miércoles, 4 de julio de 2012

Un golpecito aquí y otro más allá

La paranoia que envuelve al Gobierno sobre la amenaza de un golpe de estado se está poniendo “de atar”. Sospechar de los policías vaya y pase, porque van armados. También se puede temer de los indígenas, porque son muchos y las cosas que están padeciendo por culpa de la soberbia gubernamental es como para soliviantar a cualquiera. Si los marchistas no han “prendido la mecha” es porque el golpe no figura ni remotamente entre sus planes y se han cuidado lo suficiente para no ser los “tontos útiles” de algún aventurero. Por último, si en estas condiciones no se ha dado todavía un golpe, que en Paraguay tomó menos de dos horas, es porque el Gobierno tiene el peso, la fuerza y el respaldo suficiente para repeler cualquier reventón. Nadie debería meterse debajo de la cama por eso. Pero el colmo es que últimamente se esté sospechando hasta de un cura con un largo testimonio de lucha contra los golpes, porque ha tenido que vivir en carne propia las consecuencias de violencia y atropello. El sacerdote acusado de golpista ha dejado ver que el Gobierno está en manos del chisme y las habladurías que le meten al presidente, a quien le ha recomendado no dejarse llevar por todas esas maniobras que surgen de su alrededor.