viernes, 22 de junio de 2012

Los mil y un consejos

Mi hija se acaba de ir a un campamento de trabajo. Pasará nueve días macheteando, cocinando, arreglando muebles, limpiando baños y acomodando todo lo que haga falta en una comunidad muy pobre cercana a Santiago de Chiquitos.

Es la forma que tienen los religiosos del colegio Marista de hacerles pisar tierra a los chicos de la promoción, que normalmente prefieren irse a Punta Cana o Cancún como viaje de despedida de la secundaria. Las recomendaciones son muy estrictas: serán nueve días sin celular, sin Facebook, sin hamburguesas, sin mamá ni papá. Y aunque usted no lo crea, sin ositos de peluche, porque a los 17 años muchas chicas todavía se comportan como bebés de pecho.

En la casa se estaban volviendo insoportables las letanías dirigidas hacia la chica. Que cuidado, que ojo, que precaución, que si las víboras, el agua, la comida, el frío, los pies, la lluvia, la noche, el día. Los abuelos rezando e implorando para que no le pase nada malo a la nena. La mamá ahogada en pena porque se imagina una aventura al estilo Indiana Jones para su pequeña, a la que considera incapaz de untarse un pan con mantequilla.

En medio de todo surgen algunas reflexiones sesudas sobre los adolescentes y su aburguesado estilo de ver la vida, convencidos de que lo merecen todo y que sus padres son algo así como sus esclavos que tienen la obligación de darles todo sin exigir nada a cambio, ni siquiera buenas notas.

Obviamente yo también me sumé a toda esa andanada de consejos y reflexiones que terminaron por aturdir a la chica. Antes de que suba al bus que la llevaría a su destino, mi hija me puso cara de hastío cuando le dije que le daría un último y único consejo que superaría a todos los anteriores: “usá tu cabeza”.