jueves, 30 de agosto de 2012

El vuelo del colibrí

El colibrí es una de las aves más pequeñas del mundo. Mide seis centímetros y apenas pesa 20 gramos, menos que una cucharada de azúcar. En esa miniatura, la naturaleza ha sido capaz de poner en práctica la ingeniería de vuelo más sofisticada que se puede imaginar. Los colibríes pueden batir sus alas 70 veces por segundo. Gracias a un movimiento único y muy complicado, pueden volar hacia atrás y mantenerse inmóviles en el aire para permitir que su finísima lengua pueda llegar hasta el fondo de las flores y extraer el néctar.

El colibrí casi no duerme, se la pasa volando todo el tiempo y puede consumir su propio peso en néctar todos los días. Solo una sobredosis de glucosa como le asegura una actividad muscular tan compleja e intensa. Desde el punto de vista del “costo-beneficio” inmediatista con el que estamos acostumbrados a medir las cosas los mortales, el colibrí es, sin embargo, un monumento a la “ineficiencia”, pues dedica demasiado esfuerzo y recursos para conseguir su comida. Pero las leyes del colibrí son muy distintas. Como se sabe, este pajarito y casi todos los insectos, son los responsables de que el mundo no se convierta en un desierto, pues se encargan de la reproducción de las plantas. Y todo lo hacen gratis o cuando mucho siempre terminan “tas a tas”.

En realidad todo en la naturaleza es gratis. Algunos economistas han llegado a medir la rentabilidad que nos ofrece cada día la biodiversidad y no alcanzaría la plata del mundo para compensarla. Ni siquiera es suficiente para pagarles a todos los colibríes que andan volando por todos lados, ofreciendo un servicio invalorable. Apuesto a que no sabías el inmenso valor que había tenido lo gratuito. Es muy distinto a lo que siempre nos han enseñado.