mayores que en el resto de la región, pues Neves fue especialmente explícito sobre lo que ocurre en nuestro país y en algún momento llegó a proponer romper las relaciones diplomáticas bilaterales hasta que nuestro Gobierno acepte cooperar en la lucha contra el narcotráfico.
Neves hizo esta afirmación después de constatar las fuertes reticencias de las autoridades nacionales a cumplir con el acuerdo antidrogas con Brasil, que incluye por supuesto la erradicación de cocales bajo la supervisión de la Policía Federal Brasileña, que pretende hacer las veces de la DEA en nuestro territorio, no solo porque no confía en las políticas nacionales vinculadas a los cocales, sino porque la policía antidrogas estadounidense es parte integrante de ese acuerdo.
Lo de Neves no es una afirmación personal, ni un arrebato electoralista ya que en Brasil existe un amplio sector de la población que exige respuestas más contundentes en relación al tráfico de drogas que ha convertido a la potencia sudamericana en uno de los principales mercados del mundo de cocaína y a Bolivia en el principal proveedor de Sudamérica. El antecesor de Neves en la candidatura presidencial, el veterano parlamentario y miembro de su partido, José Serra llegó a acusar de “cómplice del narcotráfico” a nuestro primer mandatario y cuando cobró auge el proyecto carretero sobre el Tipnis, la calificó como la “autopista de la cocaína”, denunciando que su verdadero propósito era beneficiar al circuito “coca-cocaína” del Chapare.
En otras palabras, de ganar Neves la segunda vuelta en dos semanas, la situación entre Bolivia y Brasil podría tensionarse, aunque no hace falta que retorne “la derecha” para las cosas se pongan color hormiga, pues en realidad hace mucho que un gran bloque de hielo separa a La Paz de Brasilia.
Conociendo como actúa la diplomacia brasileña, no se descarta que este tipo de presión esté vinculada en realidad al gas. Los brasileños han tenido mucho tiempo y oportunidades para hacer respetar su territorio del narcotráfico y en honor a la verdad han hecho muy poco. Es posible que hayan decidido tocar el “talón de Aquiles” del régimen de Evo Morales, con el fin de sacar ventaja en la negociación del nuevo contrato de exportación de gas que debería definir en los próximos años. Para decirlo de otra forma, le están proponiendo que escoja entre el gas y la coca.
Y conociendo también lo que significan la coca y el Chapare para esta administración gubernamental y sabiendo que muchas veces, se los pone encima de intereses económicos y estratégicos muy valiosos para el país, muchos temen que nuestro Gobierno decida inclinarse por ceder en el gas antes que en el otro asunto.

¿Cambiará Bolivia?

Cada vez que llegan las elecciones generales en Bolivia, la palabra que más se repite es “cambio”. En teoría llevamos nueve años de cambio y se nos dice que son los más profundos, los más significativos y los más revolucionarios y favorables a la gente que se hayan dado en la historia nacional.
No es la primera vez que se habla en esos términos, que se menciona el término “revolución” y que se asegura que Bolivia será distinta a partir de ahora. Es verdad que ha habido avances. En cada etapa se han dado algunos pasos ¿por qué no? Nuestro país se beneficia del progreso mundial, goza de los beneficios de la ciencia, de los descubrimientos y las conquistas que genera el conocimiento. ¿Pero cuál es el cambio que necesitamos y en el que debemos ser protagonistas?
Siempre se ha dicho que Bolivia necesita un Estado, tarea que está pendiente desde 1825, pero al cabo de nueve años de un proceso histórico en términos políticos y económicos, llegamos a la conclusión de que esa meta no se ha cumplido. Tenemos un gran aparato, una inmensa burocracia, una enorme maquinaria represiva y una avalancha de leyes, gastos, empresas, ministerios, mecanismos y papeleos, pero sigue en deuda la construcción de un ente que sea capaz de generar políticas públicas destinadas a solucionar problemas estructurales, que países vecinos han comenzado a vencerlos rápidamente porque cuentan con la debida institucionalidad que aquí ha sido nuevamente confundida por el corporativismo prebendalista y corrupto. Exactamente más de lo que siempre tuvimos.
La gente asiste alborozada a los actos proselitistas y votará con entusiasmo este domingo convencida de que este es el camino correcto, la construcción de un estado fuerte, muy cierto, pero que en definitiva ha conseguido únicamente la autoprotección de la inestabilidad y la autorreproducción, porque la construcción de un estado orientado hacia el ciudadano, hacia los derechos, las necesidades, la prosperidad general y el bien común está todavía muy lejos.
No podemos exigirle a un régimen que está hace menos de una década en el poder, que cambie la historia de casi 200 años de vida republicana. Pero sí es imprescindible exigirle cuentas de lo que ha hecho con el periodo de bonanza económica más significativo de nuestra existencia como país. Con tantos ingresos, equivalentes a los 80 años anteriores al 2005, se hubiera podido empezar a construir un nuevo modelo productivo en base a patrón diferente a los recursos naturales. Con tanta energía a disposición, se podría haber iniciado la transformación que necesita Bolivia para dejar de ser un país altamente dependiente, frágil e inestable. A cambio de esto, se ha optado por un esquema de capitalismo de Estado, el mismo de siempre pero muchísimo más grande y por ende, mucho más corrupto e improductivo.
La única alternativa que nos queda para iniciar un verdadero cambio en Bolivia es “generar ciudadanía”, construir redes que sean capaces de despertar conciencia de que nuestro país necesita desprenderse de muchas taras como el caudillismo, la mentalidad rentista, la corrupción, el desapego a las normas, la falta de respeto a los demás y sobre todo, de la creencia de que el Estado está para facilitar beneficios personales que a la postre se convierten en males sociales. El problema es que hasta en este punto hemos empeorado.