lunes, 28 de julio de 2014
"Industria" de sicarios en Santa Cruz
El Ministerio de Gobierno informó con mucho orgullo y lujo de detalles sobre la captura de la ciudadana colombiana, Alicia Vargas, apodada “La Mona”, presunta jefa de una banda de sicarios a quienes se les atribuye varios crímenes, entre ellos el asesinato con 14 disparos de un peruano relacionado con el narcotráfico. La Mona, atrapada junto a cuatro de sus cómplices, tiene contactos con grupos de matones que trabajan a pedido de narcotraficantes. Justamente, el crimen del peruano Ángel Taype Rodríguez, ocurrido el 2 de abril de 2013 se produjo a solicitud de un narco que reclamaba una deuda de 300 mil dólares y el responsable de ejecutar el crimen fue un compatriota de La Mona. El más reciente hecho atribuido a la arrestada es el asesinato de Jaime Abaroma, hallado el 15 de julio en el Urubó con 10 balas en el cuerpo. Abaroma era también un sicario que llegó desde el Beni para un realizar un “encargo” pero dos muchachos al servicio de La Mona se le adelantaron a gestión del que debía ser el blanco del golpe. A pesar de todo este cuadro tal evidente, las autoridades dicen que en Bolivia el narcotráfico está controlado y que no actúan cárteles internacionales. Como dicen en los concursos: “siga participando”.
El «derecho» a soñar
El sueño del marido borrachín es tener una esposa muda, ciega y sorda que no le reclame cuando llega de madrugada con olor a perfume barato; el sueño del estudiante flojo es que su profesor se haga el tonto cuando copia; el sueño del que anda sin brevet y se pasa el semáforo en rojo es que el policía no lo vea o que lo deje tranquilo por 20 pesos; el sueño del trabajador mediocre es que no lo pillen durmiendo en la oficina, pero que no se atrasen con el pago del doble aguinaldo; el sueño del vendedor del mercado es seguir engañando con el peso; el sueño del narco es que pase su avioneta; el sueño del autero es que el Gobierno siga amagando con controlar, con fiscalizar y amenazar, con frenar el contrabando y la ilegalidad. Esa es la Bolivia que debía cambiar y que no cambia. Por eso es que no sorprende que haya políticos en nuestro país que sueñan con gobernar solos, sin parlamentarios de la oposición, sin debate, sin prensa, sin librepensadores.
lunes, 21 de julio de 2014
Lo poco espanta…
Y lo mucho amansa, dice el refrán. Ayer tildaban de “transfugio político” a los que hoy le llaman elegantemente “reciclaje de candidatos”, aunque es lo mismo: viejas figuras deterioradas que intentan reincidir en el aparato estatal ¿para qué? Eso tiene una respuesta obvia que ahora está en manos del “proceso de cambio”, que parece haber agotado el discurso, la imagen y especialmente los rostros que supuestamente deben representar la visión plurinacional que hace mucho es simplemente un eslogan.
En el pasado le llamaban cuoteo a lo que hoy se presenta como integración de los movimientos sociales, que no es otra cosa que el mismo corporativismo que mantiene secuestrada a la democracia desde su nacimiento, con grupos de encaramados que saben muy bien para qué sirve el clientelismo y la prebenda.
Hoy le dicen diálogo con las bases y con los sectores sociales a lo que antes era simple y llanamente la repartija de pegas y espacios de poder; a ese mecanismo espurio, oscuro y oculto del que surgen las listas de candidatos, mientras que el ciudadano mira sorprendido y se cuestiona ¿quién es este o aquel? ¿qué méritos tiene? ¿qué puede aportar al país? ¿cuáles son sus antecedentes?
Lamentablemente sólo en esos pequeños cuadriláteros en los que se reúnen a pujar quién da más, saben exactamente quiénes son los que se ponen la camiseta y de no ser porque todavía existen ciertos atisbos de dignidad no habría repartos en poner dos o tres individuos prontuariados por narcotráfico como serios aspirantes al Órgano Legislativo. Eso también tiene antecedentes que nos espantaron a todos en el pasado. Hoy es una simple anécdota que ni siquiera da para el escándalo mediático.
Buscar votos a como de lugar. La consigna indisimulada que ha sido usada desde siempre y por todos, hoy vuelve a sus cánones “normales”. Después de que haber desechado los ponchos, los chulos, los arcos y las flechas como instrumentos de marketing, la estrategia retorna a las ecuaciones “costo-beneficio”, “ganar-ganar”, “toma y daca”, las mismas que convirtieron a la política en sinónimo de saqueo.
Aunque no vamos a negar que la decencia apareció en ocasiones como lunares en un manto tenebroso, la política hace esto cada vez que necesita sobrevivir al tiempo y al deterioro, que en Bolivia no va más
allá de las dos décadas para cada uno de los eventos revolucionarios y refundacionales que ha habido desde 1825, cada uno con sus pobres, con sus banderas y una gran parafernalia simbólica, pero con muy poco de cambio para la gente.
En Bolivia –como en muchos lugares-, no hay otra forma de acceder al poder más que usando la vieja cantaleta de la defensa de los de abajo, los oprimidos, los descalzos y los desamparados. Pero desde Chaparina, pasando por toda una serie de conflictos, hasta llegar al lío de los suboficiales y recientemente la demanda de los policías rasos, el Gobierno no ha hecho más que confirmar que hoy sus prioridades están
más arriba. El fuerte viraje producido hacia las élites del oriente y la definición de las listas de candidatos no hacen más que confirmar esa tendencia. que también es una réplica de lo que sucedió con otros procesos políticos ya fallecidos.
¿Otra ley a pedido?
Los mineros cooperativistas han cobrado mayor peso del que uno puede imaginar en el país. Ellos invaden minas privadas y el Gobierno las nacionaliza. Si hasta parecen sabuesos que apuntan la presa para que las autoridades disparen. También son autores de la nueva Ley Minera que los convierte en los capitalistas privilegiados de este país, casi tanto como los cocaleros. Muy pronto veremos más cascos que chulos, ponchos y polleras dentro del Congreso y desde ese lugar diseñarán el país que siempre han soñado pero que para otros puede ser una pesadilla. En las minas de los cooperativistas trabajan muchos niños. Ellos son ideales para este trabajo, pues pueden escabullirse como topos en los estrechísimos socavones de donde sacan el mineral con las manos, pues esos hoyos ni siquiera permiten introducir las herramientas adecuadas. Los mineritos suelen permanecen dentro hasta 24 horas seguidas, pues no es sencillo entrar y salir para comer, ir al baño o refrescarse de los 45 grados de temperatura que hace ahí dentro. Ese trabajo no sólo debería ser declarado ilegal, sino inhumano, sin embargo tanto los cooperativistas como cualquier otro explotador en el país ya dispone de una ley que protege este acto criminal. Sólo hace falta haber cumplido los diez años de edad.
La gente, el dinero y la economía
Según las encuestas, la percepción de la gente es que la economía boliviana va muy bien. Y cuando le preguntan por qué, la respuesta es muy sencilla: “porque hay plata en la calle”. Obviamente esa idea es alentada desde el Gobierno, que no deja de machacar sobre las abultadas reservas internacionales, el crecimiento, los récords de las exportaciones, las inversiones públicas en carreteras, teleféricos, canchas de fútbol, aviones y palacios y los dobles aguinaldos.
Pero hay datos que no son promocionados con tanto empeño, como las medidas que se toman para frenar la circulación de dinero en las calles: muy pocos hablan de los bonos por más de mil millones de dólares que el Estado Plurinacional anticapitalista colocó nada menos que en Wall Street; del endeudamiento estéril en el que se incurre en un momento de bonanza histórica; de las operaciones que hace frecuentemente el Banco Central para retirar dinero del mercado; de la reciente intervención en la banca privada a través de un decreto para fomentar el ahorro a través del incremento de las tasas de interés y muchas otras formas de impedir que la gente gaste, consuma o compre, porque de esa manera genera inflación.
Hasta las obras faraónicas en las que derrochan las autoridades es una manera de buscarle un destino no inflacionario al dinero, pues si todo ese dinero se invirtiera en emprendimientos verdaderamente productivos o en el fomento de actividades privadas generadoras de empleo y con capacidad reproducir la riqueza más allá del consumo, inmediatamente se generaría una tendencia inflacionaria que haría falta controlar con más producción, con más competitividad y no simplemente con trucos estadísticos, con artilugios monetarios y prohibiciones a las exportaciones, que a la postre se convierten en un bumerang, pues inhiben la producción y la inversión.
Nos tratan de engañar diciendo que el boom de la construcción es un excelente síntoma de que la economía va por el camino correcto y si bien es cierto que nunca hay que despreciar este indicador, tampoco hay que amarrarse de él y en todo caso hay que observarlo con precaución. La construcción es el refugio de los inversores que no hallan las condiciones suficientes para arriesgar su dinero en actividades con poca seguridad jurídica, como la agropecuaria, la minería y tantos otros sectores legales, expuestos a los avasallamientos y al enorme acoso estatal y la hiper-fiscalización que tiene a todos los empresarios agobiados y con ganas de pasarse a la informalidad, donde no se paga impuestos, no hay multas ni letreros de “clausurado”.
Un poco por los malos antecedentes y también por la estructura económica, Bolivia al igual que otros países de la región tienen una fijación casi patológica en la inflación, cuando en realidad deberían enfocarse más en la producción y el desempleo, como hacen los países más desarrollados. En Europa y Estados Unidos se preocupan cuando aumenta la gente sin trabajo y cuando bajan los niveles de productividad, cosa que aquí no aflige, porque siempre se camufla el empleo con la informalidad y porque nadie pone atención a los altos
niveles de importación, que no sólo han crecido en volumen, sino que se han diversificado, puesto que ahora hasta la papa, el tomate y la cebolla vienen de Perú o Argentina.
Envidiable celo funcionario
La selección argentina no ganó el Mundial, pero una de las reparticiones públicas del vecino país metió un gol que vale el torneo. La Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) se tomó el trabajo de hacerle seguimiento a quienes se fueron de turistas a Brasil para disfrutar de las playas y el mejor fútbol. En su investigación descubrió que muchos contribuyentes denominados “monotributistas”, algo así como el Régimen Simplificado en Bolivia, pagaron sumas exorbitantes por paquetes de viajes, pese a que en sus declaraciones impositivas dicen tener ingresos anuales muy bajos, incluso menores a lo que pagaron por los pasajes y la estadía en Brasil. Gracias a ese celo funcionario, descubrieron a más de un centenar de evasores, entre ellos a dos populares figuras de la televisión. La operación de la AFIP es muy difícil de entender en un país como Bolivia, donde los funcionarios de impuestos sólo persiguen a los legales. Esta acción equivale a investigar las fastuosas entradas carnavaleras, las fiestas del Gran Poder y los bailes del 16 de julio, por citar algunos, y calcular el lujo que llevan encima las caseritas y caseritos excluidos de tributar porque son muy pobres. ¿Se atreverían?
El surrealismo de los autos chutos
El genial comediante argentino Tato Bores recreó un mundo surrealista y mágico cuando Carlos Menem llegó al poder en 1989 gracias a una alianza integrada por una colección de lo más variada y nada honorable de partidos políticos, agrupaciones, sindicatos, movimientos sociales, antiguos guerrilleros, paramilitares, etc, etc. En uno de sus programas de televisión, el inolvidable Mauricio Borensztein, fallecido en 1996, mostró un desfile imaginario de los aliados del gobierno en el que figuraban, entre otros, una asociación de ladrones de equipos de música de autos; un sindicato de trabajadores supernumerarios del Estado y una federación de sindicalistas que cobraban sueldo del gobierno. Ese desfile nunca se dio en la realidad, pero nadie olvidará que en los diez años de la administración menemista, el país vecino fue sumido en un pozo de corrupción, que puso varias veces al borde de la cárcel al líder riojano. Tato Bores nunca hubiera imaginado que su parodia se cumpliría, pero algunos miles de kilómetros al norte, en la zona del Chapare (Bolivia), donde acaba de conformarse la Asociación de Propietarios de Vehículos Indocumentados (APROVEI). El hecho de que ese nuevo sindicato haya sido conformado en la región cocalera de Ivirgarzama, no sólo tiene las mismas connotaciones delictivas y políticas que todos conocen, sino una razón muy práctica. En el Chapare se encuentra la cantidad más grande de autos chutos del país. La pregunta es ineludible: ¿Presentarán un día los muchachos de APROVEI un candidato a la presidencia?
jueves, 10 de julio de 2014
Por el retorno del diálogo
Uno de los peores legados que nos ha dejado el actual proceso político es el abandono total del diálogo, requisito indispensable para que funcione la democracia y para que cualquier gobierno se encamine por las rutas de la eficiencia y la racionalidad, virtudes inexistentes en el “proceso de cambio”.
Para que haya diálogo se requiere el concurso del otro, del opuesto en la búsqueda de soluciones a los problemas, pero en el caso del oficialismo, no necesita a nadie para tomar sus propias decisiones y lo que es peor, no reconoce la existencia de ningún inconveniente por resolver, ya que a entender de los conductores del país, Bolivia es poco menos que el país de las maravillas.
Para que haya diálogo se requiere que los interlocutores se reconozcan cuando menos como entes con cierta dignidad, pero lamentablemente, para el gobierno todo el que no apoye sus medidas no merece ser escuchado y menos puede tener autoridad para hacer aportes.
El poder hegemónico se ha encargado no solo de descalificar a todos los interlocutores posibles en el país con acusaciones infundadas de todo tipo, sino que también ha hecho campaña para sacar del escenario a todos aquellos actores sociales –Iglesia, instituciones de Derechos Humanos y organismos internacionales-, que en el pasado siempre tuvieron el rol de facilitadores del encuentro entre sectores en conflicto.
Los bolivianos cometimos el grave error de pensar que los pactos y acuerdos del pasado eran malos por definición y que Bolivia necesitaba un mando único para poder avanzar. Ahora nos damos cuenta que esa manera de conducir el país, en base a un diálogo permanente, imperfecto, a tropezones y con muchas fallas, siempre será mejor que el modelo absolutista, autoritario y de voz única que se pretende imponer en el país.
En el pasado, las fuerzas políticas tenían que ponerse de acuerdo antes de tomar una decisión y entre ellas había una suerte de control y moderación, elementos inexistentes en la actualidad, dominada por la discrecionalidad y el abuso. El Gobierno no ha hecho más que criticar el modo en el que la democracia estaba progresando, por la lentitud de sus logros y la gran cantidad de tropiezos. Pero es mejor el consenso entre tres o cuatro para dirigir el país a que una sola persona imponga sus caprichos al mejor estilo de los monarcas de la antigüedad.
El escaso debate público que hay en estos días y los únicos atisbos de crítica se dan en los pocos medios de comunicación independientes que quedan, aunque el miedo y la autocensura va restando cada día más espacios. Las redes sociales hacen su aporte en la manifestación del malestar social, expresión que se ha podido ver muy claramente en la elección de jueces y magistrados. Ese fenómeno demostró que la opinión pública tenía razón al rechazar la iniciativa gubernamental que no ha hecho más que empeorar las cosas en la justicia boliviana.
La falta de diálogo deja graves consecuencias en la administración del país. Se incentiva el derroche, aumenta la corrupción, se malgastan los recursos públicos, no se atacan las prioridades, se olvida el bien común y la ineficiencia se vuelve una plaga que impide cumplir los planes, distorsionando los principios y la misión de la política. De la población depende que retorne el diálogo al país a partir de las elecciones de octubre.
Planes para una vieja Bolivia
Si a algún candidato taiwanés se le hubiera ocurrido hace 30 años promover el progreso del país por medio de la fabricación de bicicletas, todos se habrían reído de él, pese a que esa industria fue la que catapultó como potencia al tigre asiático. Lo mismo hubiera pasado con las pelotas de fútbol en Pakistán, una de las actividades más fuertes de este país de casi 200 millones de habitantes, donde muy pocos juegan el deporte de Messi y Neymar, pues el juego más popular allí es el criquet.
Lo más probable, sin embargo, es que a ningún político se le hubiera pasado por la mente semejantes cosas. De hecho, ningún líder político coreano fue el artífice de lo que hoy es Samsung o de lo que fue Nokia en Finlandia; Apple no es el resultado de un iluminado plan de gobierno y en todo caso, la iniciativa, la innovación y la inventiva de los individuos crecen y se multiplican cuando el Estado deja de meterse en todos los asuntos de la economía y se dedica a crear condiciones para que la gente piense y trabaje sin trabas. China es el mejor ejemplo de aquello aunque lamentablemente los chinos todavía no pueden pensar en libertad política.
Estos hechos nos ayudan a reflexionar sobre la marcha del país y más puntualmente sobre los planes de gobierno que acaban de presentar los partidos y agrupaciones políticas que han confirmado su participación en las elecciones del 12 de octubre.
Todas hablan de una vieja Bolivia, del país estatista que controla y decide todo; con un Estado elefantiásico para construir y producir, pero muy ágil para reprimir y controlar, porque justamente ahí es donde pone la mayor cantidad de esfuerzos y recursos.
Ningún candidato le dice la verdad a la gente. Quieren seguir mintiendo con el cuento de que los bonos nos van a sacar de la extrema pobreza; que los recursos que brotan de la Pachamama son para repartirlos como en piñata y que “papá Estado” se ocupará de todo, del bienestar, de producir litio, urea, papel, cartón, azúcar, etc.
Se habla de llevar a Bolivia a la era de la industrialización y como tal se concibe a las grandes factorías con mucho humo saliendo de sus techos, cuando todos sabemos que las naciones que más progresan están concentradas en alta tecnología, en las ventajas comparativas y en las cadenas productivas, como la castaña, la soya, la quinua y otros productos que no necesitan más que un Estado que no estorbe, que deje de prohibir y que no le tenga miedo a la apertura de mercados.
Todos hablan de fomentar la educación, pero quieren seguir construyendo grandes escuelas –ladrillo y cemento-, y se olvidan que hay que conectarles internet y capacitar a profesores que están altamente ideologizados pero muy atrasados respectos de los estudiantes en el manejo de nuevas herramientas de aprendizaje. Y lo mismo pasa con la salud. No se trata de crear hospitales de cuarto y quinto nivel, sino de introducir el concepto de prevención y formación, cuyos instrumentos básicos son la higiene y la correcta nutrición. Obviamente ahí no hay mucho que licitar y tampoco grandes obras para entregar e inaugurar.
Ningún candidato le dice a la población que con las leyes que tenemos, con la constitución vigente y con el esquema de poder que se ha montado, Bolivia es inviable incluso para los que conducen el “proceso de cambio” puesto que anula la iniciativa, inhibe las inversiones y promueve el despilfarro de tiempo y de recursos.
Debate de políticos y debate público
La última vez que la denominada “clase política” accedió al debate fue en el 2002, cuando ya se anticipaba la decadencia de la dirigencia tradicional y el ascenso del candidato Evo Morales, que, en aquellos tiempos acudía a todos lados a debatir, incluso con deslucidos personajes, con tal de ganar popularidad.
El debate se produjo porque los políticos no sabían hacia dónde conducir el país y sobre todo porque no tenían con qué, pues todavía no se avizoraba la impresionante bonanza de precios y de ingresos, que más tarde alentó a los populistas a encaramarse en el poder, porque cuando hay plata de sobra, cualquiera puede gobernar y cualquier política resulta “exitosa”.
Eran tiempos de intenso debate social sobre la base de tres puntos importantes: qué hacer con los hidrocarburos y los recursos provenientes de su explotación; cómo reconfigurar políticamente la nación ante el agotamiento del modelo centralista y presidencialista y el surgimiento de la propuesta autonómica y en tercer lugar, cómo transformar al Estado para darle un sentido de servicio a la población y rescatarlo de manos de grupos que secuestraron la democracia.
Un año más tarde se conoció el resultado de ese debate público y la gente votó porque el gas se industrialice y sea recuperado a favor de los bolivianos; para que la autonomía reemplace al centralismo secante y retrógrado y para que la política deje de ser el botín de los caudillos de turno, prebendalistas, derrochadores y corruptos.
Ninguno de esos compromisos se ha cumplido, pues ni una molécula de gas se vende con valor agregado y la energía fluye sin falta hacia los mercados externos, mientras que los bolivianos deben esperar los sobrantes que retacea YPFB; la autonomía es un completo engaño y el régimen incentiva el centralismo, mientras que los políticos se concentran en la reproducción del poder con intenciones de eternizarse en sus cargos y para ello ejecutan una estrategia insana de derroche y clientelismo nunca antes visto en Bolivia.
La dirigencia nacional nunca ha sido proclive al debate y por eso el país ha cambiado muy poco desde que fue colonia. Los mandamases no tienen para qué debatir en un contexto en el que reina el monopolio de los recursos y el poder; en un país monoproductor y con una concentración de las decisiones que impide el funcionamiento real de la democracia.
Y menos se puede dar la opción del debate ahora, cuando las autoridades tienen los bolsillos llenos y cuando el poder les sobra para tomar las decisiones sin consultar a nadie, haciendo alarde de la clásica soberbia del político criollo, siempre predispuesto a refundar, a inventar hasta lo más elemental y destruir todo lo que hizo el anterior.
Pero no porque los políticos no debatan entre ellos, quiere decir que la sociedad no esté hablando y comunicándose, a pesar de que ya son pocos los medios tradicionales al servicio de la gente para el debate público. La gente racional está discutiendo en las redes sociales, ya no aguanta la corrupción y la impunidad; está hastiada del narcotráfico y sus poderosos cómplices y está desilusionada por la falsedad del discurso ecologista e indigenista que tanto enarbolan los gobernantes. Todos hablan de eso, como lo hicieron en octubre del 2011 con la fallida elección de magistrados en la que el veredicto popular de rechazo fue contundente.
miércoles, 2 de julio de 2014
Elecciones ¿cuál será el debate?
El acuerdo llegó cuando se había deteriorado la imagen de las élites políticas que condujeron al país desde el retorno de la democracia en 1982 y cuando la ciudadanía sintió que sus aspiraciones de bienestar (vivir bien) habían sido traicionadas por grupos que secuestraron el poder para alimentar sus propios intereses.
La gente reclamaba más democracia, exigía la pacificación del país, mayor inclusión y desde el punto de vista económico se planteó la recuperación de los recursos naturales con el fin de devolverlos a la población ya sea en forma de beneficios directos o través de una nueva estructura productiva traducida en el eje de la industrialización y el uso los ingresos para multiplicar y diversificar la economía, sumida en el extractivismo y el rentismo, dos vicios que mantienen a Bolivia en el atraso y el subdesarrollo, sin esperanzas de cambio.
Desde el oriente boliviano nació la otra gran propuesta de cambio (que se volvió un consenso nacional), a través del movimiento autonomista que exigía la profundización de la democracia y el final del modelo centralista y presidencialista que no hacen más que incentivar los viejos esquemas de organización y de dominación heredados de la colonia.
No hace falta mucho análisis para concluir que en los últimos nueve años todos esos males que pretendían derrumbar los bolivianos se han agudizado. La dependencia de los recursos naturales es mayor y se ha incrementado la fragilidad de nuestra economía; no se ha producido la industrialización; el caudillismo refuerza el centralismo y el monopolio del poder no hacen más que limitar las decisiones y el control de la economía en pocas manos. La descentralización y la autonomía son un engaño, mientras que la democracia y la participación son confundidas con una nueva hegemonía corporativa prebendaria que además de improductiva y corrupta, impone un sistema de abusos e injusticia que impide la paz social.
Lamentablemente esa visión profunda y preclara de cambio que surgió en el 2005 ha sido abandonada por los sectores de la oposición que fracturaron la democracia de pactos y que ahora parecen acomodarse a la hegemonía dominante, que ha buscado constantemente la ratificación en las diferentes contiendas electorales. Lo sucedido en los 32 años de democracia ha sido una demostración que el sufragio no ha sido capaz de cambiar la historia nacional y que las elecciones de octubre no prometen ningún viraje importante, mientras la sociedad civil y política no retorne a los planteos arriba indicados.
La campaña política que comienza a vivirse con intensidad pone en el tapete los mismos lugares comunes en los que cayó la clase dirigente en las décadas posteriores a la dictadura y la hecatombe económica ocurrida entre 1982 y 1985. Acuerdos, componendas, búsqueda de un nuevo caudillo, cómo gastar los recursos naturales, detalles menores en un país que todavía se siente traicionado y que espera lograr de nuevo el consenso que le permita aspirar a una vida mejor.
martes, 1 de julio de 2014
Distribuir la riqueza, no la plata
La oposición boliviana ha calificado como “intocables” los bonos que distribuye el Gobierno, no solo la Renta Dignidad (ex Bonosol) que ha sobrevivido tres regímenes, sino también el Juancito Pinto y el Juana Azurduy, que sin duda alguna son la respuesta al amplio caudal de votos conseguido por el MAS en las contiendas electorales posteriores al 2005. Seguramente el oficialismo responderá con una apuesta mayor y hasta podría ofrecer el pago doble, como hizo con el aguinaldo, no solo porque tiene la plata, sino porque le sobra demagogia. La pregunta es ¿cuánto le sirven los bonos a la gente beneficiada?
El auge de los bonos ha sido generalizado en la mayoría de los países latinoamericanos y Bolivia no es el caso más exagerado, si lo comparamos con Argentina o Venezuela, donde se cuentan por decenas, sin mencionar los subsidios y otras formas de distribución, producto del histórico nivel de ingresos por los excepcionales precios de las materias primas de exportación.
¿Ha sido acertada esta receta? Siempre es mejor repartir plata entre los pobres a que se la guarden los grupos elitistas, como sucedió en los años 70 en la región, cuando producto del auge de los petrodólares y las dictaduras se encargaron de pagar muy bien la lealtad de sus allegados. Los resultados están a la vista: en los últimos 15 años, más de 100 millones de latinoamericanos han salido de la pobreza y desde el 2000 los indicadores de marginalidad han caído en un 30 por ciento, no solo por influencia de los bonos, sino también por otras medidas como el aumento del salario mínimo y otras políticas relacionadas con reformas impositivas.
No hay duda que los bonos y todas las formas de transferencia monetaria seguirán entregándose en la misma medida y tal vez más, solo si se mantiene el abultado nivel de ingresos que depende de factores exógenos. De hecho, los bonos no representan una carga significativa en el presupuesto de Bolivia, apenas un dos por ciento, lo que es una bicoca si lo comparamos a lo que se invierte en seguridad y defensa.
El debate consiste no solo en la dicotomía de mantener o no los bonos, sino en buscar otras formas más efectivas de la distribución de la riqueza, que aseguren sostenibilidad a las políticas sociales y mayor movilidad social a la ciudadanía. De acuerdo al Centro de Estudios Distributivos Laborales y Sociales (CEDLAS) del Banco Mundial, los bonos son importantes, pero no han conseguido disminuir ni un ápice la desigualdad en el continente. América Latina posee tasas de desigualdad similares a las de África Subsahariana y un 75 por ciento de la población en el continente considera que no existen los medios para superar la pobreza.
Unos pesos en el bolsillo pueden ayudarle a una familia a mitigar el hambre y a sobrevivir en mejores condiciones, pero la única forma de lograr que viva bien es con mayor acceso a la educación, a la salud y a las instancias de poder, que siguen manteniéndose en manos de unas élites que monopolizan las instituciones y no dejan espacio a la democratización. Lamentablemente esta característica se mantiene pese los supuestos procesos revolucionarios que se han llevado adelante en la región.
lunes, 30 de junio de 2014
Hacer y dejar hacer
El diario Clarín de Buenos Aires ha confirmado que –acosado por las deudas-, el estado argentino comenzará a retrasarse por lo menos seis meses con sus acreedores, entre ellos Bolivia, a quien le debe pagar casi 200 millones de dólares por mes por la venta de gas. Algunas versiones indican que el vecino país ya tiene acumulado un saldo superior a los 1.700 millones de dólares y si se confirma el pronóstico, esa cifra se duplicará en el corto plazo. No es la primera vez que ocurre lo mismo, pero este sería el peor caso, pues cuando se produjo el famoso “borrón y cuenta nueva” en 1992, el monto total adeudado era de apenas 300 millones.
Bolivia ha intentado sacar a relucir su talla de “líder internacional” que tanto promocionó durante la cumbre G-77 para estrellarse contra los famosos “fondos buitre” que han acosado a Argentina, pero lo más probable es que no logre más que asustar a los inversionistas que confiaron en los “bonos soberanos” que el “enemigo del capitalismo” ha estado colocando en Wall Street.
Si todo se complicara no habrá más remedio que buscar soluciones propias y afortunadamente, tanto el presidente como su segundo de a bordo han lanzado una idea, presente en todas las críticas que le han estado haciendo en los últimos al “modelo económico plurinacional”, que en realidad es el mismo que implantaron los españoles, que heredaron los republicanos y que los revolucionarios actuales no han hecho más que profundizar, pese a que prometieron industrializar los recursos naturales.
“No debemos depender tanto del gas”, ha dicho el presidente Morales y su erudito vicepresidente ha afirmado que necesitamos reducir la dependencia del extractivismo. Habrá que pedirles disculpas a todos los que durante los últimos años han hecho exactamente las mismas recomendaciones al Gobierno, cuya respuesta siempre ha sido la soberbia.
Afortunadamente hoy existen muchas formas de diversificar las actividades económicas y los resultados se pueden ver a corto y mediano plazo. La industrialización de un país no necesariamente pasa por grandes complejos, por sectores “duros” como el acero, la fabricación de automóviles o maquinaria pesada, como trata de hacerlo el gobierno, inyectando grandes sumas en empresas estatales que en realidad son barriles sin fondo. Taiwán se hizo potencia fabricando bicicletas, Chile lo hace con el kiwi, el vino y el salmón, República Dominicana con el turismo y Bolivia podría hacerlo con la quinua, por ejemplo.
Pero eso se logra con cadenas productivas y lamentablemente el gobierno del MAS no ha hecho más que combatirlas. Así lo hizo con la industria forestal, con los textiles y ahora tiene seriamente amenazada a la soya y sus derivados. En realidad, el estado no tiene que hacer mucho, sino dejar de entorpecer, como lo viene haciendo con 23 productos nacionales que hoy están sometidos a controles y prohibiciones.
Otra cosa que debe hacer es cumplir la Constitución y darle prioridad al mercado interno en el abastecimiento de gas, ahora que ha comprobado el grave riesgo que implica “poner todos los huevos en una misma canasta”. Con el gas se puede incentivar la producción de cemento, artículo que hoy es deficitario y se pueden poner en marcha muchas industrias de cerámica que están paralizados, proyectos energéticos que quedaron truncos y por supuesto, la instalación domiciliaria, que permitirá no solo mejorar la calidad de vida de la gente, sino también incentivar pequeños emprendimientos como panaderías y restaurantes, entre muchos otros.
Bolivia ha intentado sacar a relucir su talla de “líder internacional” que tanto promocionó durante la cumbre G-77 para estrellarse contra los famosos “fondos buitre” que han acosado a Argentina, pero lo más probable es que no logre más que asustar a los inversionistas que confiaron en los “bonos soberanos” que el “enemigo del capitalismo” ha estado colocando en Wall Street.
Si todo se complicara no habrá más remedio que buscar soluciones propias y afortunadamente, tanto el presidente como su segundo de a bordo han lanzado una idea, presente en todas las críticas que le han estado haciendo en los últimos al “modelo económico plurinacional”, que en realidad es el mismo que implantaron los españoles, que heredaron los republicanos y que los revolucionarios actuales no han hecho más que profundizar, pese a que prometieron industrializar los recursos naturales.
“No debemos depender tanto del gas”, ha dicho el presidente Morales y su erudito vicepresidente ha afirmado que necesitamos reducir la dependencia del extractivismo. Habrá que pedirles disculpas a todos los que durante los últimos años han hecho exactamente las mismas recomendaciones al Gobierno, cuya respuesta siempre ha sido la soberbia.
Afortunadamente hoy existen muchas formas de diversificar las actividades económicas y los resultados se pueden ver a corto y mediano plazo. La industrialización de un país no necesariamente pasa por grandes complejos, por sectores “duros” como el acero, la fabricación de automóviles o maquinaria pesada, como trata de hacerlo el gobierno, inyectando grandes sumas en empresas estatales que en realidad son barriles sin fondo. Taiwán se hizo potencia fabricando bicicletas, Chile lo hace con el kiwi, el vino y el salmón, República Dominicana con el turismo y Bolivia podría hacerlo con la quinua, por ejemplo.
Pero eso se logra con cadenas productivas y lamentablemente el gobierno del MAS no ha hecho más que combatirlas. Así lo hizo con la industria forestal, con los textiles y ahora tiene seriamente amenazada a la soya y sus derivados. En realidad, el estado no tiene que hacer mucho, sino dejar de entorpecer, como lo viene haciendo con 23 productos nacionales que hoy están sometidos a controles y prohibiciones.
Otra cosa que debe hacer es cumplir la Constitución y darle prioridad al mercado interno en el abastecimiento de gas, ahora que ha comprobado el grave riesgo que implica “poner todos los huevos en una misma canasta”. Con el gas se puede incentivar la producción de cemento, artículo que hoy es deficitario y se pueden poner en marcha muchas industrias de cerámica que están paralizados, proyectos energéticos que quedaron truncos y por supuesto, la instalación domiciliaria, que permitirá no solo mejorar la calidad de vida de la gente, sino también incentivar pequeños emprendimientos como panaderías y restaurantes, entre muchos otros.
viernes, 27 de junio de 2014
Todo al revés
El asuntito del “reloj cangrejo” que ha instalado el Gobierno en la sede del Congreso Nacional, no es el único ejemplo que indica que en Bolivia se están haciendo las cosas al revés. El presidente Morales le entregó el miércoles 350 millones de bolivianos al complejo minero de Huanuni, que desde su nacionalización triplicó su personal (pasó de 1.200 a 4.344 obreros), pero su producción bajó a límites que la ponen al borde de la quiebra y en pleno auge de los precios de los minerales. Todo un récord digno de Guinness. En el primer trimestre de 2014, la explotación en Huanuni cayó en un 32 por ciento, en parte por el bajo rendimiento de la empresa y otro poco por la caída de la demanda de los minerales, lo que coloca a esos 350 millones en una apuesta muy riesgosa y totalmente desfasada, pues ha llegado el momento de contraer y no de invertir. Pero aún hay más, pues el presidente ha dicho que la nacionalización no se ha detenido y amenaza con “meterle decreto” a aquellas minas que sean rentables ¿con qué fin? Con devolverle los recursos naturales ¿a quién? ¿a los ineficientes de Huanuni?.
Grandes inventores
Tratar de inventar el agua tibia o el hilo negro es una tendencia generalizada en el mundo, sobre todo entre los que no tienen más remedio, pues cuando se trata de creatividad lamentablemente el mapa mundial siempre se inclina hacia el mismo lado. Pero la historia no registra ningún intento de darle vuelta a las manecillas del reloj, algo que Bolivia podría patentar, ahora que la innovación está de moda y que marca la división entre países líderes y atrasados. Todos los relojes del mundo giran de izquierda a derecha por un simple convencionalismo, ya que no hay ni leyes físicas ni argumentos religiosos o ideológicos que lo respalden. Los inventores del reloj no eran imperialistas ni trataban con ello de someter a nadie. Esas son pamplinas que se les ocurren a las mentes subdesarrolladas que buscan afanes conspirativos debajo de cada piedra. Los bolivianos necesitamos inventar cosas y tenemos la oportunidad de hacerlo ahora que la información y el conocimiento están disponibles para todos. Empezar por una zoncera como la del reloj puede ser un avance, a no ser que sea un truco barato para distraer la atención de la gente, un invento de los viejos romanos, que nunca dejaron de utilizar el circo para hacer de las suyas con el pueblo.
miércoles, 25 de junio de 2014
La coca y las batallas ganadas
La principal virtud del más reciente informe de la ONU sobre el monitoreo de las plantaciones de coca en Bolivia es la demostración de que la Ley 1008 sigue teniendo razón al declarar 12 de mil hectáreas como tope máximo de la legalidad ya que del total que se contabilizado en el 2013, es decir, 23 mil hectáreas, la mitad se va al narcotráfico. Lo reconoce el propio gobierno: segunda virtud.
También se ha demostrado que las autoridades estaban equivocadas cuando decían que Bolivia no necesitaba de la ayuda internacional para combatir el narcotráfico y para demostrarlo decían que, sin ayuda de la DEA se incautaba más droga, cuando todos sospechaban que eso era producto más bien de un rebalse. La ONU no solo ha felicitado a las autoridades por la reducción de los cocales, sino que también ha ponderado la caída de hasta un 62 por ciento en el decomiso de droga gracias a que en los últimos años comenzó a cobrar fuerza un resistido acuerdo con Brasil e indirectamente con Estados Unidos, hecho que ha permitido reducir el potencial de producción de cocaína.
Los datos han demostrado que fracasaron los métodos que trató de impulsar el gobierno a través del control social y los acuerdos con los cocaleros y que la mejor manera de conseguir buenos resultados es por medio de una guerra abierta y decidida contra las mafias. De forma global se manifiesta también que esta batalla no está perdida como trataban de demostrarlo hace unos años.
El otro aspecto que se necesita destacar es que a mayor producción de coca hay mayor cocaína, lo que consolida la necesidad de mantener a la “hoja sagrada” como una sustancia controlada, tal como lo establecen los acuerdos internacionales y como lo fija nuestra propia legislación. Eso derrumba por completo los intentos de nuestra diplomacia por establecer una nueva dimensión a la coca y debe inhibir los esfuerzos del gobierno nacional por elevar el tope legal de 12 mil a 20 hectáreas.
De manera muy especial, el informe de la ONU ha puesto en evidencia el papel que cumplen el Chapare y sus alrededores como coadyuvantes de la industria del narcotráfico, pues se ha señalado que casi toda la coca de esta región va a parar a los circuitos ilegales, pues una mínima fracción (7 por ciento) de la producción de la zona pasa por el mercado legal de Sacaba en Cochabamba.
¿Se debe celebrar una reducción del 9 por ciento en los cultivos de coca ilegales? Claro que sí, pero no conviene exagerar, pues esta actividad ha tenido altibajos muy notorios en las últimas décadas y los logros siempre han sido volátiles. Estamos en una etapa electoral muy reñida en la que se corre el riesgo de un laxamiento de los controles, lo que puede llevar a tirar todos los logros por la borda.
Un párrafo aparte merece el dato que indica que Santa Cruz concentra la mayor porción del mercado de la coca en el país (38 por ciento), lo que evidencia no solo por el incremento del consumo tradicional sino también por el elevado crecimiento que ha tenido el narcotráfico en la región. Eso es fácil de comprobar por el elevado índice de criminalidad y violencia, por el florecimiento de nuevos circuitos de negocios ilegales, por los secuestros y por los intentos de ciertos sectores de crear zonas de exclusión en el departamento.
martes, 24 de junio de 2014
Lo dijo el presidente
“El presidente Evo Morales abogó porque la economía ya no dependa solo de los hidrocarburos y de la minería, que más bien ahora se incremente la producción agrícola incluso para su exportación. ‘No somos un país consumista, sino productor, hay que ampliar eso; estamos debatiendo cómo seguir mejorando la producción; qué mejor que exportar nuestros productos, no solamente depender del gas y de los minerales, sino también cómo generar más divisas de otros productos, especialmente de productos agropecuarios’, señaló el mandatario en la entrega de un coliseo para 1.000 espectadores y una unidad educativa de 12 aulas en el municipio de Pampa Grande, en el departamento de Santa Cruz”. El párrafo anterior pertenece al diario La Razón, un medio que ha sido vinculado al oficialismo, por lo que no existe riesgo de que el oficialismo lo acuse de tergiversación. Lo afirmado por el mandatario es casi exactamente lo que se escucha decir a los economistas y expertos críticos de la estructura productiva nacional basada en la exportación de los recursos naturales, cuyos precios podrían colapsar y con ellos el “boom boliviano” que los conductores de nuestra economía se atribuyen, como si fuera resultado de su genialidad. Lo que dice el presidente es muy cierto y si pretende ponerlo en práctica ya mismo, puede suspender las prohibiciones de exportación y ordenar que se les venda gas a las empresas bolivianas.
El factor suerte
A Bolivia le ha ido muy bien en los últimos años porque a muchos países, especialmente a China y a Brasil les ha ido mejor. El primero es el principal comprador de minerales y el segundo, el mayor cliente de nuestro gas. Pero los resultados positivos también se explican porque otros han cometido demasiados errores. Estamos hablando de Argentina, donde una combinación de torpezas e ineficiencia ha dado como resultado una crisis energética que puso a nuestro país en inmejorables condiciones como proveedor y a la empresa Repsol, como la gran salvadora de la industria energética boliviana.
El hecho es que Brasil no solo ha estado comprando los topes máximos de gas que figuran en el contrato inicial, sino que acaban de restituirse los envíos a Cuiabá y en este momento se están bombeando casi 16 millones de metros cúbicos diarios a la Argentina, lo que en total dejará un aproximado de 6.000 millones de dólares anuales en las arcas nacionales.
Pero como dice el famoso escritor argentino Martín Caparrós acerca de su país, todo ha sido cuestión de suerte, y lamentablemente los principales beneficiarios de esa fortuna, los populistas de turno, no han sabido aprovechar esa fortuna. Una parte de la confesión de ese fenómeno está en las recientes declaraciones del presidente boliviano Evo Morales, quien sorprendió a todos afirmando que no deberíamos depender tanto del gas, cuando meses antes había manifestado que el futuro de Bolivia está en la venta de energía.
El primer mandatario hizo esa declaración luego de conocerse el revés que ha sufrido Argentina en la justicia norteamericana, que la obliga a cumplir con los capitalistas que invirtieron en la deuda pública del vecino país y que ahora reclaman su dinero y los intereses que Cristina Fernández les había prometido. De acuerdo al dictamen que derivó en una posterior negociación, el Estado argentino deberá pagar más de 1.300 millones de dólares a los denominados “fondos buitre”, además de 10 mil millones que se ha comprometido a pagarle en cinco años a los acreedores del Club de París, con los que se ha visto obligado a negociar para evitar la quiebra y el cese de pagos.
El Gobierno boliviano ha salido a desmentir rumores sobre algunos retrasos en el pago del gas que le vendemos a los argentinos, que no tardan en responder con uno o dos títulos honoris causa para aplacar los ánimos. El problema es que Argentina tiene muy malos antecedentes con Bolivia en relación al pago del gas y no son pocas las ocasiones que ha recurrido a chatarra o a intercambios como método para honrar sus compromisos. Los argentinos saben mejor que nadie que la venta de gas no se puede interrumpir de un momento a otro y que nuestro país no tiene cómo disponer de sus excedentes, a no ser que decida dar vía libre al Mutún, a las cementeras que están esperando y a tantos otros proyectos que se han quedado truncos porque las autoridades se niegan a cumplir con la Constitución que fija como prioridad al mercado interno.
Recordemos, el presidente ha dicho que ya no dependamos tanto del gas, que desarrollemos la industria, la agropecuaria y otros sectores. Pero eso ya no depende de la suerte, sino del trabajo serio, la seguridad jurídica y otros factores en los que el régimen gobernante no ha puesto tanto empeño como en el “bingo” del gas.
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