jueves, 23 de julio de 2015

Que vivan los conflictos

Con tanto “callo conflictivo”, las protestas, huelgas y bloqueos en Bolivia parecen tener una suerte de protocolo, así como tienen su propia terminología (“paro movilizado”, “hasta las últimas consecuencias” y “tensa calma”), sus procedimientos y sus maneras patentadas (costura de labios, tapiadas y crucifixiones, aunque las huelgas de hambre siguen siendo “de pliqui”). Pese a que los potosinos supuestamente aceptaron dialogar con los ministros, ya nomás surgen los detalles que demoran el inicio de las conversaciones. Entre ambos sectores se ponen objeciones, se llenan de “peros” y “conques” con tal de dilatar el asunto, pues mientras más se prolongue, la ganancia es suculenta para la politiquería boliviana. Los dirigentes sindicales suelen ganar mucho, pues la exposición mediática es importante y mientras más los insulten mejor para ellos. Ahí lo tienen al presidente, el mejor ejemplo de lo que un sindicalista puede alcanzar “a puro conflicto” y con la aplicación de toda la “nomenclatura huelgueril” acuñada durante tanto tiempo en este país que lleva ya 190 años “resolviendo problemas”. Pero no hay duda que el más beneficiado por todo es el caudillo de turno, pues con lo que está pasando se refuerza la idea de que en Bolivia nadie puede conseguir nada a menos que hable con el jefe. Al diablo la ciudadanía.