viernes, 19 de agosto de 2011

Manual de supervivencia

El otro día me subí a un micro y pude ver que en la parte superior del
parabrisas, junto a la imagen de la Virgen de Urkupiña, la tarjeta con
la que marca la hora y otros objetos, el conductor ostentaba sin
disimulos un generoso rollo de papel higiénico. Claro, pensé, los
micreros viven pegados al volante y el papel es parte de su manual de
supervivencia.

No me canso de repetirles a los estudiantes que, en el mundo de hoy,
el manual de supervivencia de un buen profesional pasa por –además de
tener el título por supuesto-, dominar perfectamente el inglés, saber
trabajar en equipo, manejar las nuevas tecnologías y sobre todo,
desarrollar la virtud de la flexibilidad, que equivale a convertirse
en autodidacta para aprender una nueva materia o adquirir una destreza
en un abrir y cerrar de ojos.

La semana pasada, a más de uno habrá dejado estupefacto la opinión de
la Fundación Jubileo que indica que en la Bolivia actual, el manual de
supervivencia pasa por ser contrabandista, narcotraficante, chutero,
invasor de minas o cocalero, ya que, como nunca, está proliferando la
economía ilegal, mientras que a los productores legales los tienen
acorralados.


Eso no me sorprende mucho. Yo viví mi adolescencia en los años 80, en
pleno auge de los pichicateros que se nos metían hasta en la sopa. A
veces me daba “codi” ver a algunos chicos, quinceañeros como yo,
andando en sus brutales BMW y Honda Accord, mientras que yo no me
bajaba de los micros o le metía a pata a mis clases de inglés en el
CBA. Mi padre me pedía paciencia y sobre todo, mantener intacto mi
propio manual de supervivencia. Lo mejor era esperar a ver cómo
acababan aquellos que habían optado por la “vía rápida”. Él tuvo
razón. A esos pichicaterillos les duró muy poco la “felicidad” y en
muchas ocasiones se les transformó en desgracia. Afortunadamente, mis
viajes en micro son muy ocasionales. Los hago en emergencias y a veces
para inspirarme.