jueves, 10 de julio de 2014

Planes para una vieja Bolivia


Si a algún candidato taiwanés se le hubiera ocurrido hace 30 años promover el progreso del país por medio de la fabricación de bicicletas, todos se habrían reído de él, pese a que esa industria fue la que catapultó como potencia al tigre asiático. Lo mismo hubiera pasado con las pelotas de fútbol en Pakistán, una de las actividades más fuertes de este país de casi 200 millones de habitantes, donde muy pocos juegan el deporte de Messi y Neymar, pues el juego más popular allí es el criquet.

Lo más probable, sin embargo, es que a ningún político se le hubiera pasado por la mente semejantes cosas. De hecho, ningún líder político coreano fue el artífice de lo que hoy es Samsung o de lo que fue Nokia en Finlandia; Apple no es el resultado de un iluminado plan de gobierno y en todo caso, la iniciativa, la innovación y la inventiva de los individuos crecen y se multiplican cuando el Estado deja de meterse en todos los asuntos de la economía y se dedica a crear condiciones para que la gente piense y trabaje sin trabas. China es el mejor ejemplo de aquello aunque lamentablemente los chinos todavía no pueden pensar en libertad política.

Estos hechos nos ayudan a reflexionar sobre la marcha del país y más puntualmente sobre los planes de gobierno que acaban de presentar los partidos y agrupaciones políticas que han confirmado su participación en las elecciones del 12 de octubre.

Todas hablan de una vieja Bolivia, del país estatista que controla y decide todo; con un Estado elefantiásico para construir y producir, pero muy ágil para reprimir y controlar, porque justamente ahí es donde pone la mayor cantidad de esfuerzos y recursos.

Ningún candidato le dice la verdad a la gente. Quieren seguir mintiendo con el cuento de que los bonos nos van a sacar de la extrema pobreza; que los recursos que brotan de la Pachamama son para repartirlos como en piñata y que “papá Estado” se ocupará de todo, del bienestar, de producir litio, urea, papel, cartón, azúcar, etc.

 Se habla de llevar a Bolivia a la era de la industrialización y como tal se concibe a las grandes factorías con mucho humo saliendo de sus techos, cuando todos sabemos que las naciones que más progresan están concentradas en alta tecnología, en las ventajas comparativas y en las cadenas productivas, como la castaña, la soya, la quinua y otros productos que no necesitan más que un Estado que no estorbe, que deje de prohibir y que no le tenga miedo a la apertura de mercados. 

Todos hablan de fomentar la educación, pero quieren seguir construyendo grandes escuelas –ladrillo y cemento-, y se olvidan que hay que conectarles internet y capacitar a profesores que están altamente ideologizados pero muy atrasados respectos de los estudiantes en el manejo de nuevas herramientas de aprendizaje. Y lo mismo pasa con la salud. No se trata de crear hospitales de cuarto y quinto nivel, sino de introducir el concepto de prevención y formación, cuyos instrumentos básicos son la higiene y la correcta nutrición. Obviamente ahí no hay mucho que licitar y tampoco grandes obras para entregar e inaugurar.

Ningún candidato le dice a la población que con las leyes que tenemos, con la constitución vigente y con el esquema de poder que se ha montado, Bolivia es inviable incluso para los que conducen el “proceso de cambio” puesto que anula la iniciativa, inhibe las inversiones y promueve el despilfarro de tiempo y de recursos.