lunes, 21 de julio de 2014

La gente, el dinero y la economía


Según las encuestas, la percepción de la gente es que la economía boliviana va muy bien. Y cuando le preguntan por qué, la respuesta es muy sencilla: “porque hay plata en la calle”. Obviamente esa idea es alentada desde el Gobierno, que no deja de machacar sobre las abultadas reservas internacionales, el crecimiento, los récords de las exportaciones, las inversiones públicas en carreteras, teleféricos, canchas de fútbol, aviones y palacios y los dobles aguinaldos.

Pero hay datos que no son promocionados con tanto empeño, como las medidas que se toman para frenar la circulación de dinero en las calles: muy pocos hablan de los bonos por más de mil millones de dólares que el Estado Plurinacional anticapitalista colocó nada menos que en Wall Street; del endeudamiento estéril en el que se incurre en un momento de bonanza histórica; de las operaciones que hace frecuentemente el Banco Central para retirar dinero del mercado; de la reciente intervención en la banca privada a través de un decreto para fomentar el ahorro a través del incremento de las tasas de interés y muchas otras formas de impedir que la gente gaste, consuma o compre, porque de esa manera genera inflación.

Hasta las obras faraónicas en las que derrochan las autoridades es una manera de buscarle un destino no inflacionario al dinero, pues si todo ese dinero se invirtiera en emprendimientos verdaderamente productivos o en el fomento de actividades privadas generadoras de empleo y con capacidad reproducir la riqueza más allá del consumo, inmediatamente se generaría una tendencia inflacionaria que haría falta controlar con más producción, con más competitividad y no simplemente con trucos estadísticos, con artilugios monetarios y prohibiciones a las exportaciones, que a la postre se convierten en un bumerang, pues inhiben la producción y la inversión.

Nos tratan de engañar diciendo que el boom de la construcción es un excelente síntoma de que la economía va por el camino correcto y si bien es cierto que nunca hay que despreciar este indicador, tampoco hay que amarrarse de él y en todo caso hay que observarlo con precaución. La construcción es el refugio de los inversores que no hallan las condiciones suficientes para arriesgar su dinero en actividades con poca seguridad jurídica, como la agropecuaria, la minería y tantos otros sectores legales, expuestos a los avasallamientos y al enorme acoso estatal y la hiper-fiscalización que tiene a todos los empresarios agobiados y con ganas de pasarse a la informalidad, donde no se paga impuestos, no hay multas ni letreros de “clausurado”.

Un poco por los malos antecedentes y también por la estructura económica, Bolivia al igual que otros países de la región tienen una fijación casi patológica en la inflación, cuando en realidad deberían enfocarse más en la producción y el desempleo, como hacen los países más desarrollados. En Europa y Estados Unidos se preocupan cuando aumenta la gente sin trabajo y cuando bajan los niveles de productividad, cosa que aquí no aflige, porque siempre se camufla el empleo con la informalidad y porque nadie pone atención a los altos
niveles de importación, que no sólo han crecido en volumen, sino que se han diversificado, puesto que ahora hasta la papa, el tomate y la cebolla vienen de Perú o Argentina.