miércoles, 26 de septiembre de 2012

El caos como norma


Los medios de comunicación no sabían si eran cinco, seis o siete los departamentos aislados como consecuencia de los bloqueos de los cooperativistas mineros que exigen que el Estado les entregue la mina Colquiri, como si se tratara de un mercado, donde los comerciantes hacen de las suyas y apenas pagan unas moneditas de “sentaje” o “sitiaje”, esas formas que inventamos los bolivianos para ponerle parches a la miseria con el objetivo de que nada cambie.

El Gobierno no quiere dar el brazo a torcer pese a que pone en riesgo el voto de decenas de miles de cooperativistas, rabiosos y despiadados capitalistas que han sido sus aliados durante los últimos siete años. Las autoridades ya saben que la alternativa es hacer en Colquiri lo mismo que se hizo en Huanuni, la mina más grande de Bolivia, la que podría ser la más rentable, pero que gracias a las “soluciones salomónicas”, ahora tiene más de cuatro mil supernumerarios que la ponen en números rojos cada vez que baja unos puntos el precio del estaño.

Cuando el presidente les dijo a los indígenas del oriente que se oponían a la explotación petrolera “¿De qué vamos a vivir?”, obviamente no se estaba refiriendo al conjunto de los bolivianos, sino al Estado, más concretamente a quienes lo manejan, amenazados como nunca por las peleas entre mineros, el sector que ha protagonizado los más grandes cambios políticos en los últimos 100 años de historia boliviana. Por primera vez –y precisamente cuando los precios de minerales alcanzan niveles históricos-, los obreros de las minas están viendo la posibilidad de quedarse con la soga y con la cabra. El Gobierno sabe que al ceder en este caso, se vendrán más tomas de minas y en esas condiciones será difícil que el Estado siga funcionando.

Algunos opositores criticaron que, en medio de semejante crisis, el país haya quedado sin sus dos principales cabezas. Habría que responderles que los bloqueos son casi una señal de normalidad en el país y que ya no asustan a nadie y menos a quienes han sido los principales promotores de esa manera de hacer política. No estar en el momento preciso, dejar que los sectores sociales arreglen solos sus problemas aunque sea a dinamitazos, lavarse las manos y decir “yo no fui” cada vez que surja algo grave, parece ser la manera más práctica de administrar un país tan complicado, pero  nadie debe negar que este sea el mejor camino hacia la destrucción y el menos indicado para cambiar.

Ayer se leía un comentario sobre la “maldición de los recursos naturales” un fenómeno que no es exclusivo de Bolivia y que ha ocurrido en  países del primer mundo como Holanda, donde aprendieron la lección cuando la clase política hizo los cambios internos. Ese no parece ser el caso nuestro, donde el sistema clientelar tiende a perpetuarse y con él, también el rentismo y el extractivismo, el tercer componente de esta triada maldita. Desde este punto de vista queda aún más justificada la ausencia de los conductores, pues mientras más zafarrancho se arme, más profundas serán las huellas de esta condenación que cuadra perfectamente con casi todos los Gobiernos que ha tenido Bolivia.