martes, 10 de julio de 2012

La voz y acción de la Iglesia

Es paradójico que se hable tanto de golpe de Estado estos días, justo cuando están por cumplirse 32 años del peor atentado contra la democracia que se haya producido en la historia del país.

Ocurrió el 17 de julio de 1980, cuando la mayoría de los que hoy nos gobiernan andaban soñando con cambiar el mundo en las aulas universitarias o daban soplidos inocentes en las fiestas populares, absolutamente ausentes de lo que estaba ocurriendo en las calles, repletas de tanques, paramilitares, toque de queda, desapariciones y allanamientos y asesinatos en sedes partidarias y sindicales.

Fueron tiempos en los que las botas invadieron los medios de comunicación, los pocos que seguían clamando por el cese de la violencia. Uno de ellos fue radio Fides, cuyos micrófonos eran una constante exhortación a terminar con el abuso que se ejercía desde un Gobierno que recomendaba andar con el testamento bajo el brazo. La emisora, al igual que la radio San Gabriel, fue destrozada y una de sus figuras principales, el sacerdote Luis Espinal, fue torturado y asesinado con salvajismo.

Tres meses después de aquel golpe, el 8 de septiembre, la Conferencia Episcopal de Bolivia publicó la carta pastoral "Libertad y Dignidad", que  denunciaba  la "represión en contra de muchos sectores de la población civil". El documento no tenía reveses ni medias tintas y directamente hablaba de "la muerte violenta de ciudadanos, apresamientos y torturas físicas y psicológicas, allanamientos y robos, destrucción de instalaciones radiales y de otros bienes, persecución y amenazas aún a personas sin culpa, despidos masivos de empleados y obreros, negación de salvoconductos a asilados en Representaciones Diplomáticas, confinamientos, destierros y otros abusos".

Esa carta pastoral fue distribuida y leída en todas las parroquias del país. Su distribución no fue nada fácil. Curas, monjas y laicos comprometidos desafiaron el rigor del toque de queda y disfrazados de pordioseros y vendedores ambulantes llegaron desde la imprenta hasta cada una de las parroquias, que por ese entonces ya se habían convertido en refugio de muchos perseguidos por la dictadura, entre ellos el histórico dirigente sindical y cofundador del MAS, Filemón Escóbar, un férreo crítico de la Iglesia por su formación marxista, pero que halló cobijo y protección en la institución eclesial.

Durante la dictadura garciamesista, el Arzobispado de La Paz creó una oficina especial para atender a las familias de personas detenidas que buscaban información. Una comisión integrada, entre otros, por el obispo auxiliar de La Paz, Julio Terrazas, y actual cardenal de Bolivia, se encargaba de visitar a los presos políticos. El régimen hizo todo lo posible para dificultar el trabajo de la comisión y solo el sacerdote Nino Marzoli recibió el permiso para recorrer diversos lugares del país donde había cientos de detenidos. 

Uno de los más fervientes luchadores contra la dictadura fue el Arzobispo de La Paz, Jorge Manrique, recordado por su valentía al salir al cruce de los tanques que atemorizaban a la población. En una de sus más importantes intervenciones públicas dijo: "Tengo el deber de condenar los atropellos que se cometen y el propósito de acallar la voz de un pueblo como el boliviano, sencillo y patriota, que demanda justicia y bienestar social". Lo dijo después de haberle reclamado al Ministerio del Interior, al mando del temible Arce Gómez, por la muerte de ocho dirigentes del MIR a manos de paramilitares que trabajaban para el régimen.

Si el Gobierno llama golpista a la Iglesia lo hace por ignorancia o por mala fe. Ojalá que sea por lo primero. De cualquier forma, es difícil que un dictador acalle esta enérgica voz.