jueves, 30 de octubre de 2014

Crisis de liderazgo en el nuevo milenio


La crisis de liderazgo de la que tanto se habla no es solo local, ni nacional o continental, es mundial. La irrupción del papa Francisco, por ejemplo, ha sido como un vendaval de aire fresco, que inspira, que motiva y que brinda esperanzas a una generación que luce exasperada por una crisis económica de la que parece imposible salir; que se indigna porque las élites no responden a los retos del nuevo milenio y que luce atemorizada por el recrudecimiento del terrorismo y el florecimiento de nuevos nacionalismos que amenazan con causar división en los países.
América Latina ha sido privilegiada porque en este inicio del Siglo XXI cuenta con dos elementos históricos que coinciden de manera inédita e irrepetible. En primer lugar, un ciclo económico de bonanza nunca antes experimentado, con ingresos públicos récords, que les permiten a los estados conseguir cierta autonomía en la atención de problemas estructurales, lograr niveles de soberanía y alcanzar un periodo de estabilidad política poco frecuente en casi 200 años de trayectoria republicana.
El segundo componente es la irrupción de una generación de líderes que ha conseguido, como nunca, insuflar confianza en la población. Son dirigentes genuinos, surgidos desde abajo, que ya no tienen las heridas de la dictadura porque no vivieron esa época o porque las han superado y que estaban llamados a avanzar sobre las contradicciones de una democracia que había logrado consolidarse en lo formal, pero que necesitaba dar el paso a la inclusión y sobre todo, en la construcción de un sistema institucional sólido, capaz de contribuir en la edificación de un apartado productivo que ahuyente los males endémicos de nuestros países: la fragilidad, el rentismo y la dependencia de los factores externos y de la explotación de los recursos naturales.
En el plano político, esos líderes tenían la misión de combatir el caudillismo, construir instrumentos de participación sólidos, con la capacidad de reproducir no solo el poder, sino la vocación, la autoridad y las ideas para ir avanzando el perfeccionamiento de una democracia joven y moderna que está llamada a globalizarse y competir en un contexto internacional cada vez más exigente. Esas figuras debían combatir el centralismo, el peor de los males del continente, que en realidad es el padre del caciquismo, la administración clientelar, el estatismo, la corrupción y el corporativismo que mantiene secuestrado al sistema democrático desde su nacimiento.
Esos mismos líderes, ratificados con el voto popular recientemente; algunos de manera abrumadora y otros con muchas dificultades, están enfrentando un nuevo desafío que los encuentra si haber aprovechado como correspondía ese capital político y económico. En este momento, deben encarar también la amenaza del final de un periodo de vacas gordas y el posible advenimiento de una crisis y cuando menos circunstancias algo más complicadas.
La población más necesitada, aquella que ha estado beneficiándose de los bonos, los subsidios y el derroche en el que han incurrido estos líderes intuyeron muy bien la manera cómo debían responder ante la nueva situación y han decidido ratificarles el mandado a los líderes populistas, porque no tienen otra salida que aferrarse al prebendalismo y la repartija, pues no hubo quién construya un aparato productivo vigoroso, empleo sostenible y visión de largo plazo. El riesgo es que América Latina vuelva a quedarse sin la soga y sin la cabra.