jueves, 5 de enero de 2012

El poder de las cosas simples

La mayoría de los propósitos que uno se hace el primero de enero
suelen morir el día dos. ¿Por qué? Son demasiado difíciles. A una
persona normalmente le ha costado toda una vida llegar a acumular
todos esos kilos demás y bajarlos en un mes o dos, resulta imposible.
Cuántas veces hemos postergado esa maestría o ese curso de inglés  y
ni siquiera nos atrevemos a dar el primer paso, cuando en realidad ese
debería ser el gran propósito de alguien que intenta salir de la
modorra y la mediocridad.

Un paso, algo muy simple, he ahí la clave. El otro día reflexionaba
acerca del “Día Mundial del lavado de manos” (15 de octubre), fecha
instituida por la ONU para concientizar sobre algo tan simple, pero
que sería capaz de salvar millones de vidas humanas en el mundo. Sólo
en Bolivia, por ejemplo, más de la mitad de las muertes por diarrea y
enfermedades respiratorias agudas (que son la mayoría) podrían
evitarse con ese sencillo mecanismo. Imagínese que un político, ese
mismo que prometió convertir a Bolivia en Suiza en diez años, se
hubiera propuesto, en cambio, enseñarles a todos los bolivianos a
lavarse las manos adecuadamente. Hoy sería, sin duda alguna, el mejor
presidente de la historia por haberles salvado la vida a muchos niños.

Uno de los trucos para cambiar el mundo, que es la aspiración que
comparten casi todos los seres humanos, es precisamente empezar por
las cosas simples. Sonreir, saludar afectuosamente, recordar los
nombres de los que nos rodean, agradecer, pedir por favor, escuchar
atentamente y disculparnos con razón o sin ella. A lo mejor eso le
parece muy tonto y es verdad. Es ridículo que nuestros padres,
nuestros maestros y nuestros líderes no nos hayan enseñado ni siquiera
a lavarnos las manos.

Ah, lo de bajar de peso o aprender inglés no debería ser sólo un
propósito; es una cuestión de supervivencia.