lunes, 8 de diciembre de 2014

No es Mujica, es Uruguay

El presidente uruguayo José Mujica está por dejar la presidencia con un nivel de aprobación nunca visto en un mandatario saliente en América Latina, aunque muchos de sus compatriotas no saben qué hacer para aprovechar esa inmensa popularidad ya que en Uruguay no se permite la reelección.
Si bien uno de los beneficiados del arrastre de Mujica será su sucesor y correligionario Tabaré Vásquez, quien ganó las elecciones con relativa facilidad, la idea es capitalizar la fama ganada en el mundo por el exguerrillero, convertirlo en un atractivo turístico y llevar visitantes a conocer la humilde chacra donde vive, la peta Wolkswagen en la que se moviliza y la pobreza en la que se mantendrá luego de cinco años de haber ejercido como jefe de estado.
La propuesta es seria, sobre todo si hablamos de un país que ha logrado colocar al turismo como principal fuente de ingresos, pasando de los 400 millones de dólares anuales, a los dos mil millones en solo diez años, llegando a sumar en total, alrededor de 3,5 millones de visitantes, un número mayor que los habitantes de la denominada “Suiza sudamericana”. Mujica seguramente dirá que “todos están locos”, expresión con la que califica a los que se asombran por su sencillez y frugalidad, en un mundo en el que es “normal” el derroche, la corrupción y la ostentación, defectos que se suelen multiplicar entre quienes ejercen el poder político.
Lo más loco es que Mujica es más popular fuera del país que dentro de Uruguay y esto sucede porque estamos hablando una nación que tiene muchas más razones para enorgullecerse, además de tener un presidente dicharachero con hábitos de un monje franciscano.
En otras palabras, Uruguay no es un producto de Mujica, sino todo lo contrario, pues hablamos de uno de los países con mayor solidez institucional del continente, con los menores índices de corrupción, con niveles de estabilidad envidiables y las políticas sociales más progresistas, sin poner en esta lista a la legalización de la marihuana, una medida que los propios uruguayos aceptan que es una especie de prueba o ensayo que no podría haberse dado en otro país de la región, porque se hubiera prestado para la chacota.
Lo de Uruguay no es nuevo. Es el primer país que llevó adelante la separación de la Iglesia y el Estado; es pionero en el voto femenino; hace mucho que hizo las reformas políticas y económicas que han mantenido al país en medio de una isla de tranquilidad en Sudamérica y que han perdurado al margen de las oscilaciones del péndulo político que hoy está inclinado hacia una izquierda madura y democrática, muy alejada del histrionismo, el derroche y el talante autocrático que reina en el vecindario.
Los uruguayos que se enorgullecen de sus playas, la carne y el fútbol, dicen sin embargo que la realidad no es tan idílica como la suelen pintar los medios obnubilados por la figura de Mujica. Uruguay sigue siendo un país con preocupantes niveles de pobreza y que enfrenta los desafíos típicos de naciones en vías de desarrollo. Pero hay algo de lo que están seguros y es que van por el buen camino, que jamás van a renunciar al modelo político que han asumido, que la educación es la clave de la prosperidad y que el futuro económico depende de la habilidad de los propios uruguayos y no de un mesías como los que abundan en el continente y que hoy están en graves aprietos.