miércoles, 21 de marzo de 2012

Y volver volver

La historia de Bolivia se parece al título de aquella vieja canción ranchera, muy solicitada cuando la fiesta ya está entrada en copas. Bolivia camina constantemente sobre una repetición interminable de sucesos, esquemas y discursos que reflejan una inconmensurable inmadurez que no nos deja avanzar o pasar la página cuando menos.

Ha pasado muy poco, apenas unas semanas, desde la firma de un convenio con Estados Unidos para tratar de normalizar las relaciones diplomáticas. Las cancillerías de ambos países han estado hablando de reponer cuanto antes los embajadores y comenzar a trabajar en una agenda de cooperación común. Sin embargo, otra vez ha vuelto a aparecer la ofensa, la amenaza y la advertencia que pone nuevamente en la cornisa el incipiente diálogo bilateral, que precisamente debe restablecerse para subsanar aquellas conductas que incomodan. Hace unos días se solicitaba madurez  y mucha paciencia para encarar una nueva etapa y es precisamente lo que ha vuelto a fallar.

Militares en las calles. Cuántas veces hemos visto esta fórmula fallida de la supuesta lucha contra la delincuencia. Se apela a los cuarteles en los momentos críticos, cuando todos sabemos que ni siquiera se trata de un paliativo y es apenas una medida publicitaria destinada a generar un ambiente tranquilizador. Los niveles de criminalidad han llegado a extremos muy graves en el país y requieren de un programa serio, autoridades que se pongan a trabajar en soluciones de fondo, con planes integrales y de largo alcance. Volver a los parches y a fuegos artificiales es sencillamente empeorar las cosas. La seguridad ciudadana se ha convertido en un factor desequilibrante en el país, aumenta la violencia y surgen fenómenos indeseables como los linchamientos, la xenofobia y el debate insulso sobre la pena de muerte.

Cada año, como una letanía fúnebre, reaparece el tema marítimo en nuestra agenda nacional. Siempre las mismas arengas, el mismo nacionalismo rancio y beodo y, por supuesto la misma esterilidad de las propuestas, lo que revela que muy pocos toman en serio este que constituye el tronco de la agenda diplomática nacional. La última ocurrencia, porque no es más que eso, es revivir la absurda estrategia “gas por mar” que ni siquiera se debería mencionar por un acto de pudor, luego de constatar las consecuencias que trajo para el país el haber tumbado un proyecto que postergó, tal vez para siempre la industria gasífera boliviana.

Y llegamos al machacado tema del Tipnis, un asunto que el Gobierno debió clausurar el año pasado, cuando fracasaron todos sus intentos por imponerse, por encima de los indígenas, de las leyes y de la voluntad de todo un país que se plegó al clamor de los pueblos de las tierras bajas. Ya tiene fecha la novena marcha indígena, decidida luego de una asamblea de dirigentes y corregidores que han planteado rechazar la consulta gubernamental en relación a la carretera que pretende partir en dos al parque Isiboro Sécure. Estamos antes las puertas de otra historia repetida, de otro esfuerzo inhumano y de nuevos actos de desgaste del Gobierno y de la política en general, sabiendo de antemano el desenlace que este trajín.

Y así como estos, hay muchos otros problemas bolivianos que no se resuelven y que más bien se agravan porque giramos constantemente alrededor de un círculo vicioso, como el perro que se muerde la cola.

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