lunes, 24 de septiembre de 2012

Tiempo al tiempo

Nadie quiere que a Bolivia le vaya mal. Todos lamentan que el país sea un “mendigo sentado sobre un sillón de oro”, que Potosí no salga de la miseria, pese a que un día fue tan importante como París o que el rentismo, el populismo y la demagogia estén tirando al tacho de la basura el periodo de bonanza económica más importante de la historia del país.

Lo lamentable es que haya personas, líderes, gobernantes  y sectores que traten de frenar el progreso de Santa Cruz, una región que estuvo aislada e ignorada durante más de 400 años y que prácticamente se hizo sola, después de que el centralismo secante le dio apenas una oportunidad de surgir, que en realidad fue una manera de salvar la viabilidad de Bolivia que se estaba yendo por el despeñadero del extractivismo occidental, modelo que los enemigos del oriente boliviano buscan perpetuar porque les sirve a sus intereses, que no han cambiado desde que llegaron los conquistadores españoles.

Resulta obvio que se busca aplastar a Santa Cruz porque existe el temor de que una nueva estructura económica nacional surgida a partir de esta región termine modificando las relaciones de poder en el país, como ocurrió en 1899, cuando el estaño sustituyó a la plata como medio de soporte del Estado colonial que continúa intacto pese a toda la cháchara del cambio que surge cada que alguien se entusiasma con los aleteos del andinocentrismo, un esquema que hace mucho está condenado a muerte y que no hace más que retrasar las posibilidades de surgimiento del país en su conjunto.

Pedirle a Santa Cruz que sea más audaz, que se anime a invertir en medio de la inseguridad y que doble la apuesta cuando se sabe que el árbitro juega en su contra, es una forma extraña de admitir el rol determinante que cumple esta región para el presente y futuro de Bolivia, precisamente cuando nada menos que en las calles del centro de la La Paz, dos sectores que representan los más patéticos engendros del Estado fallido boliviano (mineros cooperativistas y asalariados) se empeñan en “joder a Bolivia”, por usar un término que acaba de utilizar el gestor del Movimiento Al Socialismo (MAS) e ideólogo del presidente Morales, Filemón Escóbar, uno de los primeros en advertir el mismo papel destructivo que asumieron los cocaleros después de haberse encaramado en el poder.

El “proceso de cambio” está acumulando un saldo aún más nefasto para el futuro de Bolivia. Y para cuando el país termine de “cambiar” hará falta mucho trabajo de recuperación. Para entonces –y si es que Santa Cruz no se ha dejado asimilar por la onda expansiva de la destrucción-, las exigencias planteadas a esta región serán mucho mayores y tal vez todos terminen de aceptar que el futuro del país pasa por este lado del mapa y debe surgir desde aquí.

La llegada del tiempo de Santa Cruz no solo depende de que las élites andinas terminen de darse cuenta de que su propio tiempo ha terminado y que, al menos, tienen que cambiar de domicilio, sino también del surgimiento de líderes locales genuinos, con los principios y la valentía necesarios para construir y salvar a Bolivia desde esta parte del territorio. Mientras nuestros dirigentes no hagan más que medrar con las migajas que les deja el centralismo, sólo conseguirán prolongar la agonía, la propia y la del viejo Estado fallido.