jueves, 14 de junio de 2012

La quinua y las alasitas

A los bolivianos, a unos más que otros, nos gustan las alasitas. Todo en pequeñito. Parece que nos asusta pensar en grande y cada vez que alguien quiere ponerse los pantalones largos, se lo empuja hacia abajo para empequeñecerlo.

De pronto ha surgido la obnubilación con la quinua. Perfecto. Ya era hora que alguien haga loas por la producción, que hable de mercados y que tome las banderas del cultivo de alimentos, después de años de no hacer otra cosa más que aplicar restricciones a los que producen, exportan, generan riquezas y empleo en el país. Ojalá que a nadie se le ocurra frenar el impulso de la quinua, cuyos cultivos han crecido en un 40 por ciento gracias al estímulo de los buenos precios internacionales que han aumentado en un 160 por ciento en los últimos cinco años.

El presidente Morales ha aceptado de buen gusto ser embajador de la quinua, un producto que se contrabandea y se exporta en más de un 80 por ciento en Bolivia, sobre todo a Estados Unidos, que absorbe el 52 por ciento de la producción boliviana y que genera recursos por un valor de 34 millones de dólares por año.

Si las cosas van bien, Bolivia podría hasta triplicar esos valores, dependiendo de que los campesinos del altiplano no terminen matándose por las escasas tierras de cultivo aptas para este valioso cereal andino.

Es bueno que el primer mandatario quiera sacar pecho por la quinua, pero pudo haber hecho lo mismo con la soya, con el girasol, el azúcar, la carne y otros productos, a los que su Gobierno les ha declarado una guerra sin cuartel, provocando una estrepitosa caída del volumen de las exportaciones no tradicionales en más de un 40 por ciento, algo más de 545 mil toneladas. Pese a todo, las ventas en total en este rubro representan más de 1.200 millones de dólares anuales, sin contar, por supuesto la enorme producción que se queda dentro del país en estos y otros cultivos como el arroz y el maíz, que sufrieron bajones de hasta el 50 por ciento por culpa de las despiadadas políticas restrictivas y la inseguridad jurídica.

A nombre del autoabastecimiento (argumento que se cae con lo de la quinua) Bolivia encerró su economía y perdió un tiempo valioso para avanzar en el desarrollo agropecuario, ha dejado pasar las ventajas de los excelentes precios internacionales y, por si fuera poco, puso en peligro la seguridad alimentaria, obligando al Estado a batir récords en importación de productos básicos, además claro, de la profundización de la dependencia boliviana de los productos extractivos que representan más del 80 por ciento de las exportaciones.

Si hablamos del potencial, el país tiene posibilidades de llegar a una frontera agrícola superior a las diez millones de hectáreas en diversos rubros. La soya tiene un mercado insaciable en el mundo y todavía queda mucho por hacer para desarrollar cadenas productivas en todos los cultivos, entre ellos la madera, la castaña, etc. Bolivia es un país chico porque la mente de los bolivianos lo ve así. Solo hace falta mirar a Paraguay, Perú, República Dominicana, El Salvador, países que han comenzado a mirar las cosas de manera diferente y ahora están superando, a diferentes ritmos, problemas estructurales que en Bolivia están muy lejos de resolverse.