lunes, 16 de junio de 2014

Las ideas de la cumbre


La gran mayoría de los países que pertenecen al G-77 tienen algunos denominadores en común. Todos ellos tienen índices socioeconómicos muy bajos que los atribuyen a factores externos: al imperialismo, al capitalismo, al “injusto comercio internacional” y otros que suelen machacar en cada una de sus reuniones.

Durante décadas, estos países han estado al mando de gobiernos que dicen ser “revolucionarios”, que han adoptado, como Bolivia, políticas refundacionales, procesos de cambio y giros bruscos hacia uno y otro lado, intentando conseguir el ansiado rumbo del desarrollo. 

Hemos sido testigo de la llegada de líderes muy populares en sus países, algunos de los cuales llevan varias décadas en el poder, tiempo que no ha sido suficiente sin embargo, para cambiar radicalmente la vida de sus pueblos. En lapsos similares, países que no pertenecen a este tipo de grupos dedicados a predicar sus penurias y a culpar a otros por sus fracasos, como Corea del Sur, Taiwán, Singapur, España, Sudáfrica y tantos otros, han pasado a ser potencias económicas. La repetitiva ausencia de Chile en este tipo de cumbres, es una señal de que tanto la pertenencia como los gestos que hacen no van más allá del simbolismo, que únicamente beneficia a los líderes que están en ese tren, en meras conquistas etéreas sin correlación con el mundo material.

Hace poco, el uruguayo Eduardo Galeano, uno de los intelectuales más influyentes en este mundo de los mitos y las leyendas de opresión y conspiraciones imperialistas reconoció que se había equivocado cuando hilvanó ese gran conjunto de ficciones que figuran en su obra cumbre “Las venas abiertas de América Latina”, que han servido durante los últimos cuarenta años para darle plataforma a demagogos y tanto otro falso revolucionario que ha prometido la liberación ya sea con las armas o con las herramientas del populismo, un elemento que nunca ha estado desprendido de las falsas democracias del sur.

Estos líderes predican con mucha facilidad las teorías del fracaso, las expresiones de lamento, los postulados apocalípticos y se adhieren patológicamente a mentiras comprobadas. Es lamentable cómo les gusta regodearse con sucesos del pasado y son ciegos frente a lo que ellos mismos están haciendo para perpetuar sistemas de dominación como el autoritarismo, la corrupción, la manipulación de la justicia y la democracia. Un ejemplo: hace mucho que Mark Lynas, el científico inglés que se convirtió en el apóstol de la lucha contra los transgénicos, reconoció públicamente que estaba equivocado y que jamás pudo demostrar empíricamente que estos productos causan daño al medio ambiente y al ser humano. Sin embargo, para los embaucadores de siempre queda mal cambiar de discurso y mucho más todavía decirle la verdad a la gente, que la receta de la prosperidad es totalmente distinta a lo que han predicado.

Hace poco estuvo en Santa Cruz,  James A. Robinson, uno de los autores del libro más respetado de los últimos tiempos “Por qué fracasan los países” e impulsor de la idea de la competitividad, concepto que no solo se aplica a las empresas, sino también a los países, pues se refiere a la capacidad de resolver problemas concretos de la gente. El Ministro de Economía, Luis Arce, estuvo con Robinson y en su cara le dijo que no le interesa esa manera de pensar.  Quedó muy claro.