viernes, 27 de diciembre de 2013

Coraje para cambiar

La justicia boliviana ha gozado de mala fama internacional desde siempre. La calificación más acertada de la manera cómo funcionan los tribunales bolivianos la dio una diplomática extranjera hace unos 15 años, cuando afirmó que en Bolivia en lugar de contratar un abogado lo mejor es arreglar con el juez. En aquella ocasión la representante dijo que los bolivianos deberíamos tener más coraje para cambiar. Es una pena que después de tanto tiempo sigamos llorando y con la impotencia de no haber podido cambiar absolutamente nada, con tendencia a empeorar las cosas.

Pero a la hora de calificar a la justicia no conviene ser tan tajantes, pues los jueces, fiscales, actuarios, magistrados y demás operadores pueden ser “buenos” o “malos”, dependiendo de qué lado estén.

Por ejemplo, si decimos que la justicia es una lágrima porque en tres años, más de treinta audiencias y el acoso de varios asesores ministeriales que se encargaban de meter calda y extorsionar, no fueron capaces de demostrar la culpabilidad de Jacob Ostreicher, realmente es como para dudar de la eficiencia del aparato judicial, al que ahora se pretende echar todo el fardo por la fuga del norteamericano, cuyo caso deja muy mal parado a todo el régimen en funciones.

Podríamos decir lo mismo del caso Bakovic, ciudadano al que la justicia no pudo declarar culpable pese a que lo fustigó con cientos de juicios promovidos por el Estado y al que durante años lo hizo peregrinar de una ciudad a otra hasta que lo mató de la manera más cruel. Pero nadie en el Gobierno lamentó ese grotesco espectáculo que nos brindaron los jueces, tan espurio como el que ofrecieron con Luis Cutipa, máxima autoridad de la coca en Bolivia y autor confeso del desvío ilegal de 45 toneladas, reportando millones de dólares provenientes, según algunas denuncias, de las mafias productoras de droga. El acusado, que fue imputado por sus propios compañeros de partido, permaneció detenido solo algunas semanas y hoy está reclamando su restitución en el cargo.

Obviamente la justicia no solo es una lágrima, sino un mal chiste cuando constatamos que todavía sigue muy lejos de la gente y que continúa con los mismos índices de corrupción y de retardación o cuando analizamos el “Caso Terrorismo”, pero en el Gobierno consideran que en este proceso en particular, no hay nada que objetar, pese a que la población ha estado presenciando en cuatro años, el oprobio más grande contra individuos que se mantienen presos, exiliados y perseguidos, con pruebas inventadas, con procedimientos torcidos y acusados por gente de la peor calaña moral y profesional. También se puede llorar por Leopoldo Fernández, por todos los perseguidos políticos para quienes la justicia, el Ministerio Público y toda la estrategia de control ha funcionado a la perfección, pero esa sería una confesión y lo que se pretende es simplemente apelar nuevamente a la farsa. Por desgracia, no hay coraje ni en la población y menos en los gobernantes.