lunes, 27 de julio de 2015

¿Acaso sirve el diálogo?

El diálogo parece ser la llave mágica para la solución de los conflictos, pero en Bolivia no significa absolutamente nada, de lo contrario nuestro amado país estaría en mejores condiciones. Tantas veces hemos dialogado y seguimos con los mismos problemas heredados de la colonia.
Hablar así parece una blasfemia, pero en realidad la “democracia” tampoco significa mucho, al igual que “participación”, “inclusión”, “cambio” y muchos otros términos que se han estado manejando últimamente y que se han devaluado completamente porque se han vuelto huecos.
En Bolivia casi siempre se dialoga bajo presión, en situaciones de emergencia o para mejorar la imagen de autoridades superadas y cuestionadas por su ineficiencia. En esas circunstancias, los gobernantes aprueban todo, aceptan lo que no podrán cumplir y firman todas las mentiras que les pongan al frente con tal de salir del atolladero. La parte contraria no se hace problemas y posa para la foto ya que el objetivo es la capitalización política, la sensación de triunfo que se traduce en notoriedad y ascenso en los peldaños de la politiquería criolla.
En Bolivia solo se dialoga con los que aplauden y aprueban todo; con los sindicatos, movimientos sociales, gobernadores y alcaldes del partido, que dicen sí a cualquier cosa a cambio de su respectivo chequecito. A eso le dicen participación; eso es “gobernar obedeciendo al pueblo”, cuando en realidad es el mismo centralismo, aquel que viaja en su helicóptero por todos los pueblos, imponiendo sus propias prioridades, que siempre pasan por obras faraónicas, grandes contratos y elefantes blancos que ayudan a ganar elecciones pero que no cambian la vida de la gente, porque no son obras productivas, construidas en base a las necesidades y menos todavía sobre el diseño de planificaciones estratégicas que obedezcan a políticas públicas de alto impacto social y económico.
Ni la democracia, ni el diálogo o la participación funcionarán en Bolivia mientras no funcione la república, la división de poderes, el control del Estado, la justicia y las instituciones llamadas por ley para fijar las prioridades, para diseñar proyectos, para fiscalizar y establecer relaciones maduras y sanas con la gente; cuando se supere el clientelismo y se reduzca el enfermizo centralismo, que jamás acudirá a Potosí o a cualquier otro lugar a atender las verdaderas necesidades y solucionar problemas reales como el empleo, la producción, la salud o el saneamiento.
Precisamente en Potosí la clase política ha estado dialogando todos estos años con los mismos actores que han mantenido al departamento en la misma situación desde que se descubrió el Cerro Rico y que hoy buscan respuestas de siempre: minería, extractivismo, prebendas, monoproducción, subsidios, estado paternalista, todo menos el cambio del patrón productivo, la diversificación y la búsqueda de otra mentalidad que les ayude a los potosinos  y a los bolivianos en general, a avanzar aun cuando sea un paso en esta historia de tantos fracasos.