lunes, 14 de abril de 2014

Diálogo, realidad y alucinaciones


La prolongada jornada de diálogo que finalmente se dio entre el oficialismo y la oposición en Venezuela, nos hizo recordar a los bolivianos, aquella reunión que sostuvo el presidente en enero del 2008 con todos los prefectos del país, cuando el mandato de Evo Morales atravesaba por momentos críticos, luego del fracaso de la Asamblea Constituyente y la efervescencia del movimiento autonomista.

 La clave del encuentro era el “diálogo sin concesiones” y en la reunión hubo mucha cordialidad, una aparente voluntad de escuchar al otro, corregir errores y se hicieron promesas de convivir pacíficamente.  Recordemos que en esa reunión estuvieron los prefectos, de La Paz, José Luis Paredes; de Cochabamba, Manfred Reyes Villa; de Santa Cruz, Rubén Costas; de Beni, Ernesto Suárez; de Pando, Leopoldo Fernández y de Tarija, Mario Cossío, por mencionar solo a las autoridades opositoras.

Meses después, el prefecto pandino estaba preso y casi todos los demás huyendo luego de que el oficialismo los destituyó mediante una ley inconstitucional y desató contra ellos una verdadera cacería parajudicial, mediante procedimientos típicos de una dictadura. De esa manera, cientos de autoridades municipales, cívicas y municipales, fueron perseguidas y apartadas de sus cargos y nunca más hubo “diálogo”, entre comillas, porque en realidad todo fue una farsa.

El presidente venezolano Nicolás Maduro les dejó muy claro a los opositores que él no tiene por qué dialogar con ellos por tres simples razones que fueron machacadas hasta el cansancio durante las seis horas de encuentro. Primero, porque si bien reconoció que Venezuela no es “el país de las maravillas” es algo muy parecido a eso y que todas las denuncias de escasez, de desabastecimiento, de inseguridad, de autoritarismo, corrupción, inflación y mal manejo económico son puras alucinaciones de la gente que no reconoce a la revolución bolivariana y sus inmensos logros que supuestamente figuran en una cifras totalmente contradictorias a las que manejan los disidentes, con datos del Banco Central de Venezuela.

En segundo lugar, Maduro no dialoga y simplemente cumple un ritual en el que insiste en su monólogo, porque afirma y una y otra vez que los actos de protesta que se vienen produciendo desde hace dos meses en Venezuela, son en realidad actos de terrorismo, a los que amenaza con seguir reprimiendo, amparado –dice él-, en la Constitución de su país.

Por último, Maduro simplemente asiste a un acto mediático para hacerles saber a sus detractores que se siente más seguro que nunca porque goza del respaldo incondicional de las Fuerzas Armadas, que entre otras cosas, le ayuda a capear una crisis política originada en un dudoso triunfo electoral que sin embargo, le ha impedido mantener la cohesión de su partido y el secuestro pleno del andamiaje institucional, como sucede en cierta forma en Bolivia, con la aparición de los librepensantes por un lado y las disidencias en el seno del Órgano Judicial donde se han originado críticas y sobre todo el bloqueo a ciertas leyes claves para mantener el esquema de persecución.

En Venezuela el diálogo tardó 15 años en llegar y viene cuando el régimen chavista atraviesa problemas que Maduro piensa que puede controlar, algo que algunos creen que se trata de sus clásicas alucinaciones. El populismo boliviano no tiene los mismos problemas, pero podría tenerlos. Todo depende de la realidad que se imponga en Venezuela.