lunes, 30 de junio de 2014

Hacer y dejar hacer

El diario Clarín de Buenos Aires ha confirmado que –acosado por las deudas-, el estado argentino comenzará a retrasarse por lo menos seis meses con sus acreedores, entre ellos Bolivia, a quien le debe pagar casi 200 millones de dólares por mes por la venta de gas. Algunas versiones indican que el vecino país ya tiene acumulado un saldo superior a los 1.700 millones de dólares y si se confirma el pronóstico, esa cifra se duplicará en el corto plazo. No es la primera vez que ocurre lo mismo, pero este sería el peor caso, pues cuando se produjo el famoso “borrón y cuenta nueva” en 1992, el monto total adeudado era de apenas 300 millones.

Bolivia ha intentado sacar a relucir su talla de “líder internacional” que tanto promocionó durante la cumbre G-77 para estrellarse contra los famosos “fondos buitre” que han acosado a Argentina, pero lo más probable es que no logre más que asustar a los inversionistas que confiaron en los “bonos soberanos” que el “enemigo del capitalismo” ha estado colocando en Wall Street.

Si todo se complicara no habrá más remedio que buscar soluciones propias y afortunadamente, tanto el presidente como su segundo de a bordo han lanzado una idea, presente en todas las críticas que le han estado haciendo en los últimos al “modelo económico plurinacional”, que en realidad es el mismo que implantaron los españoles, que heredaron los republicanos y que los revolucionarios actuales no han hecho más que profundizar, pese a que prometieron industrializar los recursos naturales.

“No debemos depender tanto del gas”, ha dicho el presidente Morales y su erudito vicepresidente ha afirmado que necesitamos reducir la dependencia del extractivismo. Habrá que pedirles disculpas a todos los que durante los últimos años han hecho exactamente las mismas recomendaciones al Gobierno, cuya respuesta siempre ha sido la soberbia.

Afortunadamente hoy existen muchas formas de diversificar las actividades económicas y los resultados se pueden ver a corto y mediano plazo. La industrialización de un país no necesariamente pasa por grandes complejos, por sectores “duros” como el acero, la fabricación de automóviles o maquinaria pesada, como trata de hacerlo el gobierno, inyectando grandes sumas en empresas estatales que en realidad son barriles sin fondo. Taiwán se hizo potencia fabricando bicicletas, Chile lo hace con el kiwi, el vino y el salmón, República Dominicana con el turismo y Bolivia podría hacerlo con la quinua, por ejemplo.

Pero eso se logra con cadenas productivas y lamentablemente el gobierno del MAS no ha hecho más que combatirlas. Así lo hizo con la industria forestal, con los textiles y ahora tiene seriamente amenazada a la soya y sus derivados. En realidad, el estado no tiene que hacer mucho, sino dejar de entorpecer, como lo viene haciendo con 23 productos nacionales que hoy están sometidos a controles y prohibiciones.

Otra cosa que debe hacer es cumplir la Constitución y darle prioridad al mercado interno en el abastecimiento de gas, ahora que ha comprobado el grave riesgo que implica “poner todos los huevos en una misma canasta”. Con el gas se puede incentivar la producción de cemento, artículo que hoy es deficitario y se pueden poner en marcha muchas industrias de cerámica que están paralizados, proyectos energéticos que quedaron truncos y por supuesto, la instalación domiciliaria, que permitirá no solo mejorar la calidad de vida de la gente, sino también incentivar pequeños emprendimientos como panaderías y restaurantes, entre muchos otros.