miércoles, 13 de abril de 2011

“Ojalá que esta experiencia sirva”

¿Qué es lo no se ha prometido en materia de lucha contra inseguridad? ¿Cuántos planes han diseñado para enfrentar este problema? ¿Qué es lo que todavía no ha ocurrido en esta ciudad abierta de par en par al crimen? Obviamente, nunca antes una autoridad de la jerarquía del gobernador Rubén Costas había sido blanco de la delincuencia y esel mismo mandatario el que paradójicamente exclama desde la cama de una clínica, después de haber salvado su vida por un milagro: “Ojalá que esta experiencia sirva”.
Rubén Costas habla como un ciudadano común, como todos aquellos que diariamente son víctimas de atracos, de robos y de ataques violentos, hechos que no consiguen sacar las autoridades de la pasividad frente un problema que se lleva vidas humanas, destruye familias y el patrimonio de personas que trabajan y producen para lograr su bienestar. Gracias a Dios el Gobernador se recupera y puede hablar y protestar por todos. Seguramente ahora también tendrá todo el ánimo para comenzar a cambiar la historia de Santa Cruz, una capital cuyas estadísticas de criminalidad han comenzado a llamar la atención de la prensa extranjera, que reporta azorada el florecimiento de carteles internacionales de la droga que cometen asesinatos y ajustes de cuentas en plena vía pública.
El grito del Gobernador puede servir por supuesto, para que se acaben esas jugarretas llamadas planes de seguridad que nacen y mueren en una sola noche y que son promovidos desde el Ministerio de Gobierno simplemente como una estrategia mediática. Lo sucedido con Rubén Costas debe provocar vergüenza en la Policía, politizada, abocada casi exclusivamente a los afanes de persecución política del régimen, corrompida por el narcotráfico y absolutamente desentendida del sufrimiento de la población que se las ingenia como puede para protegerse de los criminales. Ojalá se acabe esta actitud infantil del Gobierno central que se niega a coordinar y cooperar con las regiones porque en el fondo parece disfrutar de lo que ocurre, no sólo porque tiene la oportunidad de debilitar a las autoridades locales de la oposición, sino porque la inseguridad termina convirtiéndose en funcional al sistema autocrático violento y represor.
Todo en la vida tiene un propósito y habrá que aprovechar el grave incidente del Gobernador cruceño para actuar de una vez por todas contra ese tumor llamado cárcel de Palmasola, paraíso de la injusticia, un verdadero infierno donde los criminales “perfeccionan” sus habilidades y donde reclusos y policías han establecido sus propias reglas que determinan en gran parte la situación de intranquilidad en la que viven los vecinos de todos los barrios. ¿Hasta cuándo vamos a soportar ese oprobio que nos amenaza, nos mata y nos mantiene en un miedo constante? ¿Tiene que morir alguien? ¿Quién?
La inseguridad es todavía un problema manejable en Santa Cruz, pero atacarlo con firmeza depende de una reacción que involucre al conjunto de la sociedad. Depende de los políticos, de la Policía, de las empresas y los ciudadanos. Se trata de decidir si vamos a soportar para siempre una Policía corrupta e ineficiente, unas autoridades complacientes con el crimen y sin interés por el bienestar de la gente. El asunto es optar por una ciudad encaminada a la insostenibilidad por la vía de las mafias y el crimen organizado o por una comunidad donde se puede vivir, trabajar y salir por las calles en paz.