martes, 19 de junio de 2012

El fracaso moral

No es novedad que Bolivia fracase en los campos político y económico. La democracia boliviana es demasiado joven como para aspirar a los grandes logros que han conseguido países que tuvieron que superar muchos traumas hasta llegar a la conclusión de que el pluralismo, la libertad y las normas son el único camino hacia la convivencia pacífica. De hecho, en Bolivia estamos atravesando por un nuevo experimento autocrático que parece desconocer todo el reguero de errores que se han cometido en el pasado.

En este sentido, nadie puede hablar de involución, pero sí de un estancamiento que nos lleva a repetir viejos vicios de la política como el populismo, la demagogia, la injusticia, el abuso, la corrupción, la ineficiencia y un largo etcétera que presenciamos todos los días con tintes abrumadores.

Lo que preocupa, porque se trata de un fenómeno que se agrava y que puede condenarnos a la ruina total, es el fracaso moral al que nos está conduciendo el relativismo y la pérdida de valores sociales fundamentales, que nos aleja de las reglas básicas que rigen la conducta de cada uno de los bolivianos.

Poner en duda la educación como base del progreso de los pueblos, hacer apología del soborno y poner todo un Estado al servicio de intereses oscuros, sin importar la destrucción de los medios que garantizan la supervivencia de pueblos enteros, es renunciar a la posibilidad de construir un país basado en principios que nos pueden asegurar la paz y la equidad. Por último, reivindicar el papel de grupos con procedimientos mafiosos que se dedican a explotar ilegalmente la minería es renunciar casi definitivamente a una visión ética de la sociedad.

Queríamos resultados inmediatos en la lucha contra la corrupción, pero nos hemos olvidado del proceso y de los mecanismos que hay que poner en marcha para asegurar la limpieza de la administración pública. Cómo vamos a avanzar, si el compadrerío y el aval político soy hoy más que nunca las claves para asegurarse un puesto de responsabilidad en las instituciones del Estado, donde no se toman en cuenta los méritos, donde se puede llegar a ministro de Salud sin importar que haya tardado 27 años en graduarse y obtenido el título de forma muy dudosa.

Aceptemos que un imprudente magistrado del Tribunal Constitucional diga que la coca es lo mejor para impartir justicia, pero lo que hiere la moral es que la Asamblea Legislativa en pleno, salga a respaldar sus afirmaciones y diga que ese método tiene asidero constitucional.

Todas las instituciones estatales  han perdido el rumbo y se encuentran sumergidas en el fango espurio de la inmoralidad, que las convierte en capaces de hacer y permitir cualquier cosa. Observemos los fallos judiciales, las determinaciones que toman los fiscales, convertidos en los sicarios del control político. Veamos lo que pasa en la Policía, donde se ha perdido todo vestigio de institucionalidad, al igual que  las Fuerzas Armadas, marionetas al servicio de los caprichos del poder político.

En la Aduana Nacional están convencidos que un bolígrafo-grabadora es la gran respuesta para derrotar al contrabando. Ese es el tamaño del simplismo con el que se abordan los asuntos centrales de este país. Nadie ataca lo estructural, lo básico.  Hablamos de revolución, pero nadie se ha planteado que la verdadera revolución es moral y no solamente política.