miércoles, 30 de octubre de 2013

Bolivia y Afganistán

No debería molestar solo el hecho de que comparen a Bolivia con Afganistán, algo que en reiteradas ocasiones han hecho analistas nacionales, que incluso han advertido del peligro de que nuestro país termine como Somalia, nación africana donde desapareció casi todo vestigio de Estado, de ley, de sociedad y que hoy está en manos de piratas y ladrones, tan inescrupulosos y ruines como los narcotraficantes.

Lo que debería llamarnos la atención también es que el mundo esté volcando su mirada al lado oscuro de Bolivia, un país que, como dice el presidente Morales “antes no existía” en el contexto internacional, pero que de pronto despertó curiosidad por los cambios que anunció la llegada al poder del “indigenismo”, una causa que siempre genera interés en las plateas. La diferencia es que así como muchos bolivianos han caído en cuenta aquello fue nada más que un disfraz, los grandes reflectores mundiales están ahora pendientes de lo negativo del “proceso de cambio”. Y citar a Afganistán no es un mero detalle, pues detrás de esas alusiones imperialistas suena la propuesta de la “intervención”.

Dejemos de lado los intereses que pueda tener una visión como la del Wall Street Journal y las rabietas que pueden surgir en el Gobierno del MAS, donde algún desubicado seguramente propondrá meter juicio y tratar de forzar una retractación, tal como se ha pretendido con la revista Veja.

Ni el régimen talibán ni los revolucionarios bolivianos tienen en mente llegar a un estado de desintegración social y estatal como el que ocurre en el país asiático o en Somalia. Al menos habrá que creer que no lo han planificado de esa manera, porque de lo contrario habría que salir escapando cuanto antes y proteger a las futuras generaciones de lo que les espera.

Tanto los talibanes, fieles creyentes del Corán y nacionalistas al extremo, como los gestores del proceso de cambio tienen buenas intenciones, loables utopías y excelentes visiones sobre el destino que quisieran para el país y su gente. Pero los países no se construyen con teorías y lamentablemente sí se pueden destruir por la necesidad enfermiza de adaptar la realidad a esos supuestos ideológicos mesiánicos que terminan imponiéndose a la fuerza.

Y lamentablemente la “talibanización” de Bolivia no solo supone la construcción de un complicado y manipulado sistema de creencias, sino lo que es peor, un retorno al pasado, con la aplicación de metodologías y procedimientos deshumanizantes que corren el riesgo de llevarnos a un aislamiento.

El otro factor común es la permisividad con el delito. Curiosamente, los talibanes, supuestamente portadores de la más cultivada ética religiosa que manda lapidar a las mujeres adúlteras y a las que se niegan a usar el velo islámico (en el Chapare linchan y entierran vivos a los presuntos ladronzuelos) se han convertido en aliados de los traficantes de opio, economía que ha sido puesta por encima de la productividad del país y del que debería ser su principal fuente de ingresos –el gas-, con una de las reservas más grandes del mundo.

Insistimos. No es que los talibanes –antiimperialistas, antioccidentales y fundamentalistas-, se hayan propuesto destruir su país y conducirlo a la anomia, a la desintegración institucional y legal y que se hayan empecinado en construir un sistema de cosas anacrónico, violento y connivente con el delito. Esas fueron consecuencias del propósito de fundar una nación antidemocrática que le permita a una élite de “iluminados” eternizarse en el poder.