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jueves, 27 de febrero de 2014
El Carnaval de la desgracia
Una de las noticias más importantes y comentadas de la semana ha sido la suspensión de las actividades carnavaleras en la ciudad de Trinidad, donde hasta parece humor negro hablar de estos temas cuando el ochenta por ciento del departamento del Beni está con el agua al cuello. Algunas autoridades han anunciado que no van a participar de las actividades festivas que comienzan este sábado, un asunto que cae de lógico, pero en la política nada parece tener razón, como sucede en Venezuela, donde el presidente Maduro, tal cual lo hizo con la Navidad, ha decidido adelantar la celebración del Carnaval, cuando ya suman trece los muertos por las protestas y más de 700 personas permanecen detenidas en las cárceles, donde se han denunciado actos de tortura. En La Paz, el rector de la Universidad Mayor de San Andrés, Waldo Albarracín, le ha pedido al presidente Morales que suspenda todas las actividades carnavaleras en el país porque considera un gesto antipatriótico e inmoral, ponerse a bailar mientras algunos hermanos bolivianos están sumidos en la desgracia por las lluvias. Lamentablemente Albarracín no sabe para qué sirve el Carnaval. Esta fiesta es la más colonialista y política de todas, porque actúa como amnésico. Ni que fuera tonto.
lunes, 24 de febrero de 2014
El Estado fracasado
Antes decíamos que el Estado boliviano era invisible. Ahora aparece por todos lados, copa todos los espacios de televisión y se lo ve en abultados suplementos de la prensa; vuela en helicóptero de un lado para otro, inaugura obras en los cuatro polos del país en un mismo día, entrega cheques, juega fútbol, un día está en Nueva York y a la mañana siguiente en Caracas, tiene más ministerios, más empresas, más funcionarios; el Estado boliviano tiene nombres rimbombantes, rostros que supuestamente representan todas las etnias, culturas, pueblos y naciones del territorio; tiene una de las constituciones más extensas y con más derechos del mundo, centenares de nuevas leyes aprobadas y el doble de decretos promulgados en los últimos ocho años; el Estado dispone hoy de siete veces más recursos que el pasado; tiene más amigos en el exterior, más admiradores, más adulones, más votos, más adeptos y muchos otros que están a punto de sumarse al “proceso de cambio” por la vía del amedrentamiento, porque también tiene más fuerza, más policías, más militares, más armas y más regimientos.
Pero lamentablemente los benianos y muchos otros siguen preguntándose dónde está el Estado. Lo siguen haciendo como hace 50 o 100 años cuando el oriente boliviano era un territorio desconocido, como si fuera una reservación y cuando tuvo que ser la cooperación internacional la que le advierta al poderío andinocentrista que Bolivia tiene futuro solo si es capaz de formar un Estado que abarque todo el territorio, no con fines policiacos o colonialistas, como se lo ha hecho siempre, sino con un enfoque incluyente, sostenible y democrático y con la visión puesta en el desarrollo integral.
El Gobierno cree estar dándole una lección ejemplar a los benianos y los resentidos deben estar frotándose las manos con semejante acto de venganza, pero no se dan cuenta de que toda esta indolencia representa un nuevo fracaso del Estado boliviano, un nuevo fiasco del modelo centralista y monopolizador del poder y de los recursos del país, que pese a toda su parafernalia, sus discursos de cambio y su simbolismo hueco, mantiene en el mismo abandono en el que incurrieron la colonia y el estado republicano.
Es difícil para las autoridades nacionales salir airosas después de la respuesta que le han dado al Beni y eso se notará en las urnas. Pero el problema mayor es que han hecho tropezar a todo un sistema, un esquema de poder, un Estado que ha reforzado su condición anacrónica, inoperante, ineficiente y totalmente ausente de los problemas reales y que por lo tanto, está condenado a la desaparición.
Pero hay algo peor todavía con el Estado Boliviano, ese que no defendió el Pacífico, que no luchó por el Acre, que regaló el Mato Grosso y que hizo muy poco por el Chaco, pero que siempre ha sido muy ágil y enérgico cuando se ha tratado de reprimir a los que en ciertas ocasiones han cuestionado el centralismo reinante. La tragedia beniana empezó hace seis años, cuando el Brasil de Lula da Silva comenzó la construcción de dos represas en el río Madera, encargado de evacuar las aguas que hoy están estancadas en las llanuras benianas. La sumisión de este Estado que en el pasado llegó al extremo de ser entreguista con los países vecinos, mantuvo las cosas en silencio, calló como un lacayo frente al mandamás del continente y optó por conservar los negocios que alimentan un aparato estatal inservible por encima del interés nacional.
Pero lamentablemente los benianos y muchos otros siguen preguntándose dónde está el Estado. Lo siguen haciendo como hace 50 o 100 años cuando el oriente boliviano era un territorio desconocido, como si fuera una reservación y cuando tuvo que ser la cooperación internacional la que le advierta al poderío andinocentrista que Bolivia tiene futuro solo si es capaz de formar un Estado que abarque todo el territorio, no con fines policiacos o colonialistas, como se lo ha hecho siempre, sino con un enfoque incluyente, sostenible y democrático y con la visión puesta en el desarrollo integral.
El Gobierno cree estar dándole una lección ejemplar a los benianos y los resentidos deben estar frotándose las manos con semejante acto de venganza, pero no se dan cuenta de que toda esta indolencia representa un nuevo fracaso del Estado boliviano, un nuevo fiasco del modelo centralista y monopolizador del poder y de los recursos del país, que pese a toda su parafernalia, sus discursos de cambio y su simbolismo hueco, mantiene en el mismo abandono en el que incurrieron la colonia y el estado republicano.
Es difícil para las autoridades nacionales salir airosas después de la respuesta que le han dado al Beni y eso se notará en las urnas. Pero el problema mayor es que han hecho tropezar a todo un sistema, un esquema de poder, un Estado que ha reforzado su condición anacrónica, inoperante, ineficiente y totalmente ausente de los problemas reales y que por lo tanto, está condenado a la desaparición.
Pero hay algo peor todavía con el Estado Boliviano, ese que no defendió el Pacífico, que no luchó por el Acre, que regaló el Mato Grosso y que hizo muy poco por el Chaco, pero que siempre ha sido muy ágil y enérgico cuando se ha tratado de reprimir a los que en ciertas ocasiones han cuestionado el centralismo reinante. La tragedia beniana empezó hace seis años, cuando el Brasil de Lula da Silva comenzó la construcción de dos represas en el río Madera, encargado de evacuar las aguas que hoy están estancadas en las llanuras benianas. La sumisión de este Estado que en el pasado llegó al extremo de ser entreguista con los países vecinos, mantuvo las cosas en silencio, calló como un lacayo frente al mandamás del continente y optó por conservar los negocios que alimentan un aparato estatal inservible por encima del interés nacional.
martes, 18 de febrero de 2014
Desastrosa política
El león es el rey de la selva, pero se guía por las leyes de la naturaleza. Si actuara bajo las reglas de la política hace mucho hubiera condenado a la inanición a los miembros de su especie, pues para poder comer debería tener el consenso de las hienas, la aprobación del sindicato de gacelas y las cebras ya hubieran formado un movimiento social o un partido político cuyo respaldo sería imprescindible para evitar que los búfalos tomaran el poder.
El mayor desastre de los benianos no ha sido la lluvia, tres veces más intensa que lo habitual, sino que los temporales le hubieran tocado en un año electoral. En consecuencia, los políticos, con más vocación por la búsqueda del poder y del voto que por el servicio público están conduciendo la emergencia de la forma más desastrosa que se podría imaginar, no porque sean ineficientes, torpes o les falte creatividad, sino porque la política en nuestro país sigue siendo contradictoria con la búsqueda de soluciones a los problemas, un verdadero antónimo de del bien común.
Existen registros de reuniones sostenidas en el mes de agosto del año pasado entre los responsables del Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi) y las autoridades relacionadas con el campo, la producción, con defensa civil y todos quienes en el Gobierno deberían tener perfectamente aceitado el nervio de la previsión. En esos encuentros los expertos en el clima advirtieron sobre el tamaño del fenómeno que se venía y sobre las posibles consecuencias. Mucho antes, los ambientalistas, aunque no todos, porque los ecologistas del oficialismo no vieron nada, habían anunciado el desastre que ocasionaría en las llanuras benianas la construcción de las represas sobre el río Madeira, las mismas que, según algunos pronósticos, han convertido al Beni en un inmenso lago del que las aguas tardarán mucho en salir o tal vez nunca lo hagan.
Con el agua al cuello, los benianos han podido ser testigos del cálculo político más brutal y de la mayor indolencia que hayan podido imaginar en estas circunstancias. Los políticos llegaban muy rápido a los sitios inundados, pero en lugar de acarrear alimentos y medicinas, se preocupaban más de llevar a los equipos de prensa de los medios oficialistas que puedan registrar cada movimiento de los mandamases en campaña. Ahora sabemos muy bien los bolivianos para que compraron todos esos aviones, helicópteros y demás apartados caros, para qué han equipado tan bien a los militares y sobre todo, por qué se han ocupado tanto de mejorar los canales de comunicación y propaganda estatal. Los benianos saben mejor que nadie que todos esos "costosos juguetes" son para el uso y servicio exclusivo de la política y la prueba es que para atender las emergencias la única salida será el alquiler de naves del sector privado. Cómo no recordar con estos sucesos lo ocurrido durante el terremoto de Aiquile y Totora. Veremos si corren la misma suerte los responsables del desastre actual.
Pero hay algo que le sobra a los políticos y eso es arrogancia, soberbia, autosuficiencia. "Que no cunda el pánico, todo está controlado ¿cuál desastre?". Parecen héroes de mentirillas, cuando lo que buscan es no arruinar el cuento de hadas que le han pintado a la comunidad internacional, donde todos se preguntan cómo es que políticos de semejante nivel pretenden reunir a ciento treintaitantos gobernantes para mostrarles el paraíso que han creado y darles lecciones de cómo hacerlo.
El mayor desastre de los benianos no ha sido la lluvia, tres veces más intensa que lo habitual, sino que los temporales le hubieran tocado en un año electoral. En consecuencia, los políticos, con más vocación por la búsqueda del poder y del voto que por el servicio público están conduciendo la emergencia de la forma más desastrosa que se podría imaginar, no porque sean ineficientes, torpes o les falte creatividad, sino porque la política en nuestro país sigue siendo contradictoria con la búsqueda de soluciones a los problemas, un verdadero antónimo de del bien común.
Existen registros de reuniones sostenidas en el mes de agosto del año pasado entre los responsables del Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi) y las autoridades relacionadas con el campo, la producción, con defensa civil y todos quienes en el Gobierno deberían tener perfectamente aceitado el nervio de la previsión. En esos encuentros los expertos en el clima advirtieron sobre el tamaño del fenómeno que se venía y sobre las posibles consecuencias. Mucho antes, los ambientalistas, aunque no todos, porque los ecologistas del oficialismo no vieron nada, habían anunciado el desastre que ocasionaría en las llanuras benianas la construcción de las represas sobre el río Madeira, las mismas que, según algunos pronósticos, han convertido al Beni en un inmenso lago del que las aguas tardarán mucho en salir o tal vez nunca lo hagan.
Con el agua al cuello, los benianos han podido ser testigos del cálculo político más brutal y de la mayor indolencia que hayan podido imaginar en estas circunstancias. Los políticos llegaban muy rápido a los sitios inundados, pero en lugar de acarrear alimentos y medicinas, se preocupaban más de llevar a los equipos de prensa de los medios oficialistas que puedan registrar cada movimiento de los mandamases en campaña. Ahora sabemos muy bien los bolivianos para que compraron todos esos aviones, helicópteros y demás apartados caros, para qué han equipado tan bien a los militares y sobre todo, por qué se han ocupado tanto de mejorar los canales de comunicación y propaganda estatal. Los benianos saben mejor que nadie que todos esos "costosos juguetes" son para el uso y servicio exclusivo de la política y la prueba es que para atender las emergencias la única salida será el alquiler de naves del sector privado. Cómo no recordar con estos sucesos lo ocurrido durante el terremoto de Aiquile y Totora. Veremos si corren la misma suerte los responsables del desastre actual.
Pero hay algo que le sobra a los políticos y eso es arrogancia, soberbia, autosuficiencia. "Que no cunda el pánico, todo está controlado ¿cuál desastre?". Parecen héroes de mentirillas, cuando lo que buscan es no arruinar el cuento de hadas que le han pintado a la comunidad internacional, donde todos se preguntan cómo es que políticos de semejante nivel pretenden reunir a ciento treintaitantos gobernantes para mostrarles el paraíso que han creado y darles lecciones de cómo hacerlo.
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