miércoles, 11 de mayo de 2011

Adiós a una demócrata


Duele cuando muere una demócrata. Duele cuando  se va una incansable defensora de las libertades ciudadanas, que luchó por mantenerlas cuando acechaban en el país fuerzas que pretendían desterrarlas para siempre e instaurar una dictadura de largo aliento. Duele cuando los ideales de Lidia Gueiler Tejada están en riesgo otra vez. Duele que esta valiente mujer no haya podido ser testigo de la consolidación del estado de derecho en Bolivia y que precisamente hoy, esté en marcha un proceso político cuya finalidad es destruir la democracia y las leyes y someter a la población a un régimen autocrático.

Lidia Gueiler, la primera mujer que ocupó la presidencia de Bolivia, comenzó a luchar por la democracia desde la clandestinidad; fue detenida, exiliada y también sufrió los horrores del golpismo y el abuso de las dictaduras militares que interrumpieron tantas veces el lento y sacrificado trabajo de construcción del sistema democrático en Bolivia.

Semejante golpes no cambiaron las convicciones de Lidia Gueiler. Asumió el poder en uno de los momentos más delicados de la vida del país, cuando estaba por conseguirse finalmente el gran consenso nacional dirigido indeclinablemente hacia la democracia y que fue interrumpido torpemente por la peor calaña de sujetos vestidos de uniforme que hayan anidado en las Fuerzas Armadas y que condujeron al país por un sendero de muerte, represión, abusos y narcotráfico.

El mayor anhelo de Lidia Gueiler era precisamente convertirse en la gran bisagra de la historia contemporánea de Bolivia, aquella que hubiera permitido cerrar definitivamente las negras páginas de la dictadura y el autoritarismo e inaugurar un proceso irreversible de construcción de un modelo democrático de profunda raigambre social, pluralista, respetuoso de las leyes y concentrado en la solución de los problemas estructurales que lamentablemente hoy siguen aquejando al país. Esa frustración originada en el golpe de estado de 1979 la llevó hasta su muerte, pues en los últimos años de su vida no sólo fue testigo del rebrote de la inestabilidad política, sino también del fuerte retroceso que ha experimentado la democracia recientemente, por la irrupción de un movimiento que pretende involucionar hacia la dictadura.

Lidia Gueiler perteneció a una generación de políticos de fuertes convicciones, de gran vocación de servicio y un indeclinable espíritu conciliador. Eran líderes que no buscaban el enriquecimiento personal, que nunca aspiraron a perpetuarse en el poder y que pusieron por delante los intereses del país a las conveniencias de su grupo, sindicato o su partido. Las heridas “de guerra” nunca consiguieron torcer su fe en los métodos democráticos, en el diálogo y la búsqueda de unidad. El resentimiento jamás anidó en ella y sus heridas se convirtieron en cambio, en fortaleza para seguir luchando por la búsqueda de un país basado en consensos y no en imposiciones.

Desafortunadamente hoy se quiere negar que en Bolivia mucha gente luchó incansablemente por mantener la vigencia de la democracia; pretenden hacer creer que todos los políticos y líderes del pasado fueron malos y que todo lo que hicieron fue negativo. Afortunadamente las nuevas generaciones pueden contar con testimonios como el de Lidia Gueiler para inspirarse y persistir en su utopía.