martes, 3 de junio de 2014

De reyes y reyezuelos


La sorpresiva abdicación al trono del rey Juan Carlos de España vuelve a poner en discusión el papel de la monarquía en el mundo y mucho más en la civilizada Europa, donde el renacer de los nacionalismos hace recordar a muchos el negro periodo de las guerras mundiales.

El hecho es que por más que parezca afianzarse la democracia y que los reyes luzcan como un adorno del modelo constitucional, lo lamentable es que los “sangre azules” siguen siendo la garantía de la estabilidad, una forma de mantener tranquila a la plebe, cuya insatisfacción se presenta religiosamente en cada elección sin llegar jamás a extremos revolucionarios y mucho menos a cuestionar la autoridad moral de las cortes, por más cuestionable que sea la conducta de sus miembros, siempre proclives a los líos de faldas y las extravagancias ¿qué más van a hacer?

En otras palabras, la vigencia de la monarquía es la mejor prueba de que los europeos todavía no son capaces de marcar su destino a través de la consolidación de un modelo basado en la división de poderes sin la necesidad de esperpentos simbólicos, como lo ha logrado Suiza o Finlandia y como podrían conseguirlo Alemania y Francia si es que eliminan para siempre los riesgos de la desestabilización. Italia todavía sigue en capilla mientras sigan apareciendo caudillos como Berlusconi.

En América Latina hay muchos críticos del sistema monárquico colonial, del que supuestamente nos libramos  hace 200 años con la guerra de la Independencia. Pero esa es una visión miope y simplista pues nuestros países están todavía más lejos que Europa de conseguir gobiernos libres del monopolio del poder, que en el pasado se llamó dictadura militar, en otros periodos caudillismo y en este momento, el pernicioso populismo que endiosa figuras como la de Chávez, Morales o Kirchner.

Miren qué paradoja, mientras que Rey de España renuncia al trono para darle paso a otras generaciones, en Ecuador Rafael Correa inicia la búsqueda de la reelección indefinida, cosa que ya ocurrió en Nicaragua y que podría pasar en Bolivia, donde el presidente no oculta su deseo de mantenerse en el poder para siempre. En Argentina le han buscado otra versión a este modelo de monarquías criollas a través de la sucesión dinástica, pasando el poder de marido a mujer, estrategia que estará a punto de repetirse en Perú.

Y por más que se puedan criticar los gestos estrambóticos de reyes, príncipes y princesas europeos, nosotros tenemos extravagancias de sobra para llenar revistas y noticieros, con el agravante que los lujos de los reyezuelos americanos se pagan con la miseria de nuestra gente, lo que convierte a la monarquía vernácula en un gasto aún más superfluo que en el viejo mundo.

Desgraciadamente estamos todavía muy lejos de deshacernos de estos tristes modelos de gobierno, mientras la gente permanezca enceguecida buscando el advenimiento de una solución mesiánica a sus problemas y los líderes se mantengan en la inmadurez y la glotonería del poder cleptómano. Eso pasa en América Latina y en España, por más bromas y críticas que lancen hacia el monarca que deja el trono, no tienen más remedio que gritar “Larga vida al nuevo rey”.